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Cuando la política asoma, la humanidad se exilia… (a la figura de Robert Manrique)

02 Jul

Hace 24 años que lo conozco y nunca deja de sorprenderme, como una puesta de sol. Es inagotable y agotador. Amigo de sus amigos. Fiel. De emociones inusitadas, puede actuar por placer, por curiosidad, por necesidad o por el extremo deseo de conocer nuevos mundos, nuevas vidas. Sabe que hay otros mundo, pero están en este. Y también sabe que hay otras vidas, pero están tí, en cada uno de nosotros. Y el dicho popular, que es muy sabio, cobra vigencia: lo que cuenta no son los años de vida, sino la vida de esos años.

Describir a Robert Manrique con unas cuantas líneas es como intentar descubrir el universo a partir de una sola estrella. Podría decir de él que es un tipo delicioso y fuerte a la vez. Que cae cien, mil veces y se levanta cien y mil veces. De mil y un matices. Pero si me quedo con una palabra para definirlo es humanidad, entendida como la sensibilidad y la bondad hacia los semejantes.

Estos días, con ocasión de la presentación en varias ciudades de la novela El Espía de Madrid (Ed. Singular), le he dicho ven y él ha venido. No ha hecho falta decírselo dos veces. Lo ha dejado todo para acompañarme (a mí y a mi compañero coautor, Joan Salvador Vergés). Y aún hoy en día, 24 años despúés, no deja de emocionarme y de sorprenderme por su manera de emocionarse y sorprenderse.

Él me descubrió otro mundo, un mundo posible; quizás no sea el mejor de los mundos, ese que hoy en día buscamos todos, sino un mundo factible. Donde viven y sobreviven seres únicos, irrepetibles.

“Nos rodean excelentes personas, auténticos tesoros escondidos de sensibilidad humana y de sabiduría acumulada…”, ha dicho de Manrique y de ellos la ex consellera Montserrat Tura (prólogo del libro Pido la Palabra, ed. Lectio). Hablo de las víctimas del terrorismo. Con ellas he aprendido a reír y a llorar; a ver nuevas luces de esperanza y a sufrir.

“La felicidad une, el dolor reúne”, qué fantástica frase me enseñó Robert Manrique cuando, durante dos años, los que necesité para escribir “Pido la palabra”, ví la botella; no estaba medio vacía, sino medio llena. Él, a base de esfuerzo, la intenta llenar cada día un poco más. Y así, desde hace 24 años, con frío y con calor, con una maleta o un hatillo, a pie, por carretera o por avión. Parece que nunca está pero siempre se le percibe. La falta noria del destino quiso que, un 19 de junio de 1987, se asomara al infierno. Unos malnacidos, los terroristas de ETA, que dicen luchar por la libertad de un pueblo cuando en realidad lo atenaza con el miedo, cambiaron su vida; la de él y otras 21 personas que murieron y otras 44 que resultaron heridas en el atentado de Hipercor. Todos ellos inocentes.

El diablo quiso atraparlo en su infierno pero él se resistió y regreso para explicarlo. Pero, pese a todo, la suya, como la de muchas víctimas de la barbarie terrorista, no es una vida triste. Que nadie se lleve a engaño. Las víctimas, con Robert a la cabeza, no necesitan consuelo sino solidaridad, comprensión, reconocimiento, aliento… y sobre todo, mantenerlas alejadas de la política.

Cuántas veces habré destestado con toda mi rabia frases y gestos como “este muerto es nuestro” o “aquel muerto es de ellos”. Quiénes son ellos o quiénes somos nosotros para reclamar la patria sobre un muerte a manos del terrorismo, sea del color o de la religión que sea. No soy víctima del terrorismo, pero cada día muero un poco cuando escucho y veo discusiones de políticos que, a la postre, no son más que figuras decorativas transitorias que pasan fugazmente por un tablero de ajedrez y cuyos verdaderos jugadores aún no conocemos. Ya lo decía El espía de Madrid: “hay dos clases de hombres que hay que evitar como la peste: los políticos y los filósofos que pregonan sus ofertas de cantamañanas”.

Y llegados a este punto, parece que no hemos aprendido nada. A medida que crecemos, somos un poco más idiotas cada día. Somos animales que tropezamos mil veces en la misma piedra. ¿ De qué sirve la experiencia, la historia, la memoria?.

Alguien tenía que decirlo

El 26 de junio de 2003, Robert Manrique, hastiado del cariz que había tomado la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) en Madrid, en la que definitivamente la política entró por la puerta para echar por la ventana al humanismo, funda, junto a otros compañeros de fatiga, la Asociación Catalana de Organizaciones de Víctimas Terroristas (ACVOT); pero quién le iba a decir a él que, 6 años después, los amigos de la cena se convertirían en los enemigos del desayuno.

Los actuales dirigentes de la ACVOT abrieron las puertas de par en par a la política y, con cajas destempladas, sin ni siquiera un “gracias por sus servicios”, expulsaron a Robert Manrique, dejando la asociación huérfana de alma y espíritu. Ahora dicen ellos, esos dirigentes que se las dan de sabios en este complejo mundo de las víctimas del terrorismo, que fue Robert Manrique quien se fue, entre algunas sombras de sospecha. Mentira. Difamación. Calumnia.

Han olvidado en la cúpula de la ACVOT aquella máxima que les inspiró: “no olvidéis nunca que somos los custodios de la dignidad de las víctimas. Que nunca nos ha movido ni nos moverá un sentimiento de venganza, sino de justicia. Que debemos aprender a convivir con ello y que debemos trabajar, además, para que no vuelva a ocurrir. Y que, pese a la persistente sinfonía de muerte, no debemos desfallecer”.

Hoy, la política, la barata y maldita política, la que tiene mil nombres, como los ladrones, se ha apropiado de un universo que debería ser patrimonio único y exclusivo de lo humano y del humanismo. Las ilusiones y esperanzas forman parte del pasado y quizás del presente, hoy sólo son frustraciones.

Y mientras, hoy en día – porque la maldita crisis también se ha cebado con el universo de las víctimas-, y  por 85 míseros euros al mes, aunque el dinero es lo de menos porque lo haría gratis, aquel joven aprendiz de carnicero que murió el 19 de junio de 1987 en Hipercor para renacer como nueva víctima del terrorismo, sigue dando lo mejor de sí por el bienestar de todas las víctimas, sean azules o rojas, nacionales o extranjeras, jóvenes o viejas, y, lo más importante, siempre ajeno a la política. Y no ceja en el empeño. De noche o de día; a dos teléfonos si es necesario; en tren, en coche o a pie. En Vic o en Madrid o en Almería. Donde haga falta.

Dijo el poeta, cuando sabía certero que la muerte lo acechaba: “ante todo soy hombre del mundo y hermano de todos”.

 

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Una respuesta a “Cuando la política asoma, la humanidad se exilia… (a la figura de Robert Manrique)

  1. David Creus Carrasco

    25/08/2011 at 14:22

    Confiar en la Politica es como confiar en que los animales algun dia nos hablaran.
    Me atrevido a leer lo que convencido me acercaria a lo mas proximo a lo que llamo injusticia, pues es algo que el ser humano deberia tristemente asociar a la desvergueza de quien con su poder de decision y sin escrupulos utiliza el dolor para beneficio propio.
    Me alegrado mucho de ver que en el mundo, pues no comprendo el morir por tierra alguna, existen personas que de su propio dolor son capaces de ver esperanza, tal vez escondida por la desesperacion o simplemente obligacion de luchar y gritar lo que otros ni lucharan ni gritaran.
    No hablare de victimas de terrorismo, hacerlo me distanciaria de lo que siente mi corazon, si hablare de muerte, una muerte que todos pareceremos en algun momento de nuestras vidas, y la gran injusticia, es ver como algunos estupidos enfundados en ideologias son capaces de acelerar el proceso de morir.
    No me permito desear muerte ajena, eso tal vez me acercaria a su barbarie, aunque si me permito decir que con este escrito, tanto al señor Goyo como al Señor Robert, y perdonaran mi cordialidad, GRACIAS, MUCHAS GRACIAS.

     

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