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¡Virgen gloriosa y bendita, líbranos de esos demonios!

07 Jul

Clica sobre el texto para escuchar la música que acompañó este episodio en el momento en que se elaboró,

una madrugada de los últimos dos años.

“Tras el despacho urgente con el comisario, Nelo se presentó en la casa de la calle Aribau. La señora Josefa Castellá le esperaba desde hacía un buen rato, con la comida en la mesa. Y se lo reprochó

—Lo lamento mucho, señoras, pero, ya saben, los negocios son los negocios.

—Ya, ya… negocios —respondió doña Rosa.

—Ay, hija, déjalo, que nosotras, las mujeres, no entendemos de estas cosas. El caso es que ya está aquí… aunque… ¿Ha adelgazado usted, señor Bravo? ¿No come bien?

—No, no he adelgazado, doña Josefa. Y, de hecho, traigo apetito. 

—Pues vamos, que la mesa está dispuesta —añadió doña Josefa.

—Si me lo permiten, antes iré a asearme un poco.

Con la maleta en una mano y el maletín en la otra, Nelo se dejó acompañar hasta su habitación. Ya en ella, cerró la puerta, vació con cuidado la maleta sobre la cama y sacó la pistola de la cartera. Como siempre hacía en aquella casa, la encajó en el sombrero y lo guardó (…) 

Ya en la mesa, doña Rosa le saludó con un gesto de la cabeza y una frase dicha entre dientes, en voz muy baja. 

— ¡Vaya con el bala perdida, ya lo tenemos otra vez en casa! —que Nelo atinó a entender a medias.

—¿Cómo dice, doña Rosa? —le preguntó entonces, sabedor de que la mujer, en el fondo, se alegraba de verle.

 —¡Ay!, no le haga usted caso, don Francisco —medió la señora Josefa, y suspiró—. Debe de ser una de sus pullas, déjela…

Tomó entonces la mujer la barra de pan de la cesta, dibujó con el dedo índice una cruz en la base para bendecirla y se dispuso a cortarla. Y mientras lo repartía volvió a suspirar, esta vez de manera más ostensible. Nelo se la quedó mirando (…)

—¿Se encuentra bien, doña Josefa? —le preguntó Nelo.

—¡Ay, Dios mío, líbranos, Señor! —y la mujer se persignó.

Lo hizo tras la primera cucharada del consomé frío que había preparado Rosario Chacón, la asistenta doméstica. Por el tono de la invocación Bravo pensó que había sucedido algún tipo de desgracia familiar de la señora de la casa.

—¿Se encuentra usted bien? —insistió—. Dígame, por favor… —Nelo empezaba a preocuparse.

—¡Ay!, señor Bravo—se quejó la buena mujer, dirigiéndose a Nelo—, es el fin del mundo. ¡Virgen gloriosa y bendita, apártanos del peligro¡ Padre nuestro que estás en los cielos, santificado sea tu nombre…

—¿De qué peligros habla, doña Josefa? —insistió Nelo, que estaba a punto de levantarse ya y miraba a la otra hermana, quien daba cuenta del consomé frío sin alterarse en absoluto.

—No le haga usted caso a la vieja estúpida de mi hermana —apuntó doña Rosa con su viperina lengua—. Se pasa el día rezando desde que (…) Nelo se relajó. Había creído que doña Josefa estaba aquejada de una dolencia terminal.

—No se preocupe usted, doña Josefa. Nada malo nos ha de suceder. Son cosas que pasan… Tal vez algún día se acabe el mundo, pero ni usted ni yo lo veremos —le dijo el huésped con voz tierna para tranquilizarla. Sus palabras obraron el efecto calmante que perseguía el agente Nelo, al que ellas conocían como Francisco Bravo.

Tal día como hoy, hace 75 años, en el número 143 de la calle de Aribau de Barcelona.

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”     

 

 

 

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