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Condena a una gitana

21 Oct

Es definitivo. Han violado a la justicia. La señora Justicia es ciega para unos casos y ve, en otros. ¿Qué ha sido de los tres grandes valores que debería sustentar en su balanza?: humanidad, proporcionalidad y resocialización. Crisis absoluta. Sueño un mundo sin prisiones y, si existen, como decía Beccaria, que “la compasión y la humanidad penetren las puertas de hierro”.

Un juzgado de Mataró ha ordenado el encarcelamiento de una joven gitana para cumplir una pena de un año y dos meses por un intento de robo cometido hace ocho años. Y Felix Millet, el saqueador confeso del Palau de la Música, de donde se apropió de miles, de millones de euros, en libertad.

S. – no revelaré aquí ni su identidad ni su lugar de residencia para evitar que la ciudadanía sin sentido común y sin escrúpulos, una raza desgraciadamente hoy muy extendida, castigue aún más su pena- ha ingresado en prisión con un bebé a cuestas, para amamantarlo. Sí, cometió el delito. Sí, es culpable. Y debe pagar el precio de su acción ocho años después, con tres hijos y un marido en el paro.

Y Millet y tantos otros que han saqueado arcas públicas y privadas, en la calle. El delito de S. se remonta al 20 de enero de 2004 cuando, en unión de otras dos personas, robaron objetos por valor de 395 euros en un establecimiento de Mataró (Barcelona). S. ni siquiera fue la autora material del robo. Se limitó a ejercer labores de vigilancia en la puerta de la tienda. Sí, delinquió. S. no tenía antecedentes penales ni reincidió.

La instrucción judicial del caso, que se remonta a 2004, acabó en juicio años más tarde y la sentencia se emitió en 2007. Poco importó que S. fuera esposa, madre y trabajadora. Hoy, ya da en prisión con su antiguo delito, su pena y su bebé, como si fuera un fardo de semillas recogidas tras una extenuante jornada bajo un sol abrasador. Sí, delinquió. Y centenares de ladrones de “cuello blanco”, en la calle.

Las víctimas del robo, algunas lesionadas de carácter, nunca reclamaron. Da lo mismo. S. pagó la multa de 120 euros que se le impuso por una falta de lesiones que, según la sentencia, no quedó demostrado quién la cometió. Da lo mismo. Sí, delinquió. Y para escapar asió un trozo de cristal para huir del lugar de los hechos sin herir a nadie. Sí, es culpable.

Sí, S. es pobre, es gitana y casi analfabeta pero también es joven, madre, trabajadora y, ocho años después – he aquí otro de los grandes males de la Justicia, su velocidad-, ha ido a prisión por mor de que la Justicia ha sido ciega.

La misión de la pena privativa de libertad, amén de la inmediatez que debe comportar por el factor correctivo, es, o debería ser, la rehabilitación y la reinserción de la persona que delinque. Pero se da la circunstancia de que S., por sí sola, ya se había rehabilitado. Lo contrario, es convertir la prisión en un plus de la pena, como una doble condena, convirtiéndola en un puro instrumento retributivo. El castigo por el castigo.

Hoy, en las prisiones catalanas y españolas se amontonan miles de presos muchos de los cuales podrían estar sujetos a regímenes penitenciarios más flexibles, sin riesgo de reincidencia. Sin embargo, el populismo punitivo que vive España ha vuelto a convertir la cárcel en la medida estrella de la respuesta a los conflictos sociales, y no todo puede fiarse a la prisión.

Estaremos de acuerdo en que existen conductas que, por su entidad cuantitativa y cualitativa, merecen prisión pero fiar a prisión un delito menor perpetrado hace 8 años, como el cometido por S., es distorsionar por completo los principios -desgraciadamente hoy en crisis y reducidos a cenizas- de los sistemas penal y penitenciario.

El Código Penal vigente, aprobado en 1995, es uno de los más maltratados en el mundo, con 27 reformas operadas en poco más de una década, a cada cual más severa y gravosa. Y todo, en aras a una supuesta percepción de inseguridad global que el legislador ha empleado como argumento de respuesta a la criminalidad de baja y media intensidad que no da respuesta precisa a esos comportamientos.

Las leyes penales, aprendí, deben aplicarse en función de la realidad social y de su tiempo. Hoy, ya no es así. En el caso de S. se podrían haber aplicado medidas penales alternativas – trabajos en beneficio de la comunidad-; se podría haber dejado en suspenso la ejecución de la condena; se podría haber… No. Hoy, con su bebé a cuestas, S. paga con la cárcel un delito que no merece prisión.

S. y su familia pensaron en huir. Pero la mujer fue consecuente y valiente. Sí, delinquió. Y compareció voluntariamente en el juzgado para someterse, en este caso, al enorme peso de la ley y la mirada indiferente del juez.

Y con miedo, miedo al mañana, con el bebé a cuestas y pecho al descubierto para darle su necesaria leche, da con su “terrible” pena en prisión.

S. delinquió, sí. S. es pobre. S. es casi analfabeta. S. es gitana. Y hoy, quizás, aprenda alguna nana de cebolla.

Justicia, mírame. ¿ Qué le puedes enseñar ahora a S. en la cárcel?

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