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El infame Cardenal

21 Jul

Ilustración: goyo martínez (clica sobre la imagen para escuchar la música de este relato)

Julio de 1936, en un rascacielos de la calle de Muntaner de Barcelona. Cinco y media de la tarde. (El espía de Madrid).

El consejero de Gobernación se levantó de su sillón y pidió calma con ostensibles gestos de las manos.

            —¡Caballeros, serenidad! Creo yo que al señor Nelo le asiste… parte de la razón. Analicemos la situación actual: los pequeños conflictos obreros existentes en Barcelona se van solucionando satisfactoriamente. Yo personalmente he mediado en el conflicto de los barcos de la Trasmediterránea y les puedo asegurar que los correos saldrán prestos a su destino. El conflicto de los buques de Transatlántica también está en vías de solución. La huelga del ramo mercantil de Lérida se resolverá en breve. Cierto es que ha habido pequeños incidentes… los cuales, sin embargo, no permiten extraer tan grave conclusión. Juzgar los atentados del día 2 de julio como «pequeños incidentes» era, como poco, temerario, pensó Nelo.

            —Por otra parte —añadió el consejero— debo manifestarles que durante el viaje que ayer realicé a Madrid, para reunirme con el ministro de la Gobernación, observé una situación de absoluta tranquilidad y así me lo expresó él. Tanto es así que dedicamos la jornada de trabajo a ultimar algunos detalles referentes al traspaso de los servicios de orden público. ¡En fin, señores, no veo motivos para tanta preocupación!

            Nelo juzgó que era el momento para volver a intervenir.

            —Primo de Rivera —empezó a decir— supo utilizar a su favor una situación de caos en la política española. Los continuos enfrentamientos entre facciones, las animosidades personales e ideológicas impidieron una reacción contra su levantamiento.

            —Y el rey de España lo apoyó desde el primer momento —añadió Escofet.

            —Y la burguesía catalana, no lo olviden —apuntó Casanellas.

            —Y, por supuesto, el estamento militar —siguió Nelo—. Recuerden que estaba pendiente el expediente Picasso, que pretendía exigir responsabilidades a los militares tras los desastres del norte de África y que fue convenientemente aparcado por Primo.

            —Vamos, vamos, señor Nelo, no se dan las mismas circunstancias —sugirió Ramón Nogués—. La república está más consolidada y cuenta con más apoyos que la monarquía parlamentaria de 1923. Es muy distinta la deriva política de la nación.

            —De eso se trata, precisamente —replicó el agente—. Con los actos de estos días pretenden crear las condiciones para un alzamiento militar, señores. Y tengan muy presente que hoy las consecuencias de ese alzamiento serían mucho más dramáticas que las de 1923. Partidos y sindicatos están mejor organizados, y la sociedad civil se opondría, sin duda, incluso por las armas.    

            Hubo quien se mostró de acuerdo con las tesis de Nelo; otros recelaron de lo que juzgaban bienintencionados pero equivocados vaticinios. Ya todos los reunidos estaban en pie y hablaban al mismo tiempo, discutiendo de forma desordenada, como en una sesión del Parlamento de aquellos días.

            —¡Orden, caballeros! —gritó con voz atronadora el comisario Escofet—. ¡Mal haremos si entre nosotros no hay unidad!

            Escofet alertó entonces de la inminente huelga anunciada por el Sindicato Único del Transporte y la persistencia de los paros en fábricas de tanta significación, por su simbolismo y por el número de trabajadores, como Uralita, Riviere y Asland.

            —¡Una huelga del ramo de los transportes sería una hecatombe social! —observó el diputado Ruiz Ponseti.

            —¡No se alarme! —apuntó el consejero de Gobernación—. Eso no ocurrirá. Ya trabajamos para pacificar el asunto.

            Sin embargo, ese día, a esas horas, los poderosos sindicatos del sector aún mantenían su oficio de huelga y no parecía que tuvieran la intención de retirarlo, pues la patronal se había levantado de la mesa de negociaciones tras calificar de inadmisibles las
demandas obreras. 

            Se hizo un temeroso silencio en la terraza, como si todos los presentes imaginaran una ciudad absolutamente paralizada, sin abastecimiento, sin autobuses, sin el metropolitano…

            —¡Caballeros, les ruego que se calmen! ¡No sean ustedes como los de Madrid, tan catastrofistas! —volvió a apuntar el señor España apelando al espíritu del dichoso oasis catalán.

            Nelo irrumpió en ese instante con un factor que, hasta ese momento, no había aparecido en el encuentro.

            —¡Caballeros! ¿Y la Iglesia?

            —¿Qué ocurre con esa gentuza? —preguntó el diputado Fronjosá. 

            —¡Les recuerdo que, oficialmente, España ya no es católica… y está partida en dos! —respondió el agente.

            —¡Ni falta que hace! —le replicó el diputado Nogués.

            —Mucho me temo que aquellas palabras del cardenal Segura al proclamarse la República recobran hoy su vigencia. Y ya sabemos que cuando la Iglesia advierte, sus palabras no tienen descuento y su amenaza es tan real como cierta…

            —¿Y qué dijo el infame cardenal? —preguntó de nuevo el señor Fronjosá. Nelo le refrescó la memoria.

            —«Cuando los enemigos del reinado de Jesucristo avanzan resueltamente, ningún católico puede permanecer inactivo…»

            —¡Sandeces! Mientras quienes deben llorar no lloren y sus lágrimas de sincera y cristiana contrición no purguen y laven la mancha inferida por años, por siglos de expolio y barbarie en nombre de Dios…, ¡que callen! —dijo el diputado, con el mismo tono y la arrogancia que solía usar en la tribuna del congreso.

            —¡Disculpe, diputado! No se ofenda usted, pero creo que no es la persona más indicada para… He oído por ahí que le llaman el cazador de monjas… —le espetó Nelo, pensando en la monumental trifulca que inició el diputado Fronjosá días atrás al interpelar al Parlamento por las razones por las cuales la Generalitat aún no había cambiado de nombre la Casa de la Caritat ni había prescindido de las monjas, de los sacerdotes y de las señoras caritativas, soliviantando con ello a gran parte de la sociedad barcelonesa—. Se trata precisamente de eso, señor Fronjosá, de no excitar los ánimos con discursos incendiarios.

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