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“La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas”

14 Jul

Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen

El agente Nelo detuvo su mirada en el sospechoso círculo que formaban el general Burriel y los oficiales López Belda, Unzúe y Lacasa, que departían con distinguidas personas de distintos orígenes y linajes entre carcajadas, como si se mofaran de la concurrencia.
Junto a ellos, un grupito de mujeres jóvenes los miraban y escondían sus sonrisas con un gesto de la mano.

            «¡Quizá saben algo que los demás desconocemos! —pensó Nelo—. ¡Nada de quizá, seguro que saben algo!», concluyó.
A todo esto, los generales San Pedro Aymat y Legorburu seguían a lo suyo, como si nada sucediera o fuera a ocurrir.

            Vio entonces que una de aquellas jóvenes dejaba el grupito y se acercaba al de los militares. Todo de lo más natural, como si quisiera preguntar algo o llamar su atención. Pero le resultó sospechoso que tomara del brazo al general Burriel con demasiada familiaridad y se lo llevara a un rincón para hablar a solas con él. Tuvo que moverse para seguir la escena, pero pudo ver con claridad que la joven mujer entregaba al oficial una cuartilla de papel de color azul, cuidadosamente doblada, que Burriel ojeó mientras miraba a un lado y a otro. A continuación, se lo devolvió a la dama.

            Volvió junto al general Llano de la Encomienda para preguntarle si conocía a aquella mujer. Negó con la cabeza. Tampoco el coronel Moracho ni el mismo Escofet, que charlaban animadamente unos pasos atrás, conocían a la mujer.

            Cuando se giró de nuevo hacia el punto donde se había encontrado con Burriel, había desaparecido. La buscó entre
el gentío y en los alrededores. Salió a la terraza que daba a la calle a grandes zancadas y alcanzó a verla cuando abandonaba el Club Marítimo en dirección a un automóvil en el que aguardaba un hombre, de quien sólo pudo advertir su gorra de oficial.

            Al acceder al interior del coche, la mujer giró la vista y puso sus ojos sobre Nelo.

            Duró un instante, pero el agente alcanzó a leer su rostro. Ciertamente era una mujer de raro encanto, de belleza lánguida. Destacaba su cutis mate y afelpado, su cabello dorado y sus grandes ojos azul pálido. Nelo quedó atrapado en esos ojos que parecían transmitir pasión y drama, que denunciaban un oscuro pasado y un futuro inminente y, de algún modo, trágico, ¿o qué reflejaba si no la languidez de aquella media sonrisa apenas insinuada? Lucía un elegante vestido de soirée, de estival inspiración parisina, en marrón y rojo, de una tela vaporosa y líneas sueltas, vagas, exquisitamente femeninas, y un no menos elegante sombrero en forma de turbante. Bajo ese vestido se adivinaban unas estrechas caderas, unos senos pequeños, firmes y turgentes, y unas redondas nalgas.

            La joven mujer también quedó atrapada en la conquistadora y expresiva mirada y el porte esbelto y gallardo
de Nelo. Jamás recordaría cómo iba vestido aquel hombre, si era civil o militar, si señor o criado, pero nunca olvidaría su cara. Prendada, presintió que no tardarían en volver a encontrarse. 

            Nelo regresó al club y, con temerario arrojo, se aproximó al general Fernández Burriel. La mujer le serviría de excusa para interrogar al militar. Fingiéndose ebrio, casi a trompicones y con voz pastosa, interrumpió la conversación que en ese momento
mantenía el general con sus subordinados, apoyó la mano derecha en el hombro del militar y, de tú a tú, el agente soltó, con algún balbuceo:

            —Dígame que no es su hija, mariscal.

            —¡Joven, usted está borracho!

            —No demasiado, no lo suficiente para no saber admirar una belleza cuando la tengo delante. No será su amante, ¿verdad?

            —¡Caballero! ¿Por quién me toma?

            Burriel se sentía acosado y reaccionó de forma irascible, no tanto por la intromisión de un borracho, dedujo Nelo, como por las indiscretas preguntas que le dirigía. Los otros mandos que lo acompañaban se erigieron en barrera frente a Nelo y lo apartaron a empellones.

            Nelo volvió a fingir, esta vez que recobraba la compostura, y, con la cabeza gacha, se acercó al general y le pidió disculpas. El general las aceptó para zanjar el asunto; tampoco le interesaba llamar la atención, pensó Nelo. Vio en los ojos del general
inquietud y tensión, y comprobó que era incapaz de sostener su mirada. Nelo optó por no insistir, aunque tomó buena nota de la reacción del oficial.

Así lo vivió El espía de Madrid hace 75 años en el Club Marítimo de Barcelona

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”.

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Una respuesta a ““La mujer de estrechas caderas, senos pequeños, firmes y turgentes y redondas nalgas”

  1. Toto (HRP)

    10/06/2012 at 17:56

    Genial Blog, muchas gracias por compartir.

     

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