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El juego (2n. capítulo) / Novelasxentregas

15 Ene

El Juego, una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del primer capítulo

Laura sirvió el café con leche a Sofía y le puso otro plato pequeño con dos donuts. Lo dejó todo sobre la barra justo entre dos personas que había apoyadas en la barra, dándose la espalda entre sí y dejando un pequeño hueco entre espalda y espalda por el que Sofía alcanzó a ponerse el azúcar, remover un poco con la cucharilla y, con mucho cuidado, llevarse la taza hasta la boca. Justo al devolver la taza a su posición inicial sobre el plato situado en la barra, uno de los dos hombre hizo un movimiento inesperado, rozando el brazo de Sofía, que derramó sobre la espalda del otro cliente parte del café con leche, al mismo tiempo que Sofía, previendo el altercado, hizo un gesto lastimoso con la cara. El hombre, al notar el calor del líquido derramado sobre parte de su espalda, se giró bruscamente.

—¡Perdón!, ¡perdón! —dijo Sofía—. Ha sido totalmente involuntario.

—¡Ostras, la americana! —dijo el hombre intentando mirarse la espalda.

—Lo siento muchísimo, el señor me ha tocado el brazo y no he podido evitarlo. Si quiere, nos acercamos a mi tienda, que está al lado mismo, y se la limpio.

—No se preocupe, tengo otra en mi despacho, estas cosas pasan —dijo amablemente el hombre.

—Por favor, insisto, vayamos a mi tienda y en cinco minutos le intento quitar la mancha. Laura —dijo dirigiéndose a la camarera que seguía haciendo cafés—, todo esto anótalo, que luego te lo pago.

Un relato con música. La bella María de mi amor.

 

Segundo capítulo

Ante la insistencia de Sofía y las miradas de parte de la clientela de la pequeña granja, el hombre se limitó a seguirla con la americana sobre su brazo y a paso ligero, en camisa y corbata, se dirigieron hacia la boutique. Los escasos cincuenta metros que separaban la granja de la boutique fueron un continuo lamento por lo sucedido por parte de Sofía, con un sinfín de disculpas por su parte.

Una vez subió la persiana automática, entraron en la tienda y se dirigieron al almacén que había en la parte posterior del local, Sofía le pidió la americana y la puso en una especie de tabla que se solía usar para el planchado.

—Le pondré este quitamanchas que es infalible y no se preocupe, si no se llega a quitar la mancha y quedar como nueva, le compraré otra igual —dijo Sofía con un tono de culpabilidad que rozaba el sufrimiento.

—No se preocupe, es sólo una mancha —respondió el hombre.

—Sí, me preocupo, yo he sido la causante de esto y he de repararlo. Mejor aún, si lo desea, cómprese otra igual, donde usted quiera y yo se la pagaré

— No, por favor, no es para tanto, de verdad. Es muy amable por su parte. Mi compañero estaría encantado con usted, él es diseñador de ropa y por lo que veo usted también debe serlo —dijo.

—¡Vaya casualidad! Por cierto, me llamo Sofía —le dijo extendiéndole la mano.

—Yo soy Jorge, abogado. Tengo un despacho en la planta veintitrés.

Jorge era delgado, moreno, con el pelo rizado y una estatura normal, ni muy alto ni muy bajo. Tenía unos ojos marrones y una mirada penetrante. Parecía inteligente y extrovertido. Pero normalmente Sofía, debido a su experiencia en la vida, nunca se fiaba de las primeras impresiones y apariencias, aunque digan que es lo más importante al conocer a alguien.

—Vaya, pues no me suena haberte visto nunca por aquí. Espero que no vayas a demandarme —dijo Sofía lanzando una fina sonrisa.

—No, por Dios, ni mucho menos, seguramente perdería yo el juicio —dijo Jorge devolviéndole la sonrisa y contagiando la misma a Sofía.

—¿Así que tu compañero es diseñador también? —volvió a preguntar Sofía intentando mantener una conversación mientras frotaba fuertemente con el quitamanchas la americana de su nuevo interlocutor.

—Sí, vivimos juntos desde hace unos tres años y nos conocimos en uno de los juicios en el que mi cliente era su demandante.

—¡Vaya casualidad! —dijo, casi gritando.

Sofía estaba alucinando, nunca se había fumado un porro, pero supuso que aquello era lo que debía pasar. Había conocido el mismo lunes a un gay, algo que para su juego le daba ventaja, pues tenía toda la semana para conocerlo e intentar que le acompañara el próximo viernes a su partida.

—¿Casualidad? —preguntó Jorge desconcertado.

—Oh, sí, sí, quiero decir… —Intentó pensar algo y rápido—. Que mira que conocer a alguien en un juicio y luego ser tu pareja —dijo casi instintivamente e intentando disimular el nerviosismo y la excitación en la que se encontraba en aquellos momentos con una forzada sonrisa.

—Pues sí, debe ser casualidad. ¿Tú estás casada? —preguntó Jorge.

—Sí, estoy felizmente casada, dede hace muchos años, demasiados creo yo.

—Aha, yo también lo estuve, pero luego me di cuenta.

—¿Te diste cuenta?

—Bueno, quiero decir, que mi mujer ya no me atraía.

—Ya. Entiendo. Y, ¿buscaste una aventura?

—No, entonces conocí a Toni, mi actual pareja.

—Ah, claro, ya entiendo. Oh, no pasa nada, yo también tengo amigos como tú. —Sofía mintió, pero estaba improvisando.

—¿Como yo? ¿A qué te refieres? —preguntó Jorge.

—Oh, quiero decir… —Se dio cuenta de su metedura de pata—. Pues eso, que tengo amigos a los que también les gustan los hombres y no pasa nada, soy una mujer de mente abierta, del siglo XXI. —Forzó una sonrisa.

Tras estar unos minutos frotando la americana, la mancha se había diluido un poco, pero ni muchos menos había desaparecido.

—Se me empieza a hacer un poco tarde —dijo Jorge mirando su reloj—. Tendría que irme hacia el despacho.

—Sí, sí, claro. Voy a hacer una cosa, a mediodía, si te va bien, pásate por aquí, tendré solventado lo de tu americana, te lo aseguro.

—De acuerdo, pero no te apures, no pasa nada.

—Por favor, y acepta mis disculpas nuevamente.

—Bueno, me marcho. No te olvides de pagar el café —dijo con otra sonrisa.

—Claro, claro, no hay problema, no me olvidaré.

Jorge salió de la tienda y se marchó por donde había venido. Sofía se quedó pensativa, en su vida lo había visto, ni siquiera le sonaba su cara, pero ahí estaba lo que buscaba y lo tenía encima de su cabeza, justo en la planta veintitrés.

Juanjo había empezado el lunes muy temprano, tenía turno de mañana y, para colmo, se había incorporado un nuevo agente, con lo que le tocaba como compañero a él, ya que era el encargado de dar formación a los recién llegados. El nuevo agente era un joven atlético y musculado, pelo rubio y de enorme altura, debía medir casi dos metros.

Las pruebas de acceso cada vez eran más duras, por los muchos aspirantes, por lo que los nuevos que llegaban al cuerpo cada vez tenían más capacidad e intelecto, aunque había excepciones algunas veces. Después de tomar un café amargo en la cafetería de la comisaría, su nuevo compañero y él se dirigieron hacia el parking, cogieron el coche asignado y salieron hacia la zona sur de la ciudad; hoy darían una vuelta por el extrarradio de la ciudad.

Dejó conducir al novato, era la táctica que se solía hacer para que los muchachos se aprendieran los entresijos de las calles, ya que como copilotos se distraían con cualquier tontería que veían y luego no recordaban las rutas.

—¿Por qué te hiciste policía? Un tipo listo como tú y con una carrera recién acabada… —le preguntó para romper el monótono silencio.

—Por tradición, señor. Mi padre fue durante muchos años capitán de policía hasta que murió.

—Vaya, así que desde que naciste, ya sabías que ibas a ser policía —dijo sin aparatar la vista de la carretera.

—Más o menos, señor —le respondió el joven.

—¿Pues sabes?, no vale la pena, muchacho.

—¿No vale la pena?, ¿por qué señor? —le inquirió.

—Porque cuando llegas aquí, al mundo real, y sales de la academia, ves que lo que has aprendido no vale para nada.

—Disculpe, pero no le entiendo, señor.

Había iniciado un sin fin de conversaciones así con todos los nuevos y las respuestas eran idénticas. Más que una conversación intrascendente, era como un rutinario examen a los nuevos.

—Mira, te vas a jugar la vida en cada intervención y cuando por fin logres meter a un desalmado en la cárcel, antes de que acabes tu jornada, habrá salido por la puerta, eso si no te pega un tiro ‘accidentalmente’ y te manda al otro barrio.

—Bueno, pero ese no es un problema mío, será de los jueces en todo caso que aplican la ley y…

—Déjate de gilipolleces —le dijo cortándole la conversación—. Los jueces están en su casa durmiendo, mientras tú ahora mismo, a las siete de la mañana, te estás jugando la vida, y ese sí es un problema tuyo. Hazme caso, chaval, no vale la pena.

—Lo tendré en cuenta señor.

—Y otra cosa, chaval.

—Dígame, señor.

—¡Deja de llamarme ‘señor’ en cada frase, es más, no me digas nunca más señor! —le dijo mirándole a los ojos.

—De acuerdo.

El coche circulaba por la avenida hacia el sur de la ciudad y, por suerte, en dirección norte es donde se aglutinaba todo el tráfico de entrada hacia el centro, con lo que la caravana de coches se hacía interminable y ellos, aunque con alguna que otra parada por los semáforos, avanzaban a buen ritmo. El nuevo agente era escrupuloso con las normas de circulación, aminoraba la marcha en exceso en todos los cedas y stops, y si el semáforo se ponía en ámbar, detenía el vehículo; incluso circulaba por el carril derecho, sin adelantar a ningún otro coche, con lo que poco a poco Juanjo se iba poniendo nervioso, algo que el silencio en el que viajaban ayudaba a aumentarlo.

De pronto la radio del coche les informaba de que había una pequeña pelea dos calles más abajo, por lo que Juanjo contestó que se aproximaban hacía allí. Puso la sirena y las luces exteriores empezaron a funcionar iluminando todo a su paso.

—Vamos a ver cómo conduces —le dijo al novato.

—De acuerdo… señor. —Fue instintivo y se dio cuenta, el muchacho, mirando a Juanjo.

—No te pongas nervioso y déjame actuar a mí —dijo Juanjo mientras se ajustaba la gorra y cogía la porra reglamentaria introduciéndosela en el cinturón.

Llegaron en menos de un minuto al lugar del altercado. Era un pequeño bar donde varias personas estaban en el exterior, alrededor de dos jóvenes que estaban enzarzados en una pelea en el suelo. Uno de ellos llevaba una especie de puño americano e intentaba darle golpes al que estaba tirado en el suelo, con sangre, que escupía lastimosamente e intentaba devolver los golpes a su adversario, pero todos ellos se perdían en el aire. Detuvieron el coche en la puerta, en mitad de la calle, y bajaron los dos del coche. El novato seguía a Juanjo y le dejó actuar.

—¡A ver!, ¿qué pasa aquí? —gritó Juanjo a la multitud, que les abrió paso instintivamente hasta que vio a los dos jóvenes en el suelo.

—Se están matando entre ellos —dijo uno de los improvisados mirones mientras los dos jóvenes seguían golpeándose.

—¡Sepáralos! —indicó Juanjo al novato, que de inmediato agarró por los hombros al joven que estaba encima del otro y lo levantó medio metro del suelo sin apenas esfuerzo.

—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Juanjo al joven que quedaba en el suelo.

—Nada, joder. ¡Ese hijo de puta me quería robar! —gritó el joven, mientras escupía sangre de la boca.

—¡Es un jodido maricón! ¡Un pervertido! —gritó el otro joven.

—¡Venga poneos los dos contra la pared! —gritó Juanjo mientras ayudaba a incorporarse al joven. Al mismo tiempo, el novato le quitó el puño de hierro al otro joven, lo llevó hacia la pared con el brazo retorcido y empezó a registrarlo.

Continuará…

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