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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. IV capítulo

16 Oct

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato, como siempre, con música. Clica sobre la imagen. ¡Heaven!

Era la figura de José la que me llamaba. No pude más y pregunté a Montse si ella también oía la voz. ”No”, respondió, por supuesto. Como hipnotizado, me acerque al pesebre. José me pidió que soñara, que escuchara su voz, solo yo lo escucharía.

Por un instante olvidé dónde estaba y le pedí una prueba de que no estaba loco. Su respuesta me dejó aún más perplejo. No se le ocurrió otra cosa que lo cogiera y lo pusiera sobre la mesa de los viejos sabios del rincón del bar.

Lo hice ante las miradas incrédulas de los asistentes, sobretodo de los viejos sabios, Juan y José. Me rogó que les preguntara sobre la magia de la Navidad. Así lo hice.

– Patrañas,-  respondieron los dos sin dejar de mirar con asombro la figura de José.

Entonces, José me preguntó si yo creía en la magia de la Navidad.

– Con tal de ver sonreír a un niño, vale la pena la Navidad,- le respondí.

Todos, sin excepció, contemplaron cómo hablaba sólo. No solo eso, hacía cosas extrañas. Entre el runruneó de los viejos sabios, convencidos de mi locura, Montse me indicó el camino de la cocina del bar, como si quisiera llamarme al orden. ¡Loco!. ¿Loco, yo?.

A todo esto, José le suplicó que le devolviera al pesebre, junto a María. También le dijo que no me preocupara: los sabios también experimentarían la magia de la Navidad aquel año.

Montse me pidió que me comportara de manera racional. Incluso, me ofreció ayuda. Yo traté de convercerla de que podía hablar con José, aquella figura del pesebre que, en apariencia, me volvía loco. Montse insistió. ¡Loco!. Entendí su reacción. Traté de bajar a la tierra y aposentar mi imaginación.

Salí del bar asustado, maldiciendo la dichosa Navidad.

Aquella noche, las pastillas me ayudaron a dormir; cerrar los ojos me asustaba mucho, aunque aún me espantó más la mañana siguiente.

Volví a la “cantonada”, el bar. Entré decidido, con paso firme y la cabeza gacha. Ni siquiera miré el pesebre. Al poco, entraron los viejos sabios.

¡Sorpresa!, entraron cantando un villancico. Como dos niños, cogidos de la manos de sus nietos. La escena me pareció, sencillamente, irreal. Entonces, puse la mirada sobre José tratando de buscar una explicación; él, me guió un ojo. Posiblemente, una visita al psicólogo no estaría de más, pensé.

Pregunté a los sabios que les ocurría. Ambos, para mayor sorpresa si cabía, me explicaron que su corazón rebosaba felicidad. ¿Habría sido José el que obró el milagro?.

José volvió a pronunciar mi nombre. Me acerqué y, sin quererlo pero tampoco sin evitarlo, me vi conversando de nuevo con aquella figura del pesebre.

– Me pediste una prueba,- me dijo. La prueba era los viejos sabios-. Descuida -añadió-, sus nietos, sus hijos, sus mujeres… todos aquellos que se acerquen a ellos gozarán de la misma magia.

José me puso a prueba, de nuevo. Debía sujetarlo y, a escondidas, colocarlo en un bolsillo de la chaqueta de Montse. ¿Sentiría la misma magia?.

Así lo hice, con disimulo, para evitar más comentarios, carcajadas y sarcasmos sobre “mi locura”…

La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo…

(continuará)

 

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