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Vestidos de Zombies. IV Capítulo

19 Nov

Por María del Pino (Córdoba)

Del III capítulo…

Todos corrieron salteando algún que otro muerto viviente que había por ahí desperdigado.

Por el camino, ella les contó que, Alexander Petrov, dueño de una importante clínica farmacéutica Rusa, había descubierto un nuevo eslabón en la genética de ADN humano. Uno que se encontraba como si fuese una fisura en la cadena. Ellos sabían que algo de eso estudiaron en biología, pero ninguno se acordaba de otra cosa que no fuese un dibujo de dos tiras enrollándose con palitos en medio.

La cuestión era que si rellenaban esa fisura, conseguirían la inmortalidad en los vivos y la resurrección en los muertos, devolviéndoles ya no la vida, sino la eternidad si no los mataban destrozándoles el cuerpo. Lo malo es que por un descuido, dos de esas bombonas de gas, donde tenían la fuente de la vida eterna, mutaron.

Cuando iban corriendo a mitad de camino, vieron que cada vez había más, por lo que se acercaron a una gran nave y apreciaron que se encontraba cerrada.

–Si está cerrada quiere decir que no hay nadie dentro, ni zombies –dijo Lucas.

Relato con música. Man In the Rain

 

IV Capítulo

Mientras él intentaba abrir esa, Pedro lo hacía con la nave contigua. Antonio se alejó un poco más para vigilar, y cuando al fin Pedro logró abrirla, un hombre histérico, que apareció de la nada, chocó contra Jaime, tirándolo así en un doloroso placaje.

Todos chillaron. Cuando se recompusieron, apreciaron que era el taxista. Le preguntaron qué hacía ahí cuando el aullido de Antonio les sacó del trance. Había muchos más zombies a su alrededor.

–¡Corred dentro! –exclamó Pedro mientras veía a Antonio encaramarse a un poster de la luz con esfuerzo y de ahí saltar a una de las ventanas de la nave en la que estaba más cerca. Los zombies lo tenían completamente rodeado.

–¡No te muevas de ahí y estarás a salvo! ¡Ellos a penas pueden moverse para caminar! –gritó la chica antes de entrar.

–¡Volveremos a por ti, tío! ¡Aguanta! –alegó Lucas.

Pedro y él se miraron hasta que éste entró el último. Antonio debía resistir, de pié y agarrado a la reja de una ventana, hasta que ellos volviesen a por él. No le quedaba otra si quería sobrevivir, pues toda esa cantidad de muertos vivientes estaba bajo sus pies –a una planta de distancia–, esperando con impaciencia a que bajase para devorar con sus sangrientos dientes las tripas de su pobre víctima.

Atoraron la puerta entre Pedro, Jaime y Lucas mientras la científica y Manolo buscaban los interruptores y el taxista se arrancaba unos cuantos de sus blancos cabellos.

–¿Qué hacemos? –preguntó Lucas cuando se encendieron las luces.

–Lo primero es mirar que no haya ninguna otra vía para entrar y descubrir de qué es el almacén.

–Es un almacén Moyano… –informó Jaime señalando los grandes y alargados pasillos llenos de gominolas, patatas, disfraces de Halloween, etc.

–Si nos quedamos aquí hasta que nos encuentren… Comida hay para sobrevivir… –al taxista le temblaban las manos.

–¡Debemos ir al tanatorio antes de que la plaga llegue a la ciudad en la mañana! –exclamó la chica.

–¡Todo esto es vuestra culpa! –la acusó Manolo.

De pronto, se miró y le mostró el brazo.

–¿Qué? ¿Me voy a convertir yo también en un chupacerebros?

–No seas idiota –se lo apartó ella de encima.

–En Resident Evil y en las demás pelis de zombies pasa así… –se alejó Lucas de él.

–Un mordisco no te transmite el cambio mutado del ADN. Ha sido el humo de la discoteca. Esos que ponen para crear ambiente… Se vé que nuestras bombonas de gas se confundieron con esas y… la fisura de sus ADNS se rellenó con el gen mutado… Si fuese sido una buena… Todos inmortales, pero ha sido el gen alterado…

–¿Y cómo es posible que se confundan con algo tan importante? –preguntó Pedro.

–Piensa que es un experimento secreto… Petrov debía transportarlas camufladas… Por eso, cuando quiso probar el experimento con el cadáver de su hija… –silenció un rato y luego continuó–. Se percataron de que el otro gas no era el bueno… Así que yo misma vine a la discoteca para evitar que lo esparcieran… Pero, pero… llegué tarde. Ya empezaron a transformarse…

–¿Y los mordidos? ¿Eh? Los que me mordieron ya habían sido medio comidos –preguntó Manolo pensando en el vampiro y en Frankenstein.

–Los que llegaron antes y lo respiraron antes, los atacaron.

–¿Cómo sobreviviste sola? ¿A ti no te afectó el gas?–preguntó Pedro.

–No hay tiempo para explicaros por qué el gas no me afecta, pero sí os diré que me encerré en la sala de música, con los djs, para explicárles lo ocurrido. Luego, al ver que la gente se empezaba a volver loca y atacaba, abrieron la puerta, salieron y los atacaron. Yo la atoré, y… al dar un paso hacia atrás, tropecé tontamente y me hice esta brecha en la cabeza, perdiendo así el conocimiento. Al escucharos desperté y bajé las escaleras, o más bien, rodé por ellas… ¡Debemos llegar al laboratorio! ¡Allí estaremos seguros!

–Sí, ¿les pedimos permiso? –preguntó Manolo muy malhumorado.

Tras un amargo rato de silencio, Pedro se giró hacia el taxista, el cual, permanecía arrinconado en el suelo, meciéndose hacia delante y hacia detrás como una hamaca.

–¿Y cómo es que usted sigue por aquí? –le tocó el hombro–. ¿Disculpe?

El hombre se encontraba traumatizado, por lo que vino la joven y lo examinó. Resultaba ser que era doctora, psicóloga y una superdotada cuya mente abarcaba la sabiduría de diversas materias.

–¡Vaya tía! –susurró Lucas a Jaime.

Cuando el taxista pudo hablar, contó que, justo en el momento en el que nos dejó, dobló una calle y un compañero le rogó que recogiera de urgencia a la hija, que decía que estaba justo ahí cerca. Él giró la calle y empezó a ver gente muy metida en el papel de zombie, incluso a muchachas que iban disfrazadas de enfermeras o diablas. Le pareció extraño, pero aun así, continuó. Aceleró un poco más al lado de la calle en la que ahora se hallaban y una chica que metía gritos se tiró a gran velocidad sobre su coche. Frenó en seco tras la colisión y bajó. Corrió hacia la chica, que iba vestida normal y observó que era la hija de su compañero. Fue al coche para coger el móvil y llamar a la ambulancia cuando vio que a ésta se le acercaba un joven, el cual imaginó por su proximidad al cuello que era el novio. Sin embargo, cuando ya se hallaba entre éstos y el coche, el chaval comenzó a devorarla mientras aún seguía ella con vida.

Él se asustó, y cuando se volteó, vio que muchos más como ése venían hacia él, por lo que estuvo corriendo, salteándolos, hasta que volvió cerca del lugar y topó con ellos.

–¡La he matado yo! –se lamentó.

–Ella se lanzó huyendo… Usted no es culpable, créame… –ella lo consoló.

Buscaron la única puerta que había que daba a la calle y la atoraron. La otra daba al almacén de carga y descarga. Ésta, aunque estaba cerrada con llave, también la atoraron al ver, tras los pequeños cristales redondos como los de barco, que no había ni un solo camión para emprender una huida.

Dieron vueltas durante dos horas más por todo el almacén. Incluso comían algo. Ya quedaba menos para amanecer y estaban desesperados. Pedro decidió dar un paseo entre la sección de chucherías. Se detuvo entre los palotes de azúcar y los normales. Hastiado, comenzó a arrancarse el latex de la cara a puro tirón y a refregarse todo el maquillaje.

–Si continúas así te harás daño… –ella lo sorprendió por detrás.

Él se dio media vuelta y apreció que ella ya no tenía sangre en la cabeza, pues se había limpiado.

–Da igual.

–Subamos arriba que hay un baño en el que puedes quitarte toda esa porquería…

Ambos subieron una pequeña escalinata que había al principio –a la izquierda nada más entrar–, mientras caminaban callados, metidos en el pánico y lo absurdo pensamiento de lo que estaba sucediendo a su alrededor.

Al abrir la puerta, ella encendió la luz. Vieron que era un pequeño despacho. Justo a la derecha, el servicio.

Mientras Pedro se peleaba con las protuberancias postizas de su piel, ella permanecía sentada intentando averiguar la contraseña del ordenador. En ese momento el cayó en la cuenta de que su blackberry tenía wifi, por lo que salió y se la cedió.

–Por cierto, no nos has dicho tu nombre. ¿Cómo te llamas?

–Sarah… –contestó mientras parecía enviar algún mensaje.

En ese instante, se escucharon unos disparos en la calle, por lo que se asomaron a la ventana y vieron cómo una Harley llegaba con un hombre vestido de Armani en tono plateado y un bonito sombrero a juego.

Dejó la moto y continuó disparando mientras se encaminaba hacia la puerta. Los dos se miraron y bajaron con rapidez. Ordenaron a los otros que abrieran y así hicieron. Pedro aprovechó la oportunidad para salir y pedirle al extraño un poco de ayuda para alejar de Antonio a los pocos zombies que quedaban por la zona. Sin embargo, cuando salió, con silla en mano y escoltado por Manolo, su sorpresa le embargó. No había apenas dos zombies y Antonio ya no estaba donde debía estar. Tan solo quedaba el lazo de su batín en el suelo. Una vez que este individuo entró –ordenándoles a ellos que lo hicieran antes que él–, la sellaron nuevamente.

 

 

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Una respuesta a “Vestidos de Zombies. IV Capítulo

  1. PETER MATHIUS

    19/11/2011 at 11:49

    😀 !!!!

     

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