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Entrentanto (por Elisabeth Vargas)

09 Jul

Cuento de la profesora Elisabeth Vargas,

desde San Juan (Puerto Rico)

el bloc de profa. Elisabeth Vargas http://masquevivir.com/ 

la música escogida para este cuento  

 

 

Salí a pasear y dejé atrás la choza que me cobijaba hasta que llegué frente al mar. Las olas guardan silencio.  Un susurro anuncia, en ocasiones, el va y ven.  La soledad es mi más férrea compañera en la noche apacible.  Aún así no logro el sosiego.  Es una noche perfecta, cubierta de estrellas, pero el vacío que siento no me deja disfrutarla.

La noche avanza, las estrellas iluminan mi camino. Una voz me dice que tal vez es el momento de regresar al lugar que considero mi mansión. Esa casa donde albergo los tesoros más importantes de mi vida. Recuerdos plasmados en fotografías; en los muebles; las paredes, donde las arañas impusieron su morada; y en la mesa donde tantas veces como junto a mi amor.

Esas memorias me llaman. Así que humedecí mis pies vacilantes en la orilla, los agité con precaución y di media vuelta para volver al hogar. Esa vieja choza que apenas mantiene la edificación.  En mi peregrinar, las huellas me delataron. Arrastro lentamente mis pies, mientras las profundas pisadas se graban en la arena.

Pasaron muchos años en esta comarca, entre alegrías y tristezas. Ver el mar es uno de los instantes que más disfruto. Mas ya es tarde y deseo conciliar el sueño. No puedo seguir deambulando por la playa que tantas veces visito.  De momento, el deseo de llegar a mi morada me anima a seguir. Ya queda poco, a lo lejos veo la casa de madera, pero el desvelo se apodera y no me quiere dejar. Froto mis ojos, incrédulamente, mientras la brisa fría acaricia mi rostro. Tuve que detenerme un instante. La visión me falla. Entonces, siento que tengo que respirar como si tuviera que almacenar el aire porque después no lo volveré a encontrar.  Miro a los lados entretanto renuevo mis fuerzas para continuar. Luego, doy unos pasos y vuelvo a observar los alrededores buscando compañía.

—¡No, no!… no quiero morir con esta soledad y en esta oscuridad —exclamo suspicazmente y con gran temor en mi interior.

Sufro, mis movimientos se hacen más lentos, la fuerza y el aire se me escapan. Sigo empujando mi cuerpo, pues no acepto desaparecer frente al mar. Allí las olas me cubrirán y nunca más se conocerá mi paradero. Si llega el momento de partir quiero hacerlo en mi albergue, la casita que por tantas décadas me vio fuerte, feliz y vigorizante.  Quiero tener la oportunidad de despedirme.  Aunque en mi interior deseo que alguien venga y me socorra.  La lucha entre la vida y la muerte es campal.

—Me siento en una guerra, pero no quiero morir aquí. ¿Será posible que alguien me ayude? —insisto en mis pensamientos porque la voz ya no me sale y me siento desfallecer.

En medio de mi agonía, sin que llegue el auxilio que suplico en mis entrañas, despierto; y el sudor corre por mi cara. Me quiero levantar y me miro. Aún trato de respirar con profundidad para encontrar el sosiego.  La ansiedad me invade, mas las lágrimas no me salen. Pero aquí está, tal y como lo anhelé; al lado de mi gran amor. Le miro y le acaricio, mientras observo su arrugada piel y recuerdo tantos años de felicidad.  No puedo despegar mis ojos, que aún  susceptibles temen identificar cuál es la realidad.  Entonces, me cuestiono por qué soñé con tanta angustia y soledad. Fue un sueño terrible, pero no entiendo el por qué.

—¿Será un presagio del destino? —pregunto.

No hubo respuesta; las palabras faltaron, así que decidí callar y guardar esa pesadilla en lo más profundo de mi ser.  Las explicaciones no llegan. Estuve durmiendo y al levantarme encontré que tengo compañía, no me acompaña la soledad, ni rondo frente al mar.  Una sensación de ahogo me tomó, es indescriptible lo que siento.  El corazón me oprime nuevamente y divaga en medio de mi ancianidad:

—¿Cuál de los dos quedará con la soledad que soñé? ¿Quién, quién de los dos… quién se irá primero?  —debato en mis pensamientos.

Ya estaba pronto a amanecer y caminé pesadamente hacia el balcón.  Allí estaba el antiguo sillón, donde me columpio buscando consuelo a mis temores.  Los que me angustian y se llevan mi aliento. Los  mismos que invadieron mis sueños para atormentarme. Entonces, no había mucho que hacer y con resignación me senté a esperar la soledad o la partida, si así me toca.  Miré hacía el cuarto donde me acurrucaron tantos años. La intranquilidad de aquella pesadilla aún es palpable. La duda no será aclarada y la desesperación no lleva en sí una respuesta. Así que, mientras aguardo en la vieja mecedora, decidí admirar el nacimiento de un nuevo día.

 

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Publicado por en 09/07/2011 en Cuéntame un cuento

 

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