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Archivos diarios: 06/11/2011

Vestidos de Zombies. II Capítulo

Vestidos de zombies (II capítulo), por María del Pino (Córdoba).

Habían decidido ir por las las calles del centro asustando a la gente hasta que llegasen las 00:00: noche de brujas en otros países, día de los difuntos para los españoles.

Ese día no sabían dónde ir exactamente. Si a una discoteca, de pubs, o al polígono, donde Jaime creyó oír que habían hecho algo taco “guapo”. Aun así, lo que sí tenían claro era una cosa: no iban a ligar. No por las ricas y exquisitas “demonias” y vampiresas que habría por ahí sueltas, sino porque con las caras que llevaban… No ligarían ni con un orco.

Música, dreams by Angelo Badalamenti

 

Cuando llegaron a la calle más amplia del centro, comenzaron su actuación al ver a un grupito de chiquillos. Éstos, al verlos, salieron corriendo mientras lloraban aterrados. Sólo uno que iba disfrazado de angelito fue tan valiente como para pegarle una patada a Manolo y decirle estúpido zombie antes de salir disparado como una flecha con los demás. Todos se rieron de zombie pateado. Es que el pobre no daba el pego con ese maquillaje tan malo.

–¡Vamos al Polígono! –exclamó éste tras soportar el dolor en la
espinilla y las risas de sus amigos.

–Sí, ¡vamos! Esto está MUERTO… Ja, ja… ¿Lo pilláis? Muer-to, –dijo Lucas mientras imitaba a un zombie.

–Pues vayamos, pero en taxi, no pienso coger mi coche, que el año pasado me pusisteis la moqueta que daba asco con eso de ir de la niña del exorcista… –Pedro frunció el ceño al recordar su pobre tapicería llena de vomitados a causa del alcohol ingerido.

Todos accedieron y cogieron el primer taxi que pasó. En principio, el conductor dudó en si montarlos o no, pero, finalmente, con algo de repugnancia al ver a Antonio sentarse a su lado, les preguntó hacia dónde iban. Manolo, ambientado y con ganas de fiesta, le respondió que al polígono, que allí había oído uno de ellos que iba a ocurrir algo GRANDE. Algo que pasaría a recordar su ciudad para siempre.

El taxista arrugó la nariz, extrañado, y comentó que no había habido ninguna llamada de por allí ni a nadie que él hubiese llevado desde hacía horas. También dijo que no había oído nada de eso. De todos modos, accedió a llevarlos sin decir más, pues una buena pasta se iba a llevar por estar tan lejos de donde se hallaban. Sobre todo siendo de noche y festivo.

Aunque hacía frío, el taxista abrió la ventanilla. Olía demasiado al látex de la cara de Pedro. No obstante, cuando se aproximaron, las cerró con rapidez. Todo estaba demasiado oscuro y olía a podrido.

Al bajar, le pagaron con veinte euros y no esperaron el cambio. Ni ellos, ni el taxista. Su cara era de espanto desde que entraron al polígono…

Continuará…

 

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Cuento de Navidad. El sueño de creer en la magia de nuestros corazones. VI capítulo ( y último).

Me acerque lentamente a la estrella. Sobre ella, Xapi me tendió su mano. ¡Acompáñame!, pareció decirme. Sabedor de que en el local todos observaban mis movimientos, dirigí la mirada a Montse, a los sabios, al panadero, Sergi, al amigo David. Todos, o al menos así lo interpreté, me rogaban que alargara la mano. Por momentos, creí entender ese espíritu del que había oído hablar, el de la Navidad. Todos lo poseían, todos sin excepción. Sus miradas ya no reflejaban locura, me transmitían ilusión.

Fue entonces cuando el rey Gaspar, un punto harto de la tardanza de mi decisión, soltó una elocuente frase:

“si no crees en lo que siente tu corazón, nosotros no podremos existir”…

Me imbuí de aquellas palabras. No estoy seguro de quién las pronunció. Poco importaba.

– “Necesitamos de la ilusión de los adultos para hacer felices a los niños.

Al oír la palabra niños no lo dudé un solo instante, alargue mi mano, y me vi sentado junto a Xapi. Sentía como si nunca se hubiera marchado. Fue un momento de verdadera magia. Él, con su voz habitual, me dijo tan solo una palabra que lo decía todo: ¡gracias!.

Alivié una lágrima, solo una; en su viaje, eterno viaje hacia el piso, se detuvo en el brazo de mi hija que disfrutaba como cada mañana de su desayuno, su deseado donut y su cacao, todo lo más.

La pequeña preguntó a Montse por mí y, como si fuera de lo más normal, le contestó que viajaba sobre la estrella, junto a los Reyes Magos, hacia Belén, a adorar al niño, naturalmente. Miró incrédulamente a la estrella y allí me encontró; le sonreí y le prometí que esas navidades que jamás pude darle, esta vez sí, sí se las podía dar.

Sonrió y me regaló un feliz viaje.

Sorprendido por la normalidad de las palabras de mi hija, sentí una enorme paz que me permitió seguir cerca de Xapi en nuestra estrella, viajando hacia Belén.

Pronto, noté la presencia de otro acompañante en nuestra estrella, José. Sus palabras fueron de despedida.

– ¡David!, -comentó sonriéndome-, la Navidad es una manera de trasladar nuestros más sinceros deseos de felicidad a los demás, sintiéndonos niños, aún más niños.

Y aún me pidió una cosa más, la última.

– No busques explicación a la magia que en este cuento has encontrado, pues esa una magia que solo se puede explicar si se entiende que sale del deseo del corazón de cada uno. Con los sabios has aprendido la ilusión y el deseo; su único propósito es sentirse niños, como sus nietos.

Lo entendí. Los viejos sabios ven más cerca la muerte que la vida y eso les devolvía a una vida que creían extinta.

En el caso de Montse, el sueño fue sencillo de plasmar. Tanto ella como su hija, escondían los sentimientos de su corazón. Para ello, Montse solía utilizar el bienestar ajeno, siempre lógico para poder justificar su propio sufrimiento, tapándolo para hacer feliz a los demás. Ahora, Montse ha descubierto que, con un simple abrazo, es más fácil encontrar ese deseo de sentirse niña: amar y perdonar.

– Y tú David, debes descubrir que los sueños son posibles cuando se carece de dudas sobre uno mismo. Porque tu gran sueño, es, ni más ni menos, que dejar de retorcerte al observar que tu hija no tenía la Navidad que deseabas para ella. Lo que le enseñaste es el esfuerzo, el amor, el sacrificio, y sobre todo, a decir la verdad por muy niña que sea.

Extrañamente, percibí que todo lo que sentí en aquellos días estaba vivo en mí, y tal vez lo necesitara para recordar mi sueño. Mire por última vez el mágico bar: la magia de la Navidad se encuentra en cada uno de nuestros corazones. Escucha el tuyo.

Gracias a David Creus por esta maravillosa historia.

 

 

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