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“Evidentemente, hay fuerzas del mal que tienen envidia del oasis catalán”; “ustedes, los de Madrid, siempre tan alarmistas, tan catastrofistas”.

10 Jul

Relato con música; otra gran composición musical que me ha acompañado en la elaboración del espía de Madrid durante dos años.  (Clica sobre la imagen)

El agente Nelo tenía pensado ir a ver al delegado del Gobierno, cuando tuviera tiempo, a su despacho. Pero el funeral le había dado la ocasión de saludarlo, como le había pedido el capitán Abasolo, y obtener información, su versión, del momento que vivía Barcelona. Las calles vecinas al domicilio de los Mitchell eran un hervidero, así que decidieron sentarse en la discreta terraza de un restaurante para tomar un café, en un rincón que quedaba protegido por unos setos.

—Evidentemente, hay fuerzas del mal que tienen envidia del oasis catalán —empezó a decir el delegado—. No se entiende si no el asesinato de Mitchell. Otra cosa es el atentado a Moracho, por lo demás previsible, o al menos justificado por la lógica fascista.  Nelo asintió con un gesto de la cabeza.

—Han querido romper de forma trágica la normalidad que tanto costó devolver a la ciudad tras las últimas huelgas obreras —siguió José Casellas—. Es sorprendente, extraña y preocupante la coincidencia en el tiempo de los dos sucesos.

—Son obra, sin duda, de dos extremismos —añadió el agente Nelo—, uno blanco y otro rojo, opuestos ideológicamente, pero que prácticamente se tocan.

—Hay que frenar como sea esta espiral de violencia —advirtió el delegado—. No podemos permitir que se instale en la ciudad.

—A mí me preocupa tanto la escalada del terror como la verbal —apuntó Nelo.

Iba a seguir, pero una sombra, a su derecha, un hombre joven que se sentaba en una mesa vecina y que torpemente trataba de disimular hojeando las páginas de un periódico que acababa de sacarse del bolsillo de la americana lo interrumpió.

— A qué se refiere usted? —preguntó entonces Casellas.

—Pienso —y Nelo miró de reojo al tipo que leía el periódico—, en la bochornosa impresión que habrán causado en la ciudadanía determinadas palabras y gestos de ciertos políticos que han perdido hasta las formas. Me refiero al diputado socialista Fronjosá, quien
hace días, en la Cámara, ha puesto en tela de juicio el prestigio de la Casa de la Caritat, de tan gloriosa tradición barcelonesa.

Dicho esto, Nelo hizo un gesto al delegado, para señalar al individuo sentado en la mesa vecina. Lo había visto en el funeral… y en algún otro lugar. Y siguió hablando:

 —¿Recuerda que ese diputado preguntaba por qué la Casa conservaba dicho nombre y por qué la República no había reorganizado la asistencia social prescindiendo de monjas, sacerdotes y señoras caritativas?

—Ajá —dio por respuesta José Casellas, e hizo un gesto para que el agente se acercara. Entonces, en voz baja, susurró—: Lo conozco. Es periodista, uno novato, y aún no ha tenido tiempo de pervertirse. No se preocupe.

Hizo una mueca de desdén, volvió a apoyarse en el respaldo de su silla y siguió con el tema que los ocupaba:

—¡No veo mayor problema! —contestó, a propósito de la intervención del citado diputado socialista.

Pero Nelo se sentía incómodo; sabía que el joven periodista procuraba no perderse detalle de lo que allí se decía. De modo que el delegado del Gobierno en Cataluña soltó en voz alta:

—¡Querol!; pero el periodista se escudaba tras las páginas abiertas del periódico y no se dio por enterado. —¡Vamos, muchacho,
acérquese!

Por fin dobló el periódico, se levantó y se dirigió a la mesa que ocupaban aquellas personalidades. Y debió de pensar que iban a hacer alguna declaración, porque sacó del bolsillo interior de su chaqueta el cuaderno y un lápiz.

—Quite, quite, hombre. Este no es momento ni lugar, pero pásese mañana por mi despacho y si hay novedades, usted será el primero en enterarse, ¿de acuerdo?

Nelo estudió la expresión del tal Querol. Se encogía de hombros y ponía cara de resignación. Y finalmente, sin decir nada, echó a andar calle abajo. No le parecía un tipo peligroso, en el sentido de que no lo creyó un infiltrado de la derecha; por cómo vestía debía de gastar bastante poco en vestuario, y seguramente en comida, porque era flaco y desgarbado. Aunque sí reconoció una determinación en
la mirada que le sorprendió en un joven que él definiría como «poca cosa».

—Bien, pues como le decía —retomó Nelo la conversación—, más allá de la grosería de las palabras, se evidencia una grosería del pensamiento que, a ojos de la opinión pública, no es más que un lamentable exponente de la mentalidad de nuestros diputados
socialistas. Esas palabras, delegado, traerán cola. Esa expresión de odio que transmiten hacia una obra que, según tengo entendido, ha merecido el respeto y la admiración de todas las personas sensatas, con independencia de creencias y opiniones políticas, pasarán factura.    

—Creo que exagera, Nelo —lo tranquilizó José Casellas—. No sea catastrofista. Pero, dígame, ¿qué lo trae por aquí? Porque no me creo que en Madrid les preocupe tanto que se rompa la paz en el oasis catalán, ¿no lo dicen ustedes así?

—La coincidencia, señor delegado. La coincidencia de esos dos atentados, el mismo día, con pocas horas de diferencia.

— Ya veo.

—Me parece que no.

—¡Ustedes, los de Madrid, siempre tan alarmistas, tan catastrofistas! —le espetó el señor Casellas.

Nelo prefirió tomárselo como un cumplido y dio por concluida la conversación. El delegado del Gobierno se ofreció a acompañar al agente adonde fuera en su coche oficial, y él aceptó la oferta.

Hoy hace 75 años, se hablaba de esta manera en Barcelona.

Fragmento de “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”. Y se acerca el 18 de julio.

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