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Vestidos de Zombies. V (y último) capítulo

26 Nov

Por María del Pino (Córdoba)

Del IV capítulo

En ese instante, se escucharon unos disparos en la calle, por lo que se asomaron a la ventana y vieron cómo una Harley llegaba con un hombre vestido de Armani en tono plateado y un bonito sombrero a juego.

Dejó la moto y continuó disparando mientras se encaminaba hacia la puerta. Los dos se miraron y bajaron con rapidez. Ordenaron a los otros que abrieran y así hicieron. Pedro aprovechó la oportunidad para salir y pedirle al extraño un poco de ayuda para alejar de Antonio a los pocos zombies que quedaban por la zona. Sin embargo, cuando salió, con silla en mano y escoltado por Manolo, su sorpresa le embargó. No había apenas dos zombies y Antonio ya no estaba donde debía estar. Tan solo quedaba el lazo de su batín en el suelo. Una vez que este individuo entró –ordenándoles a ellos que lo hicieran antes que él–, la sellaron nuevamente.

Relato con música. Only Time

 

V capítulo

–Sarah, he venido a por ti… –le dijo tras acercarle un aparato que pitaba chirriosamente.

–Sin ellos no… –alegó.

–Son una carga.

–¡Eh, tío! ¿De qué coño vas? –se le acercó Manolo muy enfadado.

Éste le agarró la mano y comenzó a torcésela mientras soltaba la extraña metralleta en el suelo.

–El señor Petrov me ha ordenado llevarte al laboratorio. Aquí corres peligro… –le susurró.

–Ellos nos acompañarán –sentenció.

Hubo un momento de pausa en el que el entrajado hombre contempló la situación tras haber soltado a Manolo.

–Necesitamos un transporte mayor… –alegó.

–Mi taxi está cerca… –habló el hombre mayor un poco más calmado.

–Ahora mismo hay pocos, parecen estar distraídos persiguiendo ratas o animales que hay por el polígono… –informó.

–¿El taxi estaba a una manzana girando a la izquierda? –preguntó Pedro.

–Mucho más cerca –respondió.

–¿Y si salimos por detrás y corremos hacia él? –cuestionó Lucas.

Todos asintieron, pero antes, decidieron aprovisionarse de toda la mercancía comestible que pudieran coger, por lo que cogieron grandes bolsas donde metieron patatas, gusanitos, bebida, etc y se las ataron al cuerpo.

–¿Y Antonio? –preguntó Jaime.

–No estaba… –dijo Pedro tragándose un nudo de su garganta.

–¿Cómo? –se alteró Lucas.

–Debió caerse, pues no estaba cuando salimos a por él… –explicó Manolo.

Los amigos vertieron alguna que otra lágrima en su honor y procuraron recuperarse para afrentar la carrera hasta el coche.

Armados con varas de hierro arrancadas de los estantes, salieron por patas cuando Ramón, que era como se llamaba el rescatador, dio la orden.

Golpearon a algunos por el camino. Sarah y Ramón parecían no cansarse nunca de correr, mientras que los cuatro amigos y el taxista cada vez aminoraban su velocidad.

De repente, el hombre mayor se detuvo. Todos lo hicieron con él mientras aparecían zombies al rededor muy gradualmente.

–¡Mi coche debía estar ya! ¡Allí es donde la atropellé! –señaló un paso de cebra que ya habían pasado.

Allí apreciaron, que a un lado, había un fuerte rastro de sangre. Era el de la hija de su amigo. Se pusieron nerviosos, ya incluso se veía algún varetazo en la cabeza a algún zombie a la vez que algunos disparos de Ramón.

Un chirrido les arrancó de la pelea que comenzaban. El taxi se dirigía hacia ellos. En él, Antonio iba al volante. Al frenar, abrió la otra puerta del copiloto y les ordenó entrar. Una vez todos, menos Ramón, dentro, cerraron.

El rescatador aseguró ir a por su moto y vernos allí en el laboratorio del tanatorio. Era una locura, pero salió corriendo y nadie pudo impedírselo.

–¡Arranca! –gritó Lucas viendo cómo un sin vida golpeaba su ventanilla.

Antonio dio marcha atrás, aplastando a unos cuantos de estos despojos y, de un volantazo, giró el coche y aceleró.

Ya iban más seguros aunque de cuando en cuando viesen algún zombie.

–¡Debemos ir a la ciudad y no perder el tiempo! –exclamó Manolo desde atrás.

–No, esto debe finalizar… –expuso Sarah encima de Jaime y Lucas que iban también en el asiento trasero junto al taxista.

Una vez llegaron al tanatorio, encontraron a más hombres con las mismas pistolas de Ramón. La diferencia era que éstos iban vestidos con cascos y artillería pesada, como los antidisturbios.

Les abrieron una puerta de un garaje y entraron. Más de uno suspiró de alivio al ver que los recibían estaban tan vivos como ellos.

Al bajar, un hombre de aspecto ruso, grande, ojos azules, bigote y con bata blanca corrió a abrazar a Sarah con una lágrima en los ojos. Tras unos cuantos gestos de cariño, ambos comenzaron a hablar en ruso durante un rato hasta que los miraron. Discutían sobre algo, y aunque no entendían de qué hablaban, ella parecía reñirle y pedirle algo a él.

Justo cuando el hombre fue a hablarles, apareció Ramón montando su moto. Se les acercó y el ruso les habló mientras tanto.

–Debéis perdonarme por la tragedia que ocasioné en vuestra ciudad debido a mi egoísmo. Yo tan sólo quería recuperar a mi hija… –agachó la cabeza con un poco de acento.

Empezaron a discutir otra vez, cuando de pronto, sonó una alarma.

–Mis hombres os escoltarán hasta las afueras. Debéis salir. Tras abandonar el recinto, tendréis solamente diez minutos para huir. Soltaremos una bomba que destruirá todo en este polígono.

Los ojos se les agrandaron a los muchachos y al taxista a la vez que sus corazones comenzaron a latir desenfrenados. Entretanto, unos hombres llenaron el depósito de gasolina, les metieron un paquete y una dirección de envío.

Una vez que estaban comenzando a montarse, Pedro le preguntó a Antonio en qué momento logró llegar hasta el taxi. Éste le respondió que fue justo cuando Ramón llegó disparando. Contó a sus amigos que él se percató de que había menos zombies prestándole atención y pudo bajar y huir dándole la vuelta a la manzana y salteándolos hasta que de casualidad dio con el taxi.

Se prepararon varios de esos hombres que parecían policías en motos, entre ellos, el impecable Ramón con una nueva pistola aún más voluminosa. Al verlo, los cinco amigos pensaron que Terminator y él causaban la misma sensación aunque éste aparentemente fuera un hombre normal y elegante. Sarah se acercó a Pedro por la ventanilla y le ofreció un portátil.

–Venga, Sarah, monta –dijo Lucas con la cabeza un poco doblada por estar encima del taxista mientras Pedro agarraba el portátil.

–Yo he de quedarme… –sonrió.

–¿Cómo? ¡Anda, mujer! Aquí cabes. Yo encantado de llevarte aunque te haya gruñido… –añadió Manolo.

–Cuando vayáis casi a mitad de camino, abrid el portátil, hablaremos…

–Señorita Petrov, su padre la llama, vamos a abrir ya las compuertas –interrumpió un hombre con acento ruso.

Ella se giró sin decirles más nada y los despidió con la mano mientras caminaba de espaldas. Se metió por un ascensor y los miró. En la mente de Pedro y en la de todos permaneció la imagen de Sarah muerta por la bomba. Los pelos se les pusieron de punta a todos los del coche a la vez que vieron que Ramón –que estaba delante–, tenía una cicatriz en el cuello.

Como acto reflejo, al abrirse la puerta, Antonio apretó el acelerador y salieron disparados con las motos detrás. Había demasiados zombies ya. Más o menos las personas que cabrían en una nave discotequera.

Empezaron a disparar y a abrirles el paso. Entre volantazo y volantazo, ya llevaban medio camino y aún les quedaban unos cinco o seis minutos para que soltaran la supuesta bomba. Pedro abrió el portátil y vieron al ruso: Alexander Petrov.

Parecía una película de ciencia ficción. El y Sarah parecían estar aplicándole algo a un cadáver, pues por lo que decían, era el experimento “Resurection”. Cuando éste cuerpo se puso de pié, apreciaron que era nada más y nada menos que Ramón. Sarah concluyó acercándose a la cámara y diciendo que el experimento de cuello decapitado había cobrado vida y recordaba todo lo que fue.

De pronto, en el video parecían ir pasando los días hasta que llegó Sarah al laboratorio y estalló una máquina, clavándosele varios hierros en el corazón. Muerta. Ella era la hija fallecida de Alexander Petrov.

Sus caras palidecieron y el conductor se estrelló contra una de las motos, provocándose así la caída al motorista. Miraron atrás después de haberle pasado por encima con tres ruedas del coche y comprobaron que se levantó como si no le hubiese pasado nada. Tras eso, continuaron viendo el video y aparecía Sarah en directo. Ellos no podían hablarle, no obstante, ella sí. Les contó que los experimentos de su padre debían concluir y que ellos eran los únicos humanos mortales de la zona sin contar a su padre, por lo que los escoltarían.

Ella se despidió de ellos y les pidió que entregaran el paquete a las autoridades junto al vídeo, pues lo que habían descubierto, sería destruido para que nadie más pudiese jugar a ser Dios.

Cuando alcanzaban la periferia, las motos se detuvieron, dejándolos solos. Se escuchó una explosión a la vez que se dejó de ver la hermosa cara de Sarah. Una honda de humo, gas y horror se expandió hacia ellos.

Antonio aceleró más, dejando así a todos los zombies e inmortales detrás, siendo destruidos, mientras el sol que aparecía por el horizonte, comenzaba a alumbrar sus pupilas. Ése día decidieron que jamás volverían a celebrar una fiesta extranjera…

 

 

 

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