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Archivos diarios: 11/09/2011

Cartas de amor y ruptura, I capítulo

Por Elisabeth Vargas (San Juan, Puerto Rico)

Relato con música. Abre la carta.

No he parado de llorar, voy a tener que pasar nuevamente la carta porque el dolor me consume, las lágrimas han bañado el papel y él no lo puede saber.

Sí, saqué fuerzas no sé dónde, pero tomé el lápiz, el papel y comencé a escribir la última misiva. Llevo un año enviando y recibiendo cartas. Allí en palabras está plasmado el más grande de los sentimientos, el amor, y toda la pasión que puedo sentir. Unas letras mágicas, escogidas con mucho cuidado para que cuando leyera cada palabra se enamorara más y más de mí. Sí, así fue, está totalmente enamorado. Me parece verlo en ese buque del ejército donde se encuentra, en aquel pequeño cuarto donde suele refugiarse, leyendo cada una de mis cartas.

No quiero pensar en lo que pasará cuando lea mis últimas letras. Pero la carta lleva la peor noticia. Y quiero que quede claro que lo amo con todo mi corazón, aunque decidí mentir una vez más. Ya se había vuelto una costumbre, así fue desde el principio. Pero esta mentira le causará dolor y a mi también.

Hoy decidí asesinar todo lo que siento y no sé si podré vivir después de
hacerlo. Mis cartas, todas y cada una de ellas decían las palabras más dulces que podía pensar, detallaban la nostalgia que vivía tras su ausencia, le confiaba mis secretos y los sueños que tenía imaginando su regreso. Maldita guerra que lo alejó de mí.

Tomé un nuevo papel para terminar el escrito y plasmé en él mis últimas  palabras: “aunque no entiendas lo que pasó y tal vez nunca lo sepas, he  dejado de amarte y no puedo engañarte más, lo siento, pero terminó, se murió el amor“.

No encontraba cómo firmarla y menos quería ponerla en el sobre, pero la  decisión era final. Esta vez la redacté yo, solamente yo.

Continuará…

 

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Pensadores anónimos, I capítulo

Por Joan Salvador Vergés, escritor y editor

-Hola. Me llamo Juan y suelo pensar.

Así es como empiezo siempre mi intervención ante el grupo de Pensadores Anónimos de mi parroquia… Aunque, ahora que lo pienso, menudo anonimato es este si te obligan a decir tu nombre y a contar tu historia, ¿no?

Vaya, lo estoy volviendo a hacer, maldita sea: estoy pensando.

-¡Hola, Juan! –me responde el grupo en un coro sin atisbo de emoción y, casi, sin reconocimiento.

-Llevo seis semanas sin comunicar mis pensamientos a nadie…

-¡Bien, Juan! ¡Enhorabuena!

-Aunque aún no soy capaz de impedir que las ideas fluyan por mi cabeza… y eso que me esfuerzo.

-¡Te apoyamos, Juan, no desfallezcas!

-Ayer, por ejemplo, mientras iba en el autobús urbano camino del trabajo vi que unos obreros trataban de levantar una pesada losa de concreto que tapaba una zanja, en la calle…

… Y pensé: si utilizara una palanca un solo obrero la levantaría, y a punto estuve de decírselo a mi compañero de asiento. Pero recordé lo que habíamos hablado aquí, me llevé la mano al bolsillo de la chaqueta y saqué el Libro.

(Continuará)

 

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