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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. V capítulo.

01 Nov

Por David Creus (Mollet del Vallès, Barcelona)

Relato con música. Clica sobre la imagen: “lubally…”

… La sorpresa en el bar crecía, como la haría una partitura “in crescendo” en su punto álgido, allí en el punto del desenlace, cuando algo cómico o trágico ha de suceder. Los sabios ordenaban las figuras del pesebre. “Pronto llegará la fecha del niño Jesús”, se dijeron, al tiempo que señalaban el tránsito de la estrella hasta llegar a Belén.

No sólo hablaba José, también lo hizo María. La locura pareció desbocarse. María me habló con voz dulce y aterciopelada. Y me dijo:

“la magia, querido David, sale del corazón. Los adultos no lo solemos decir, aunque por fortuna, los niños nos lo suelen transmitir” 

Hacia el mediodía del día siguiente llegué al bar de Montse quien me indicó el camino de la cocina, como si me llamara a capítulo. Montse no llevaba puesta la chaqueta que lucía el día anterior. ¿ Dónde estaba la figura de María?. Solo existía en mi preocupada mente aquella figura. Montse, por su parte, solo tenía pensamientos para su hija, quien la llamó con el deseo urgente de encontrarse.

Montse y su hija mantenían una relación que, como poco, podíamos catalogar de  olvido absoluto, situación que no permitía a Montse pacificar su corazón.

Esa mañana, los viejos sabios adornaron lo que faltaba del bar, su entrada.

Mi asombro al verlos era absoluto. Era como si hubieran recobrado años perdidos, muchos años, recuperando un espíritu, días antes totalmente perdido. Entonaban villancicos ante el asombro de los presentes mientras colgabas adornos sin parar, como posesos por esa extraña magia que lo había inundado todo.

En ese momento, entró por la puerta ya adornada la hija de Montse. Bastaron unas pocas palabras en el reencuentro:

– ¡Lo siento!,- dijeron al unísono. Luego, un abrazo, sincero, cómplice, casi mágico.

José guiñó de nuevo el ojo. En el gesto, me dijo que Montse y los suyos disfrutarían de aquella Navidad. Sus corazones vencieron a su tozudez y arrogancia.

Volvió a mi mente la figura de la virgen María. Debía yo romper la magia de aquel momento entre madre e hija. No hizo falta. María había vuelto al pesebre.

Me sentí tranquilo, feliz. Al abrazar a su hija, las lágrimas adornaron las mejillas de Montse, ora de añoranza, ora de alegría, por el tiempo perdido, por el tiempo recuperado.

José puso la mirada en mí, de nuevo. Lo sujeté. Lo coloqué entre el diario y el café manchado con leche. Sin embargo, cerré el periódico completamente absorbido por su magia. No pude reprimir tampoco el llanto lamentando que Xapi se perdiera este momento. ¡Despreciable!, me dije, por querer buscar de un modo egoísta un pedazo de esa magia para mí.

José percibió mi tristeza. De inmediato, oí su voz. ¿Qué?. ¿Quieres que mire la estrella?, le pregunté. Al anclar la vista en ella, vi a Xapi. Montaba sobre la estrella  como si fuera el jinete de los sueños que en aquel bar ocurrían.

– ¡Es el momento!, me indicó.

– ¿El momento?, ¿el momento de qué?, repliqué. No hicieron falta más palabras.

Era el momento de descubrir aquella magia por la que me habían tildado de loco. Debía ser yo, con mis ilusiones y decepciones, el portador de la magia.

En tan solo tres días, las personas, incrédulas, habían aprendido a escuchar a sus corazones. También José me invitó a cabalgar sobre la estrella, junto a Xapi, hasta llegar al Nacimiento. Allí, según mi impresión, entendería cuál era la verdadera magia, mi verdadera magia.

Ya cuestionaba la locura. Todo aquel que atravesara bajo la puerta del bar de Montse, adornada como maravillosos posesos por los viejos sabios otrora incrédulos, encontraría la verdadera esencia de las fechas.

Me acerque lentamente a la estrella. Sobre ella, Xapi me tendió su mano. ¡Acompáñame!, pareció decirme. Sabedor de que en el local todos observaban mis movimientos, dirigí la mirada a Montse, a los sabios, al panadero, Sergi, al amigo David. Todos, o al menos así lo interpreté, me rogaban que alargara la mano. Por momentos, creí entender ese espíritu del que había oído hablar, el de la Navidad.
Todos lo poseían, todos sin excepción. Sus miradas ya no reflejaban locura, me transmitían ilusión.

Fue entonces cuando el rey Gaspar, un punto harto de la tardanza de mi decisión, soltó una elocuente frase:

“si no crees en lo que siente tu corazón, nosotros no podremos existir”… 

(Continuará)

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