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Archivos Mensuales: noviembre 2011

Bienvenido míster Smiles

Decía Samuel Smiles que la vida tiene su lado sombrío y su lado brillante; de nosotros depende elegir el que más nos plazca. Hay quien cierra los ojos durante mucho tiempo porque no está preparado para ver la vida. Y cuando los abre no le gusta lo que ve y los vuelve a cerrar. Hay quien dimite de la vida y busca la solución en el fondo de una botella. Hay quien no ha tenido tiempo de averiguar qué era lo que más le gustaba en la vida, y fue león por un día y el resto de sus días, oveja. Hay quien lucha toda su vida y, en la hora del recuento, sentencia que ha valido la pena. Hay quien se pasa la vida navegando a la deriva en el puerto de la paciencia de la vida de otros. También hay ciclos de vida que se suceden continuamente, tejiendo sólidas cadenas tróficas. Hay quien se pasa la vida reconciliándose con la vida. Otros la viven a un ritmo fulgurante y cuando se han dado cuenta, ya no viven. Para algunos, la vida es una estafa: uno crece, envejece y muere y otros la viven sin asideros, enfrentados a una escalada de violencia que termina en actos absurdos cuando no en soflamas esperpénticas y debates perversos a modo de catarsis.

Yo, particularmente, prefiero quedarme con aquellos que poseen la fuerza y el amor a la vida de quienes conocen la fragilidad humana y saben que en cualquier momento todo lo que se ama y toda normalidad que se da por supuesta (hablar, pensar, comer, beber, cantar, berrear…) puede desaparecer de forma imprevista, súbita, cruel.

La vida es como una partida de ajedrez. Un mal movimiento obliga a entregar la partida, con la diferencia de que en la vida no hay oportunidad de jugar la revancha. Y cuando nos hemos dado cuenta estamos a la puerta del asilo, aquel lugar al que va la gente cuando la vida ha acabado con ellos antes de que ellos hayan acabado con su vida.

Nos lo cuenta Mar Morales, desde Pamplona en cuatro líneas que resumen una vida. Relato con música.

 

La vida se divide en cuatro partes: Amar, Sufrir, Luchar y Vencer.

El que ama, sufre;

el que sufre, lucha, 

y el que lucha, vence.

 

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A dos días de la vida

De todas las historias en que la fe triunfa sobre el infortunio que han sido llevadas a la pantalla, no existe ninguna acerca de Job. ¿Quién iba a querer ver sufrir a alguien que le importa?. Todo aquel al que le preocupe no malgastar los seis euros que cuesta la entrada, tiraría las palomitas a la pantalla en cuanto le aparecieran las llagas. Todo tiene un límite. Al leer el libro de Job, uno se pregunta que pasaría por su cabeza mientras veía como perdía todo lo que amaba. Me gusta pensar que recordaba cosas que un día habían sido banales: campos de trigo, la lluvia, unas sandalias, una escoba en una esquina, su rebaño en el campo, sus hijos sentados a la mesa, y que daba gracias por todo ello.

Incluso en los peores momentos, hay manos que escriben palabras que nacen de un fascinante viaje al interior del alma para levantar el ánimo de la gente. Esas manos, movidas por ese alma, son hoy de Hada Cristina de los Sueños (HcS), de Madrid.

Relato con música.

Mañana será otro día, y volverá a salir el sol, que traerá nuevas ilusiones y nuevas esperanzas para todos. Si te has salido un poco, sólo un poco, del camino marcado, y no eres feliz y hoy no has tenido un buen día, piensa que mañana puede ser mejor, será mejor.

No mires nunca hacia atrás, sigue su senda, mirando siempre hacia adelante. Con esa mirada, al frente, en ese camino, encontrarás la salida del laberinto de pasiones, sombras y desengaños que es, a veces, la vida.

Vive tu vida soñando. Sé feliz. Porque la vida son cuatro días y dos, los llevamos ya a la espalda. Mañana, más y mejor. No importa los días de vida, sino la vida de esos dos días.

 

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Vestidos de Zombies. V (y último) capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Del IV capítulo

En ese instante, se escucharon unos disparos en la calle, por lo que se asomaron a la ventana y vieron cómo una Harley llegaba con un hombre vestido de Armani en tono plateado y un bonito sombrero a juego.

Dejó la moto y continuó disparando mientras se encaminaba hacia la puerta. Los dos se miraron y bajaron con rapidez. Ordenaron a los otros que abrieran y así hicieron. Pedro aprovechó la oportunidad para salir y pedirle al extraño un poco de ayuda para alejar de Antonio a los pocos zombies que quedaban por la zona. Sin embargo, cuando salió, con silla en mano y escoltado por Manolo, su sorpresa le embargó. No había apenas dos zombies y Antonio ya no estaba donde debía estar. Tan solo quedaba el lazo de su batín en el suelo. Una vez que este individuo entró –ordenándoles a ellos que lo hicieran antes que él–, la sellaron nuevamente.

Relato con música. Only Time

 

V capítulo

–Sarah, he venido a por ti… –le dijo tras acercarle un aparato que pitaba chirriosamente.

–Sin ellos no… –alegó.

–Son una carga.

–¡Eh, tío! ¿De qué coño vas? –se le acercó Manolo muy enfadado.

Éste le agarró la mano y comenzó a torcésela mientras soltaba la extraña metralleta en el suelo.

–El señor Petrov me ha ordenado llevarte al laboratorio. Aquí corres peligro… –le susurró.

–Ellos nos acompañarán –sentenció.

Hubo un momento de pausa en el que el entrajado hombre contempló la situación tras haber soltado a Manolo.

–Necesitamos un transporte mayor… –alegó.

–Mi taxi está cerca… –habló el hombre mayor un poco más calmado.

–Ahora mismo hay pocos, parecen estar distraídos persiguiendo ratas o animales que hay por el polígono… –informó.

–¿El taxi estaba a una manzana girando a la izquierda? –preguntó Pedro.

–Mucho más cerca –respondió.

–¿Y si salimos por detrás y corremos hacia él? –cuestionó Lucas.

Todos asintieron, pero antes, decidieron aprovisionarse de toda la mercancía comestible que pudieran coger, por lo que cogieron grandes bolsas donde metieron patatas, gusanitos, bebida, etc y se las ataron al cuerpo.

–¿Y Antonio? –preguntó Jaime.

–No estaba… –dijo Pedro tragándose un nudo de su garganta.

–¿Cómo? –se alteró Lucas.

–Debió caerse, pues no estaba cuando salimos a por él… –explicó Manolo.

Los amigos vertieron alguna que otra lágrima en su honor y procuraron recuperarse para afrentar la carrera hasta el coche.

Armados con varas de hierro arrancadas de los estantes, salieron por patas cuando Ramón, que era como se llamaba el rescatador, dio la orden.

Golpearon a algunos por el camino. Sarah y Ramón parecían no cansarse nunca de correr, mientras que los cuatro amigos y el taxista cada vez aminoraban su velocidad.

De repente, el hombre mayor se detuvo. Todos lo hicieron con él mientras aparecían zombies al rededor muy gradualmente.

–¡Mi coche debía estar ya! ¡Allí es donde la atropellé! –señaló un paso de cebra que ya habían pasado.

Allí apreciaron, que a un lado, había un fuerte rastro de sangre. Era el de la hija de su amigo. Se pusieron nerviosos, ya incluso se veía algún varetazo en la cabeza a algún zombie a la vez que algunos disparos de Ramón.

Un chirrido les arrancó de la pelea que comenzaban. El taxi se dirigía hacia ellos. En él, Antonio iba al volante. Al frenar, abrió la otra puerta del copiloto y les ordenó entrar. Una vez todos, menos Ramón, dentro, cerraron.

El rescatador aseguró ir a por su moto y vernos allí en el laboratorio del tanatorio. Era una locura, pero salió corriendo y nadie pudo impedírselo.

–¡Arranca! –gritó Lucas viendo cómo un sin vida golpeaba su ventanilla.

Antonio dio marcha atrás, aplastando a unos cuantos de estos despojos y, de un volantazo, giró el coche y aceleró.

Ya iban más seguros aunque de cuando en cuando viesen algún zombie.

–¡Debemos ir a la ciudad y no perder el tiempo! –exclamó Manolo desde atrás.

–No, esto debe finalizar… –expuso Sarah encima de Jaime y Lucas que iban también en el asiento trasero junto al taxista.

Una vez llegaron al tanatorio, encontraron a más hombres con las mismas pistolas de Ramón. La diferencia era que éstos iban vestidos con cascos y artillería pesada, como los antidisturbios.

Les abrieron una puerta de un garaje y entraron. Más de uno suspiró de alivio al ver que los recibían estaban tan vivos como ellos.

Al bajar, un hombre de aspecto ruso, grande, ojos azules, bigote y con bata blanca corrió a abrazar a Sarah con una lágrima en los ojos. Tras unos cuantos gestos de cariño, ambos comenzaron a hablar en ruso durante un rato hasta que los miraron. Discutían sobre algo, y aunque no entendían de qué hablaban, ella parecía reñirle y pedirle algo a él.

Justo cuando el hombre fue a hablarles, apareció Ramón montando su moto. Se les acercó y el ruso les habló mientras tanto.

–Debéis perdonarme por la tragedia que ocasioné en vuestra ciudad debido a mi egoísmo. Yo tan sólo quería recuperar a mi hija… –agachó la cabeza con un poco de acento.

Empezaron a discutir otra vez, cuando de pronto, sonó una alarma.

–Mis hombres os escoltarán hasta las afueras. Debéis salir. Tras abandonar el recinto, tendréis solamente diez minutos para huir. Soltaremos una bomba que destruirá todo en este polígono.

Los ojos se les agrandaron a los muchachos y al taxista a la vez que sus corazones comenzaron a latir desenfrenados. Entretanto, unos hombres llenaron el depósito de gasolina, les metieron un paquete y una dirección de envío.

Una vez que estaban comenzando a montarse, Pedro le preguntó a Antonio en qué momento logró llegar hasta el taxi. Éste le respondió que fue justo cuando Ramón llegó disparando. Contó a sus amigos que él se percató de que había menos zombies prestándole atención y pudo bajar y huir dándole la vuelta a la manzana y salteándolos hasta que de casualidad dio con el taxi.

Se prepararon varios de esos hombres que parecían policías en motos, entre ellos, el impecable Ramón con una nueva pistola aún más voluminosa. Al verlo, los cinco amigos pensaron que Terminator y él causaban la misma sensación aunque éste aparentemente fuera un hombre normal y elegante. Sarah se acercó a Pedro por la ventanilla y le ofreció un portátil.

–Venga, Sarah, monta –dijo Lucas con la cabeza un poco doblada por estar encima del taxista mientras Pedro agarraba el portátil.

–Yo he de quedarme… –sonrió.

–¿Cómo? ¡Anda, mujer! Aquí cabes. Yo encantado de llevarte aunque te haya gruñido… –añadió Manolo.

–Cuando vayáis casi a mitad de camino, abrid el portátil, hablaremos…

–Señorita Petrov, su padre la llama, vamos a abrir ya las compuertas –interrumpió un hombre con acento ruso.

Ella se giró sin decirles más nada y los despidió con la mano mientras caminaba de espaldas. Se metió por un ascensor y los miró. En la mente de Pedro y en la de todos permaneció la imagen de Sarah muerta por la bomba. Los pelos se les pusieron de punta a todos los del coche a la vez que vieron que Ramón –que estaba delante–, tenía una cicatriz en el cuello.

Como acto reflejo, al abrirse la puerta, Antonio apretó el acelerador y salieron disparados con las motos detrás. Había demasiados zombies ya. Más o menos las personas que cabrían en una nave discotequera.

Empezaron a disparar y a abrirles el paso. Entre volantazo y volantazo, ya llevaban medio camino y aún les quedaban unos cinco o seis minutos para que soltaran la supuesta bomba. Pedro abrió el portátil y vieron al ruso: Alexander Petrov.

Parecía una película de ciencia ficción. El y Sarah parecían estar aplicándole algo a un cadáver, pues por lo que decían, era el experimento “Resurection”. Cuando éste cuerpo se puso de pié, apreciaron que era nada más y nada menos que Ramón. Sarah concluyó acercándose a la cámara y diciendo que el experimento de cuello decapitado había cobrado vida y recordaba todo lo que fue.

De pronto, en el video parecían ir pasando los días hasta que llegó Sarah al laboratorio y estalló una máquina, clavándosele varios hierros en el corazón. Muerta. Ella era la hija fallecida de Alexander Petrov.

Sus caras palidecieron y el conductor se estrelló contra una de las motos, provocándose así la caída al motorista. Miraron atrás después de haberle pasado por encima con tres ruedas del coche y comprobaron que se levantó como si no le hubiese pasado nada. Tras eso, continuaron viendo el video y aparecía Sarah en directo. Ellos no podían hablarle, no obstante, ella sí. Les contó que los experimentos de su padre debían concluir y que ellos eran los únicos humanos mortales de la zona sin contar a su padre, por lo que los escoltarían.

Ella se despidió de ellos y les pidió que entregaran el paquete a las autoridades junto al vídeo, pues lo que habían descubierto, sería destruido para que nadie más pudiese jugar a ser Dios.

Cuando alcanzaban la periferia, las motos se detuvieron, dejándolos solos. Se escuchó una explosión a la vez que se dejó de ver la hermosa cara de Sarah. Una honda de humo, gas y horror se expandió hacia ellos.

Antonio aceleró más, dejando así a todos los zombies e inmortales detrás, siendo destruidos, mientras el sol que aparecía por el horizonte, comenzaba a alumbrar sus pupilas. Ése día decidieron que jamás volverían a celebrar una fiesta extranjera…

 

 

 

 

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Si muero mañana, ¿qué me dirías hoy?

Hay momentos en los que pienso que en la vida no hay buenos ni malos, sino gente que quiere ser feliz. Hay momentos en los que deseo viajar por tierras de poetas y por casas antiguas donde la madera cruje como palabras entrecortadas, empolvadas que flotan en el aire, palabras que hacen más fácil caminos de tortuosas y enamoradizas vidas. Hay momentos en los que me gustaría que el pez alevín se comiera al grande, porque la vida ya no es así. Hay momentos en los que me gustaría leer con atención el diario, de atrás a adelante, empezando por las esquelas pues, quizás, conocía algún difunto. Hay momentos en los que daría una parte de lo que sé por los secretos del chocolate. Hay momentos en los que quiero volar alto por un mundo nuevo, y que me lleven hasta el valle que me vio nacer. Si me muero mañana, ¿qué me dirías hoy?. Hay momentos en los que no hay tiempo que perder.

Así lo escribe, así lo siente, así lo vive María del Carmen Escriña, de Madrid. La vida es muy corta como para desperdiciarla… Relato con música. You Give Me Something

No tengo tiempo para odiar a quienes me odian. No tengo tiempo para discutir con los que no me entienden, ni preocuparme de quienes no les importo. Estoy muy ocupada  amando a quienes me aman, hablando con quienes me entienden, y agradecida con quienes les importo. La vida es muy corta para desperdiciarla con gente vacía, sin principios y sin valores. Por eso elijo estar bien.

 

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Ahora, en este lugar

Me limito a seguir la ley de mi corazón. Desecho cuantos ofrecimientos me hacen de asistencia espiritual, sin sentido alguno de la oportunidad. Quiero recordar siempre el lugar donde nacer y no haya que morir. Quiero saber que estarás bien, siempre. Incluso cuando mi mundo se reduzca a una bombilla cubierta de polvo y a la reacción de una araña sorprendida por la luz, y que corre a esconderse entre trastos viejos. Mi existencia se limita, ahora, a este preciso momento, en este preciso lugar.

Así siente, así piensa, así ama, así respira Marisol Marichalar, en veinte palabras. Las demás, en este preciso instante, en este concreto lugar, sobran.

Relato con música. L’aigle noir.

El aire olía distinto, como más puro y fresco. Era el comienzo de algo nuevo, como el perfume del amanecer.

 

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Cuestión de física cuántica

Realmente no es nada fácil. Todo es un camino, un aprendizaje. Pero él está dentro de ti…, así como la energía que lo mueve todo. Es la ley que nos rige, la física cuántica. Hay leyes que esclavizan a los hombres y otras que dan  libertad.. Todo principio comienza por uno mismo. Y ahí es donde reside, en la vibracion del Amor.

Un dulce relato de Maite Arbones, de Lleida, que nos indica el camino de la vida auténtica, una vida que está dentro de cada uno de nosotros, con cada decisión, con cada experiencia… es la belleza de lo simple, es la belleza del amor. Es la belleza de la dulzura, dulce como ella misma.

Relato con música. Island.

 

Recuerdo tu ilusión, tu fuerza, tu esperanza. Nuestro amor, nuestra búsqueda, y también nuestra espera, sabiendo que somos el uno para el otro, y reconociendo todo aquello vivido en algún tiempo pasado. Soñando con nuestro reencuentro,  sabiéndonos con nuestra presencia. Completos.

 

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Vestidos de Zombies. IV Capítulo

Por María del Pino (Córdoba)

Del III capítulo…

Todos corrieron salteando algún que otro muerto viviente que había por ahí desperdigado.

Por el camino, ella les contó que, Alexander Petrov, dueño de una importante clínica farmacéutica Rusa, había descubierto un nuevo eslabón en la genética de ADN humano. Uno que se encontraba como si fuese una fisura en la cadena. Ellos sabían que algo de eso estudiaron en biología, pero ninguno se acordaba de otra cosa que no fuese un dibujo de dos tiras enrollándose con palitos en medio.

La cuestión era que si rellenaban esa fisura, conseguirían la inmortalidad en los vivos y la resurrección en los muertos, devolviéndoles ya no la vida, sino la eternidad si no los mataban destrozándoles el cuerpo. Lo malo es que por un descuido, dos de esas bombonas de gas, donde tenían la fuente de la vida eterna, mutaron.

Cuando iban corriendo a mitad de camino, vieron que cada vez había más, por lo que se acercaron a una gran nave y apreciaron que se encontraba cerrada.

–Si está cerrada quiere decir que no hay nadie dentro, ni zombies –dijo Lucas.

Relato con música. Man In the Rain

 

IV Capítulo

Mientras él intentaba abrir esa, Pedro lo hacía con la nave contigua. Antonio se alejó un poco más para vigilar, y cuando al fin Pedro logró abrirla, un hombre histérico, que apareció de la nada, chocó contra Jaime, tirándolo así en un doloroso placaje.

Todos chillaron. Cuando se recompusieron, apreciaron que era el taxista. Le preguntaron qué hacía ahí cuando el aullido de Antonio les sacó del trance. Había muchos más zombies a su alrededor.

–¡Corred dentro! –exclamó Pedro mientras veía a Antonio encaramarse a un poster de la luz con esfuerzo y de ahí saltar a una de las ventanas de la nave en la que estaba más cerca. Los zombies lo tenían completamente rodeado.

–¡No te muevas de ahí y estarás a salvo! ¡Ellos a penas pueden moverse para caminar! –gritó la chica antes de entrar.

–¡Volveremos a por ti, tío! ¡Aguanta! –alegó Lucas.

Pedro y él se miraron hasta que éste entró el último. Antonio debía resistir, de pié y agarrado a la reja de una ventana, hasta que ellos volviesen a por él. No le quedaba otra si quería sobrevivir, pues toda esa cantidad de muertos vivientes estaba bajo sus pies –a una planta de distancia–, esperando con impaciencia a que bajase para devorar con sus sangrientos dientes las tripas de su pobre víctima.

Atoraron la puerta entre Pedro, Jaime y Lucas mientras la científica y Manolo buscaban los interruptores y el taxista se arrancaba unos cuantos de sus blancos cabellos.

–¿Qué hacemos? –preguntó Lucas cuando se encendieron las luces.

–Lo primero es mirar que no haya ninguna otra vía para entrar y descubrir de qué es el almacén.

–Es un almacén Moyano… –informó Jaime señalando los grandes y alargados pasillos llenos de gominolas, patatas, disfraces de Halloween, etc.

–Si nos quedamos aquí hasta que nos encuentren… Comida hay para sobrevivir… –al taxista le temblaban las manos.

–¡Debemos ir al tanatorio antes de que la plaga llegue a la ciudad en la mañana! –exclamó la chica.

–¡Todo esto es vuestra culpa! –la acusó Manolo.

De pronto, se miró y le mostró el brazo.

–¿Qué? ¿Me voy a convertir yo también en un chupacerebros?

–No seas idiota –se lo apartó ella de encima.

–En Resident Evil y en las demás pelis de zombies pasa así… –se alejó Lucas de él.

–Un mordisco no te transmite el cambio mutado del ADN. Ha sido el humo de la discoteca. Esos que ponen para crear ambiente… Se vé que nuestras bombonas de gas se confundieron con esas y… la fisura de sus ADNS se rellenó con el gen mutado… Si fuese sido una buena… Todos inmortales, pero ha sido el gen alterado…

–¿Y cómo es posible que se confundan con algo tan importante? –preguntó Pedro.

–Piensa que es un experimento secreto… Petrov debía transportarlas camufladas… Por eso, cuando quiso probar el experimento con el cadáver de su hija… –silenció un rato y luego continuó–. Se percataron de que el otro gas no era el bueno… Así que yo misma vine a la discoteca para evitar que lo esparcieran… Pero, pero… llegué tarde. Ya empezaron a transformarse…

–¿Y los mordidos? ¿Eh? Los que me mordieron ya habían sido medio comidos –preguntó Manolo pensando en el vampiro y en Frankenstein.

–Los que llegaron antes y lo respiraron antes, los atacaron.

–¿Cómo sobreviviste sola? ¿A ti no te afectó el gas?–preguntó Pedro.

–No hay tiempo para explicaros por qué el gas no me afecta, pero sí os diré que me encerré en la sala de música, con los djs, para explicárles lo ocurrido. Luego, al ver que la gente se empezaba a volver loca y atacaba, abrieron la puerta, salieron y los atacaron. Yo la atoré, y… al dar un paso hacia atrás, tropecé tontamente y me hice esta brecha en la cabeza, perdiendo así el conocimiento. Al escucharos desperté y bajé las escaleras, o más bien, rodé por ellas… ¡Debemos llegar al laboratorio! ¡Allí estaremos seguros!

–Sí, ¿les pedimos permiso? –preguntó Manolo muy malhumorado.

Tras un amargo rato de silencio, Pedro se giró hacia el taxista, el cual, permanecía arrinconado en el suelo, meciéndose hacia delante y hacia detrás como una hamaca.

–¿Y cómo es que usted sigue por aquí? –le tocó el hombro–. ¿Disculpe?

El hombre se encontraba traumatizado, por lo que vino la joven y lo examinó. Resultaba ser que era doctora, psicóloga y una superdotada cuya mente abarcaba la sabiduría de diversas materias.

–¡Vaya tía! –susurró Lucas a Jaime.

Cuando el taxista pudo hablar, contó que, justo en el momento en el que nos dejó, dobló una calle y un compañero le rogó que recogiera de urgencia a la hija, que decía que estaba justo ahí cerca. Él giró la calle y empezó a ver gente muy metida en el papel de zombie, incluso a muchachas que iban disfrazadas de enfermeras o diablas. Le pareció extraño, pero aun así, continuó. Aceleró un poco más al lado de la calle en la que ahora se hallaban y una chica que metía gritos se tiró a gran velocidad sobre su coche. Frenó en seco tras la colisión y bajó. Corrió hacia la chica, que iba vestida normal y observó que era la hija de su compañero. Fue al coche para coger el móvil y llamar a la ambulancia cuando vio que a ésta se le acercaba un joven, el cual imaginó por su proximidad al cuello que era el novio. Sin embargo, cuando ya se hallaba entre éstos y el coche, el chaval comenzó a devorarla mientras aún seguía ella con vida.

Él se asustó, y cuando se volteó, vio que muchos más como ése venían hacia él, por lo que estuvo corriendo, salteándolos, hasta que volvió cerca del lugar y topó con ellos.

–¡La he matado yo! –se lamentó.

–Ella se lanzó huyendo… Usted no es culpable, créame… –ella lo consoló.

Buscaron la única puerta que había que daba a la calle y la atoraron. La otra daba al almacén de carga y descarga. Ésta, aunque estaba cerrada con llave, también la atoraron al ver, tras los pequeños cristales redondos como los de barco, que no había ni un solo camión para emprender una huida.

Dieron vueltas durante dos horas más por todo el almacén. Incluso comían algo. Ya quedaba menos para amanecer y estaban desesperados. Pedro decidió dar un paseo entre la sección de chucherías. Se detuvo entre los palotes de azúcar y los normales. Hastiado, comenzó a arrancarse el latex de la cara a puro tirón y a refregarse todo el maquillaje.

–Si continúas así te harás daño… –ella lo sorprendió por detrás.

Él se dio media vuelta y apreció que ella ya no tenía sangre en la cabeza, pues se había limpiado.

–Da igual.

–Subamos arriba que hay un baño en el que puedes quitarte toda esa porquería…

Ambos subieron una pequeña escalinata que había al principio –a la izquierda nada más entrar–, mientras caminaban callados, metidos en el pánico y lo absurdo pensamiento de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

Al abrir la puerta, ella encendió la luz. Vieron que era un pequeño despacho. Justo a la derecha, el servicio.

Mientras Pedro se peleaba con las protuberancias postizas de su piel, ella permanecía sentada intentando averiguar la contraseña del ordenador. En ese momento el cayó en la cuenta de que su blackberry tenía wifi, por lo que salió y se la cedió.

–Por cierto, no nos has dicho tu nombre. ¿Cómo te llamas?

–Sarah… –contestó mientras parecía enviar algún mensaje.

En ese instante, se escucharon unos disparos en la calle, por lo que se asomaron a la ventana y vieron cómo una Harley llegaba con un hombre vestido de Armani en tono plateado y un bonito sombrero a juego.

Dejó la moto y continuó disparando mientras se encaminaba hacia la puerta. Los dos se miraron y bajaron con rapidez. Ordenaron a los otros que abrieran y así hicieron. Pedro aprovechó la oportunidad para salir y pedirle al extraño un poco de ayuda para alejar de Antonio a los pocos zombies que quedaban por la zona. Sin embargo, cuando salió, con silla en mano y escoltado por Manolo, su sorpresa le embargó. No había apenas dos zombies y Antonio ya no estaba donde debía estar. Tan solo quedaba el lazo de su batín en el suelo. Una vez que este individuo entró –ordenándoles a ellos que lo hicieran antes que él–, la sellaron nuevamente.

 

 

 

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