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Archivos diarios: 24/09/2011

Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. I capítulo

Los cuentos no conocen de estaciones, ni de épocas ni de horas. Tanto da que sea verano o invierno, que sea día o noche, las tres de la tarde o las tres de la madrugada. Así con los cuento: un maravilloso refugio de pasiones y emociones, de deseos y esperanzas, de almas y corazones. He aquí un cuento de Navidad, “El sueño de creer en la magia de nuestros corazones”, de David Creus (Mollet del Vallès). ¿ Por qué no soñar con la Navidad en el paso del verano al otoño?.

Cuento con música. Moonlight Sonata. Clica sobre la imagen del autor.

 

 

 

 

 

 

 

 

EL SUEÑO DE CREER EN LA MAGIA DE NUESTRO CORAZONES

Preámbulo

Era Navidad, fechas entrañables, donde las emociones toman protagonismo, para bien o para mal. Días de reencuentros familiares, de regalos, de esfuerzos económicos y luchas sin cuartel para comprender a los seres humanos más oscuros y miedosos. En algunos casos no se olvida la tristeza por los recuerdos de quien echas de menos por su pérdida o por su lejanía.

El cuento

Entre en el bar de Montse como cada mañana. Pronto noté en su interior la Navidad: sus paredes verdes tomaban el colorido de luces parpadeantes, rodeándose de una gran estrella rodeada por la inseparable bandera catalana que identificaba a Montse entre su clientela, como una enamorada de su lengua y su tierra, aunque sin fanatismos ni ideologías separatistas algunas.

Aquella mañana, el tema de conversación no podía ser otro que la Navidad, año tras año, en estas fechas, solo parecía existir el mismo asunto.

En una mesa, a la izquierda del bar, se encontraba la mesa de sabios, como yo les llamaba. Siempre sentados en las mismas sillas, casi en las mismas posiciones, mientras arreglaban el mundo: el señor Juan y el señor José; entre los dos
sumaban mas de un siglo de vida y vivencias de las cuales disfrutábamos los
clientes.

Indignados, comentaban el lado consumista de las Navidades. Sus nietos eran diana de sus críticas, culpando de ello a padres, profesores y a la sociedad de los valores que estaban insertando en sus mentes.

Montse, con su deseo de ser contradictoria con el mundo, defendia una Navidad que nacía de las emociones y el corazón, entendiendo el consumismo como una forma social esencial para sobrevivir en este mundo llamado avanzado.

Yo, convencido de que no se les convencería, repasé con la mirada la decoración del bar y anclé la mirada en la estrella, silenciado mi parecer sobre la Navidad.

Entendía aquella conversación como generacional, y de difícil acuerdo entre unos y otros. Aquella mañana, no me sentía con fuerzas para dialogar con nadie. Sólo deseaba escucharme a mí mismo, quizás leer el periódico, y terminar así el día.

Para mí, la Navidad hacía años que no era alegría; no conseguía ver en ella más que tristeza, unida a la soledad que toda separación matrimonial obliga por unos hijos que echamos mucho de menos.

 

 

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