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En julio de 1936 también había colas en carreteras y trenes para ir a la playa. El 18-J se aproximaba. “Quizá no lo sabían, quizá no lo querían saber”

15 Jul

          

 Relato con música. De mi particular tocadiscos. Clica sobre la imagen.

Nelo aún sentía en la boca el sabor amargo de todo el tabaco fumado horas antes, sentado a la mesa del despacho prestado que ocupaba en la Comisaría… y la amargura en el ánimo  porque lo que estaba descubriendo no le conducía a ninguna parte. Esa ansia lo llevó a desayunar ligero y con prisa. Aunque a las hermanas no les gustaba que trasteara por la cocina, se había preparado él mismo un café, y eso desayunó, junto con un bollo con mantequilla que encontró en la panera.

            Salió de la casa de la calle Aribau y dilató instintivamente las aletas de la nariz para respirar el primer aire libre de la mañana. La luz de un cielo claro, de intenso azul, le obligó a entrecerrar los ojos, a detenerse un instante, a pesar de que un torbellino de
pensamientos e ideas en su mente le urgía a ponerse en acción. Por un lado, tenía una cita con el comisario Escofet en el Casino de San Sebastián, para intentar establecer una estrategia común y presentarle a Estremera, que llegaba esa mañana; por otro, la inquietud de que los papeles encontrados la víspera ocultaran una clave, indicios que le ayudaran a comprender qué estaba sucediendo, qué iba a suceder. Pensó en parar un taxi y, al no encontrarlo a punto estuvo de echar a andar con su paso vivo al centro de la ciudad, pero
consideró que sería mejor dirigirse a la Comisaría y pedir allí un automóvil. Sí, haría eso; no había tiempo que perder. Miró una vez más las calles vacías y se detuvo unos instantes, algo no encajaba, demasiado quietud alrededor. ¿Qué
ocurría?

            Cayó en la cuenta de que era domingo.

            A veces valía la pena detenerse y observar. Se apoyó en una farola, sacó el tabaco y el librillo de papel y se entretuvo en liarse un cigarrillo. Había poca gente, algunas familias vestidas de fiesta que desfilaban hacia la iglesia, una sirvienta con un paquetito de la pastelería —el postre de aquel día—, un niño vestido de monaguillo que corría porque llegaba tarde a misa, una anciana que volvía de la lechería con un plato de nata montada… Todos ajenos a lo que estaba ocurriendo. Quizá no sabían, quizá no querían saber.

            En Barcelona se palpaba el ambiente veraniego. Algunas familias acomodadas habían salido hacia sus residencias
estivales, pero la conocida como desbandada elegante aún no se había iniciado. Faltaban todavía dos semanas. Era extraño para Nelo el contraste entre lo que él sentía y lo que sentía la ciudad.

            A pesar del atentado, del asesinato y del gran incendio, la vida seguía. Y a falta de concurso hípico, como era tradición los domingos y los festivos de junio, y concluidos los torneos del Tenis Barcelona y del Tenis Club del Turó, incluido uno de bridge, así como los té concierto del hotel Ritz y de la Granja Royal, y otras actividades matinales diversas del Teatro Barcelona y del Palau de la Música, la gente tomaba contacto con la montaña y, aún más, con el mar. Quizás inmunes ya a la desdicha, al mediodía, aristócratas, burgueses y polloperas se lanzarían al aperitivo distinguido en la terraza Oshima, de Casa Llibre, o irían a los elegantes
jardines de la Font del Lleó, indudable punto de reunión para todo evento de relieve de la gente de sociedad. También el ciudadano de a pie haría lo propio, a la medida de sus posibilidades y recursos. Muchos visitarían alrededores pintorescos de Barcelona y otros harían excursiones, es decir, marcharían lejos de la urbe.

            «¿En esto consiste el oasis catalán? —pensó Nelo—. ¿En que la ciudad sabe abstraerse de todo, sentirse ajena de los
males del mundo y vivir el día a día sin dejarse atemorizar por el ayer, sin preocuparse del mañana? Tal vez esta pauta de comportamiento, la de seguir los hábitos de siempre, pese a quien pese, se ha convertido ya en un instrumento de
supervivencia, en un modo de no perder cordura.»

            «En fin, que así sea, dejémonos contagiar.» Nelo se dejó contagiar, sí. Echó a andar calle Aribau abajo, hacia el mar, con paso tranquilo, disfrutando de su pitillo.

            Muchos barceloneses salieron ese día para tomar baños de mar. Las carreteras, ya desde primera hora de la mañana,
estuvieron muy transitadas. Saliendo de Barcelona por la de Francia resultaba casi imposible avanzar. En los límites con Badalona, a lo largo de toda la carretera, a un lado y a otro, había numerosísimos coches parados y muchos de sus ocupantes saltaron de ellos para sentarse junto al mar e, incluso, bañarse. Los trenes iban tan atestados como las carreteras. Barcelona resultaba
insuficiente y, desgraciadamente, carecía de una playa donde uno pudiera darse un baño sin prisas ni apreturas, y sin hacer colas para entrar al agua. Por eso, muchos de los que disponían de coche marchaban a las playas menos concurridas y más vírgenes de los alrededores y se servían del propio auto como improvisada caseta para mudar su traje de excursión por el de baño.

Esto sucedió en julio de 1936 en Barcelona, hace 75 años.

De “El Espía de Madrid, Barcelona 1936”

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