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El juego (1r. capítulo) / Novelasxentregas

07 Ene

Una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) . Un relato con música. After Ventus

Sergio cerraba la puerta de la pequeña habitación que había en el interior de la sala en la que estaban reunidos, como cada viernes, los cuatro amigos participantes del juego. La sala, que en realidad era el garaje de su casa, no había sido elegida por casualidad, sino porque Sergio estaba separado, no tenía hijos ni novia fija, sólo amigas de fin de semana, por lo que la casa estaba siempre sola, sin alboroto de niños ni de ninguna persona que pudiera interrumpirlos en mitad de la partida. Por eso los viernes se reunían los cuatro amigos para jugar y distraerse de las tensiones de la semana; lo llevaban haciendo desde hacía varios años y nunca, bajo ninguna circunstancia, ninguno de ellos había faltado a la cita, y así esperaban seguir haciéndolo.

Cada uno de ellos tenía una vida, una familia, incluso distintos amigos, pero la noche de los viernes era suya, de los cuatro. Se reunían alrededor de la mesa y, si el juego había sido bueno, la diversión y las horas de conversación se hacían fascinantes y, además, se planificaba la jugada para la próxima semana, todo ello sin olvidar sus quehaceres diarios a lo largo de ella.

Tal vez para Sofía, eso era lo más interesante de todo, no sólo la reunión semanal y el propio juego, sino el preparativo en sí; ella trabajaba en una boutique de ropa, de alta costura, como le gustaba decir pomposamente, aunque en realidad era una franquicia de ropa de marca en el centro de la ciudad que regentaba desde hacía varios años con su socia. Estaba felizmente casada con un hombre, mayor que ella, banquero de profesión, y, aunque no tenía hijos, tampoco los echaba de menos; el futuro para ella era simplemente vivir el presente, todo lo demás ya vendría.

Realmente vestía siempre muy elegante, era atractiva y su larga melena de pelo oscuro junto a su cuerpo estilizado resaltaba una figura atrayente a la mayoría de hombres y, aunque los años no perdonan, mantenía el glamour que de joven sin duda había tenido. Sofía era una persona culta, hablaba varios idiomas con soltura y con su marido había recorrido medio mundo en cruceros de lujo, algo que acabó aborreciendo y, como algunas veces había insinuado, su boutique era un entretenimiento más que una necesidad, un punto de encuentro donde podía conocer mucha gente, y eso para el juego era muy interesante y la hacía una jugadora aventajada.

Sergio era un tipo alto, medía casi dos metros y en su juventud había aprovechado su envergadura para jugar a básquet en algunos equipos de la universidad donde estudió Económicas, trabajaba en una multinacional de alimentación como responsable del área de compras; un trabajo desquiciante según sus propias palabras, por lo que muchas veces se le notaba muy cansado y en alguna ocasión había dado una cabezadita en mitad de la partida, algo que sus compañeros de mesa le habían reprochado.

El tercer jugador se llamaba Luis, un joven de apenas treinta años, muy atractivo y con innumerables novias, tantas que en más de una ocasión había confundido el nombre y le había puesto en serios aprietos. Vestía siempre de manera informal con sus tejanos y camisas de marca y, en alguna ocasión, por motivos de trabajo estaba obligado a llevar corbata, algo que no le disgustaba, pero sí le incomodaba, sobre todo en verano; tenía una curiosa teoría sobre las corbatas y es que la mayoría de gente se las pone, no porque forme parte de su atuendo, sino simplemente porque su interlocutor también las lleva. Entró a jugar por pura casualidad, ya que era amigo y a la vez cliente de Sofía, o tal vez algo más, aunque eso nunca se ha podido probar, pero el resto de jugadores así lo pensaba. Trabajaba como agente comercial de una empresa de servicios informáticos desde hacía un par de años, justo cuando acabó la carrera, aunque sabía que ese no sería su trabajo definitivo.

Acabó la carrera de ingeniería tarde, muy tarde, ya que estuvo durante algunos años trabajando como modelo para una marca muy conocida de ropa internacional, pero cuando superó cierta edad, prescindieron de él y retomó sus estudios.

Por último, está Juanjo; en realidad se llamaba Juan José, pero ese nombre siempre le había parecido muy largo y prefería que sus amigos le llamaran simplemente Juanjo. Era policía local en la ciudad y en alguna ocasión había recibido llamadas en medio de la partida por culpa de alguna emergencia, aunque siempre se lo había montado para no tener servicio los viernes por la noche, incluso llegando a pagar las guardias a alguno de sus compañeros.

Rozaba los cincuenta años y, desde que entró como policía local, había visto de todo, desde suicidios, asesinatos, robos, engaños, y un largo etcétera de sucesos más o menos desagradables, lo típico, según comentaba él, en una ciudad como esta. Llevaba casado un montón de años, tenía dos hijos y su hijo mayor también era policía, pero por incompatibilidades estaba como policía nacional fuera de la región.

—¿Nos vamos? —preguntó Sofía dirigiéndose a Sergio.

—Sí, es un poco tarde y hoy la partida se ha alargado más de lo previsto

—le respondió mientras limpiaba el suelo con una escoba.

—¿Te ayudamos a limpiar esto? —preguntó Juanjo.

—No, no, mañana por la mañana lo acabo de limpiar todo, no os preocupéis —respondió Sergio.

—Vaya, ¿no tendrás amiguita mañana en casa? Porque, si es así, vengo a ayudarte —le dijo Luis en tono irónico, lo que dio pie a que se oyera un murmullo de risas en la sala.

—Habrá amiguita, pero será por la tarde y, tranquilo, no necesito ningún semental. Aprovecharé la mañana para limpiar el resto de lo que hemos dejado aquí, no os preocupéis —le respondió Sergio en tono burlón.

—Pues nada, que pases una buena noche —dijo Sofía haciéndolo extensivo a cada uno de los presentes.

Se dirigieron hacia la escalera que comunicaba el resto de la casa con el garaje y, justo antes de subir, Sergio les habló desde abajo:

—Recordad el juego, para la semana que viene nuestro personaje invitado ha de ser un gay, y que cojee —dijo con una amplia sonrisa, como recordándoles el reto.

—Sí, no te preocupes —le dijo Luis desde la escalera—. Cuídate muchacho.

Subieron la estrecha escalera que los condujo hasta el comedor de la casa y, uno tras otro, se pusieron sus respectivas chaquetas y salieron a la calle. No había ni un alma, pues ya eran casi las dos de la madrugada y cada uno de ellos se dirigió hacia donde tenía aparcado su coche, caminando calle abajo.

—El de la semana que viene no lo ganaré yo, seguro —dijo Sofía con resignación.

—Eso nunca se sabe, mujer. En el sitio menos esperado, surge la sorpresa.

—Intentaba consolarla Luis, pero en el fondo sabía que lo tenía difícil—. Además, estás en racha, ¿cuántos puntos llevas ya?

—Creo que con el de hoy ocho, ¿y vosotros? —preguntó deteniéndose a la altura de su nuevo coche.

—Yo llevo seis puntos —dijo orgulloso Luis.

—Pues vaya mierda, yo sólo llevo tres puntos —apuntó Juanjo—. Tengo que espabilarme, si no me quedaré muy descolgado y me volverá a tocar pagar la cena de fin de año, joder.

—Mira que tú lo tienes bien, cariño —le dijo Sofía coloquialmente—. Con tu trabajo no te resulta difícil encontrar invitados.

—El problema es que siempre voy acompañado —dijo mirándola.

—Entiendo —dijo Sofía, al tiempo que le daba al mando a distancia y las luces de los intermitentes parpadearon, dándole la bienvenida su flamante 4×4 Pathfinder de color negro.

—Vaya carro, nena —dijo Luis echándole un vistazo al coche—. ¿Te lo ha regalado tu marido?

—Sí, tiene una semana —dijo orgullosa.

—Los asientos traseros deben de ser muy cómodos —le espetó Luis con una sonrisa cómplice y un guiño de ojo dirigido a Juanjo.

—Sí, imagino que lo son; y los delanteros se pueden echar hacia atrás hasta una posición increíble —dijo Sofía subiendo al coche.

—Toma nota Luis —dijo Juanjo en tono paternal.

—Oye, si un día de te separas de tu marido, dile que yo lo quiero mucho—dijo Luis provocando unas sonrisas entre sus dos amigos.

—Venga, buenas noches y cuidaos mucho. Nos vemos la semana que viene —dijo Sofía antes de cerrar la puerta y, tras poner el coche en marcha, salió del aparcamiento en dirección a la ciudad.

Luis y Juanjo se quedaron solos en medio de la acera y empezó a llover; era la típica lluvia fina que parece que no te moja, pero que al rato se te han empapado hasta los calcetines de pisar charcos inoportunos. Se dirigían calle abajo hacia sus coches, echando un vistazo al negro cielo del que las nubes no dejaban ver ni una sola estrella.

—Va a hacer una noche de perros —dijo Luis.

—Sí, eso parece, y encima mañana tengo que trabajar —le espetó Juanjo.

—Yo dormiré hasta las diez, por lo menos. Luego me iré al gimnasio.

—Cojonudo chaval, aprovéchalo mientras puedas. Hace ya años que no piso un gimnasio.

Llegaron cada uno a su coche y, tras algunos comentarios sin sentido y algunas risas, se despidieron cordialmente; para ellos la noche del viernes ya había acabado y, hasta la próxima semana, la rutina y sus quehaceres dia rios volverían a ser la tónica de sus vidas y, muy posiblemente, ni se verían durante toda esa semana. Aunque los cuatro amigos residían en la misma ciudad, sus horarios, lugares de trabajo y ocio no coincidían casi nunca.

Pasó todo el fin de semana y, sin darse cuenta, todos empezaron a vivir el lunes con la rutina habitual; además no había ningún festivo en la semana con lo que les tocaría trabajar los cinco días. Sofía llegó a su boutique pasadas las ocho de la mañana; aunque no abría hasta las nueve, siempre llegaba la primera, pues acompañaba a su marido en el coche hasta la oficina del banco y este siempre abría a las ocho en punto, como todos los bancos.

Era una manera de ahorrar, argumentaba ella, ya que así sólo utilizaban un coche y la ciudad era un caos a primera hora, y más los lunes. Aparcaba su coche en la planta baja del mismo edificio que tenía su tienda y aprovechaba esa hora para desayunar en la acogedora granja que había justo en la esquina. No conocía a nadie, pero todas las caras siempre eran las mismas; debían de ser personas que trabajaban por los alrededores y, al igual que ella, antes de entrar, aprovechaban para tomar un café. A la única persona que solía saludar era a Laura, una preciosa joven de apenas una treintena de años que, desde hacía un par, regentaba aquel local y a la que, a veces, le había comentado que cogiera algún ayudante, porque a la hora punta de los cafés, no daba abasto para servir a la clientela. Alguna vez había visto a más de uno irse sin pagar entre el bullicio de la gente y el no dar abasto la pobre Laura detrás de la barra. Hoy le volvía a insistir.

—Laura, cuando puedas, un café con leche y alguna pasta, la que más rabia te dé —dijo gritando y moviendo los brazos desde detrás de una pareja que desayunaba pomposamente en la barra.

—Buenos días, Señora Sofía, marchando —dijo Laura mientras hacía varios cafés al mismo tiempo en la cafetera y preparaba los pequeños platos con un sobre de azúcar y una cucharilla.

—Hoy también está lleno esto, ¿eh? Cómo se nota que es lunes —le volvió a decir como dándole pie a iniciar una conversación.

—Pues sí, un poco, pero a mí ya me está bien —le dijo con una sonrisa.

Laura sirvió el café con leche a Sofía y le puso otro plato pequeño con dos donuts. Lo dejó todo sobre la barra justo entre dos personas que había apoyadas en la barra, dándose la espalda entre sí y dejando un pequeño hueco entre espalda y espalda por el que Sofía alcanzó a ponerse el azúcar, remover un poco con la cucharilla y, con mucho cuidado, llevarse la taza hasta la boca. Justo al devolver la taza a su posición inicial sobre el plato situado en la barra, uno de los dos hombre hizo un movimiento inesperado, rozando el brazo de Sofía, que derramó sobre la espalda del otro cliente parte del café con leche, al mismo tiempo que Sofía, previendo el altercado, hizo un gesto lastimoso con la cara. El hombre, al notar el calor del líquido derramado sobre parte de su espalda, se giró bruscamente.

—¡Perdón!, ¡perdón! —dijo Sofía—. Ha sido totalmente involuntario.

—¡Ostras, la americana! —dijo el hombre intentando mirarse la espalda.

—Lo siento muchísimo, el señor me ha tocado el brazo y no he podido evitarlo. Si quiere, nos acercamos a mi tienda, que está al lado mismo, y se la limpio.

—No se preocupe, tengo otra en mi despacho, estas cosas pasan —dijo amablemente el hombre.

—Por favor, insisto, vayamos a mi tienda y en cinco minutos le intento quitar la mancha. Laura —dijo dirigiéndose a la camarera que seguía haciendo cafés—, todo esto anótalo, que luego te lo pago.

continuará…

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