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El juego (3r. capítulo) / Novelasxentregas

21 Ene

El Juego, una novela por entregas de Alfonso Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del capítulo II

Llegaron en menos de un minuto al lugar del altercado. Era un pequeño bar donde varias personas estaban en el exterior, alrededor de dos jóvenes que estaban enzarzados en una pelea en el suelo. Uno de ellos llevaba una especie de puño americano e intentaba darle golpes al que estaba tirado en el suelo, con sangre, que escupía lastimosamente e intentaba devolver los golpes a su adversario, pero todos ellos se perdían en el aire. Detuvieron el coche en la puerta, en mitad de la calle, y bajaron los dos del coche. El novato seguía a Juanjo y le dejó actuar.

—¡A ver!, ¿qué pasa aquí? —gritó Juanjo a la multitud, que les abrió paso instintivamente hasta que vio a los dos jóvenes en el suelo.

—Se están matando entre ellos —dijo uno de los improvisados mirones mientras los dos jóvenes seguían golpeándose.

—¡Sepáralos! —indicó Juanjo al novato, que de inmediato agarró por los hombros al joven que estaba encima del otro y lo levantó medio metro del suelo sin apenas esfuerzo.

—¿Qué coño pasa aquí? —preguntó Juanjo al joven que quedaba en el suelo.

—Nada, joder. ¡Ese hijo de puta me quería robar! —gritó el joven, mientras escupía sangre de la boca.

—¡Es un jodido maricón! ¡Un pervertido! —gritó el otro joven.

—¡Venga poneos los dos contra la pared! —gritó Juanjo mientras ayudaba a incorporarse al joven. Al mismo tiempo, el novato le quitó el puño de hierro al otro joven, lo llevó hacia la pared con el brazo retorcido y empezó a registrarlo.

Una novela con música

Capítulo III

Después de que ambos fueran cacheados, Juanjo les pidió la documentación y mientras el agente novato se quedaba con ellos, Juanjo se dirigió al coche y llamó a su central para pedir información sobre los dos jóvenes. No estaban fichados, por lo que no había ninguna orden de detención contra ellos ni ningún antecedente. Había sido una simple pelea, posiblemente por robo o cualquier otra tontería, como decía uno de ellos, por lo que Juanjo no iba a perder más el tiempo. Se dirigió a ellos y al que llevaba el puño americano le dijo que se largara cagando hostias, como así hizo. Al otro joven, le pidió el número de teléfono por rutina y este se lo facilitó sin ninguna objeción, después le dijo que se fuera por el otro camino.

—Vamos a tomar un café —dijo Juanjo al novato.

—Voy a cerrar el coche —respondió el novato.

—Por Dios, es un coche de la policía, ¿crees que alguien lo va a robar?

Sin mediar más palabras, ambos entraron en el bar. Aunque eran más de las nueve y media de la mañana, el bar estaba casi desierto. Un par de clientes en la barra y el camarero, que estaba tras la barra. La tele estaba encendida y las noticias se iban narrando una a una con la monotonía insulsa de un presentador de continuidad.

—Buenos días. Dos cafés solos —dijo Juanjo.

—Marchando —respondió el camarero dándose media vuelta de cara a la cafetera.

—¿Conocías a esos dos? —preguntó Juanjo al camarero.

—A uno de ellos sí, es un afeminado del barrio, el otro no sé quién es, pero por la pinta que llevaba, algún sinvergüenza en busca de bronca.

—¿Estaban aquí dentro cuando empezó la pelea? —preguntó el joven novato.

—No —se limitó a responder el camarero mirándole a la cara.

Terminaron las preguntas y los cafés, pagó Juanjo, pese a la insistencia del novato en pagar él, y se dirigieron al coche aparcado en doble fila.

—Has estado bien —le dijo Juanjo.

—Gracias, era una pelea de juventud simplemente.

—Sí, supongo que sí.

—¿Por qué le ha pedido el teléfono al joven? —preguntó el novato. La pregunta incomodó a Juanjo, por lo que improvisó.

—Por si la cosa se complica, y dentro de unos días ves alguna noticia en el periódico, tenemos el móvil de la presunta víctima.

—Claro, aunque al pedir la información a central con la documentación quedan grabados los datos.

Vaya, ese punto se le escapó a Juanjo, pensó rápidamente y volvió a improvisar nuevamente.

—Eso es la teoría muchacho, en el mundo real las cosas son diferentes, ya lo verás con el tiempo.

—Claro —se limitó a contestar el novato poniendo la vista en la carretera nuevamente.

En la otra punta de la ciudad, donde se aglutinan los mayores edificios de oficinas, Luis llegaba a la puerta del edificio donde trabajaba, era el típico edificio donde todas las plantas eran oficinas de distintas empresas, grandes multinacionales, bufetes de abogados de prestigio, consultoras de negocios, oficinas de servicios y, como su empresa, consultoras tecnológicas.

Siempre había pensado que poner un pequeño bar en la esquina sería un negocio interesante y no entendía que, con los años que allí llevaba aquel edificio, no se le hubiera ocurrido a alguien. Normalmente, los lunes había reunión de trabajo para planificar la semana, y, como cada lunes, a los ocho de la mañana, el sueño hacía mella en su estado anímico, por lo que empezaba normalmente cabreado.

Antes de entrar, apuraba el cigarrillo en la puerta mientras observaba a todo el mundo con las prisas por la hora y el atasco monumental que había unos metros justo delante de él, en la amplia avenida que atravesaba la ciudad; tenía ocho carriles, cuatro en cada sentido, pero llena hasta los topes.

Siempre había pensado que no había solución para el tema del tráfico, aunque hubiera diez carriles en cada sentido, siempre irían llenos. Por suerte, él casi nunca cogía su coche para ir al trabajo, prefería levantarse antes e ir en metro y, si por cualquier motivo tenía que desplazarse a casa de algún cliente, cogía el coche de la empresa, por lo menos no le dolía el bolsillo.

Entró en el hall principal camino de los ascensores y el rutinario buenos días al conserje le salía sin esfuerzo, como a un autómata; a veces había pensado que para qué se necesitaba un conserje, si todo el mundo entraba y salía sin reparar en él y, con tanta gente, dudaba que el conserje preguntará a alguien adónde se dirigía o de dónde venía. Además, el nombre de todas las empresas y su ubicación exacta estaba en un inmenso tablero a la entrada, justo antes de llegar a los ascensores.

Llegó a la planta nueve, donde estaba su empresa, y entró camino de su despacho. En la entrada saludó a la secretaria, la telefonista que se encargaba prácticamente de todo lo relacionado con la oficina; hoy la encontró preciosa y la saludó con un visible guiño de ojo y un ‘cariño’ seguido al ‘buenos días’. Era una rubia escultural a la que en más de una ocasión se había llevado a su piso con la excusa de adelantar algún trabajo, pero que, en realidad, se lo había retrasado.

Su relación fue de interés mutuo, al principio Silvia, que así se llama en realidad, al enterarse de que Luis era modelo, le sedujo para que la introdujera en el mundillo de las pasarelas, pero tras un par de fracasos Silvia perdió el interés y su relación hacía tiempo que se había enfriado después de varios polvos, como decía Luis, sin compromiso.

Llegó a su despacho y, tras saludar a un par de compañeros recordándoles que se reunían en media hora, cerró la puerta, encendió su portátil y, mientras esperaba que arrancara su lento Windows, se fue a la máquina del café. De regreso, una vez introdujo su password y el sistema le permitió acceder a su correo, vio los mails que tenía. Tras borrar los correos spam, que ni abrió, leyó uno de su jefe directo que le indicaba una dirección Web para que la mirase, ya que era un posible cliente que visitaría esa misma semana.

Se trataba de una empresa textil y el proyecto era desarrollar una conexión con los módulos de fabricación que dicha empresa tenía en París. Después de acabarse el café y mirar todo su correo, revisó un par de carpetas con proyectos abiertos para ver su situación y abrió otra carpeta con el nombre del nuevo cliente, ya que seguro saldría en la reunión; con todo el material bajo el brazo se dirigió hacia la sala de reuniones, allí había otras cuatro personas.

Tras los saludos típicos y alguna que otra broma, llegó Santiago, el gerente de la empresa. Era un tipo de estatura media y mediana edad, algo gordo y con gafas, había montado la empresa junto a su cuñado, pero tras unos años se habían separado y ahora él era el máximo responsable; era un empresario nato, avispado para los negocios y con muchos contactos, llegaba el primero a la empresa y se iba el último, un trabajador incansable.

Empezaron revisando los proyectos que se iban a abordar durante la semana y si el cumplimento de cada uno de ellos era el adecuado o había alguna desviación digna de mención. Ante cualquier adversidad, quien tenía la última palabra era Santiago, aunque intentaba consensuar con cada responsable la mejor solución al problema.

Tras una hora larga de repasos le tocó el turno el Luis, expuso brevemente en qué trabajos estaba metido y su avance, después Santiago le expuso el nuevo proyecto y la mejor manera de encararlo, pidiendo la máxima colaboración con Luis, pues era el encargado de vender la idea y la forma de trabajar de la compañía al cliente y, lo más importante, los plazos de entrega del mismo.

—¿Te has mirado el mail que te he enviado? —le preguntó Santiago.

—Sí, no hay problema, he estado viendo también la Web.

—Como habrás visto, es un cliente que puede generar mucho negocio, el primer contacto es importante.

—Lo sé, creo que no habrá problema. Veremos qué es lo que quiere y, sobre todo, qué es lo que tiene instalado; a partir de ahí el abanico de posibilidades puede abrirse o cerrarse, según nos convenga.

—Perfecto, luego te acercas a mi despacho y te pasaré los datos de la persona de contacto, queda con ella esta misma semana sin falta.

—Ok —se limitó a decir, tras tomar algunas notas.

Luis era una persona que no sólo caía bien, sino que sabía de lo que hablaba en las reuniones. Antes había estado trabajando en la universidad en infinidad de proyectos informáticos, pero un día se aburrió de programar y dejó eso para otros. Su verdadero campo de trabajo, que le fascinaba aún más, era el de consultor. Aunque él más bien lo veía como vendedor de ideas. Tuvo que hacer varios cursos fuera, en Estados Unidos, pero fue la excusa perfecta para perfeccionar su inglés.

Tras acabar la reunión era ya casi mediodía, con lo que volvió a su despacho e intentó concentrarse en recabar información del nuevo cliente. Buscó en Google, en algún que otro buscador de Internet y, por último, se introdujo en una compañía de información financiera donde su consultora tenía una cuenta para buscar información de otras empresas.

En el inmenso listado de datos que le envió la compañía de información financiera, pudo ver las personas que formaban parte del consejo de administración, los proveedores más importantes, su facturación, los principales clientes y si tenía algún impago, ese último dato era muy importante para él. Luis era muy bueno buscando información con su portátil, sabía cómo buscar, dónde buscar y lo más importante, qué buscar, así cuando veía al cliente, tenía información privilegiada y era mucho mejor a la hora de entablar una negociación.

Después de imprimir alguna información interesante, según su punto de vista, lo guardó todo en una nueva carpeta y salió en dirección al despacho de Santiago; tras llamar a la puerta entró y, aunque su jefe estaba hablando por teléfono, le hizo gestos con la mano para que entrara y se sentara.

Esperó unos momentos a que acabase de hablar, mientras, se puso a contemplar el despacho: era sobrio y funcional, una gran ventana daba a la parte delantera del edificio donde se podía ver el trasiego de los automóviles que circulaban por el nudo de autopistas que entraban y salían de la gran urbe; contempló los títulos que tenía colgados en un lugar privilegiado, uno de ellos de la Academia Microsoft de Estados Unidos, algunas fotos de su mujer y sus hijos, y un eslogan que había en un lugar preferente: “Todo lo que no tiene solución no se soluciona, y lo que la tiene tampoco.”; le pareció patética, no obstante daba que pensar. El gerente dejó de hablar por teléfono y observó que Luis miraba la cita.

—¿Sabes de quién es esa cita? —le preguntó.

—No tengo ni idea y además me parece patética —dijo lo que pensaba, como casi siempre.

—Jajá, muy buena, la respuesta. Busca la frase en Internet, verás de quién es y te sorprenderá —le dijo.

—Lo haré, seguro. ¿Tienes el contacto de la nueva empresa? —le preguntó, mientras anotaba la frase en un folio.

—Sí, lo tengo por aquí, déjame mirar —respondió Santiago, mientras miraba los mails en su ordenador—. Aquí está, te reenvío el mail, allí vienen todos los datos. Mírate el contacto con cariño y, a la vez, con cautela; es una oportunidad para entrar en una empresa que tiene su sede central en París y podría ser interesante tener presencia en otro país.

—Es del ramo textil; por lo que he visto en la Web tiene muchísimas franquicias a nivel mundial y una treintena en nuestro país. Imagino que tendrán alguna fábrica aquí también.

—Creo que aquí se dedican al diseño de ropa y todo se fabrica en China y Taiwán, pero verifica ese dato. Aunque lo que sé es que el centro de decisión está en París.

—Perfecto, luego te llamo, te mantendré informado.

—Bien. Otra cosa Luis, te querría comentar un tema importante. Como sabrás hace ya años que colaboras aquí y, como habrás venido observando, por suerte, cada vez el negocio se va ampliando y llega un momento en que yo estoy trabajando muchísimo y empiezo a estar desbordado —dijo Santiago, mientras se ponía en pie.

—Sí, veo que trabajas mucho cada día —se limitó a decir Luis, esperando la continuación del discurso de Santiago.

—Durante algunos años, tuve la ayuda de mi cuñado Víctor —continuó relatando Santiago—, pero después de que se marchara, el peso de la compañía recayó en mí y le estoy dando vueltas a la idea de que necesitaría una persona que me ayudase a expandirme y quitarme de encima el día a día, para poder concentrarme en nuevos objetivos. ¿Me sigues?

—Más o menos. —Luis lo seguía sin duda.

—Pues bien, de todas las personas que he visto en la compañía, creo que tendrías cabida en este proyecto junto a mí y he pensado que tú podrías ser esa persona. Por supuesto, la parte económica, como es lógico, estaría acorde con la dedicación y al desempeño del nuevo cargo.

—Es interesante la propuesta, deja que la estudie unos días y la semana que viene lo volvemos a hablar, si te parece.

—Por supuesto, no me corre prisa por el momento, sólo quería que lo supieras y te lo pensaras.

—Bien —se limitó a decir levantándose de la silla.

Luis salió del despacho alucinando por lo que había oído; un lunes por la mañana y no le habían pasado un marrón como de costumbre, sino todo un ascenso. Empezaba bien la semana, pensó. Y no era sólo un ascenso, por lo que intuía, había la posibilidad de ser casi un socio. Se fue directo a la máquina de café, y mientras lo saboreaba, le daba vueltas a la conversación; él sabía que había gente bastante buena en la oficina para ese cargo y, posiblemente, Santiago había pensado en él porque el resto había rechazado la propuesta, pero también admitía la posibilidad de que él era el único con cualidades para el puesto. Esa duda, la despejaría con el tiempo, pensó.

De repente le sobrevino otra gran duda, si desempeñaba el cargo, eso quería decir más trabajo, más responsabilidad y, por lo tanto, más horas en la oficina, y entonces qué pasaría con los viernes. Ni quería ni podía dejar el juego a estas alturas, estaba comprometido y era parte del mismo, además no era decir, chicos mañana no vengo, buscad a otro, pues el juego era sólo de los cuatro, de nadie más, y estaba tan implicado como el que más. Por ello la decisión la tomaría en base a que los viernes debía plegar a una hora decente, como lo solía llamar él.

Ese lunes por la mañana, Sergio estaba cansado, había estado todo el sábado limpiando la casa y, por la tarde, quedó con una vieja amiga a la que tuvo que invitar a cenar y luego ir a tomar unas copas antes de poder llevársela a la cama, al menos así lo pensaba él. Al día siguiente, durante todo el domingo, se marchó a su segunda residencia, en la montaña, donde encontró la casa llena de agua por unas malditas goteras que, con la lluvia del sábado, habían anegado algunas habitaciones, por lo que el fin de semana había sido terriblemente cansado y prácticamente no había desconectado.

Para colmo, se tragó toda la caravana de coches de regreso hasta la ciudad. Ese lunes, Sergio estaba en el embudo de coches matutino que le llevaba a su oficina, aunque como responsable de compras, no tenía una hora de llegada por la que tenía que regirse; el llegar después de las nueve sin haber avisado anteriormente, hacía que su secretaria le llamase para saber dónde estaba, algo que le molestaba, ya que sin duda pensaba que era un control impuesto por la dirección.

Llevaba en la empresa más de quince años, había empezado como ayudante de un mando intermedio y su progresión había sido importante durante algún tiempo, pero sabía que ya había tocado techo, no esperaba mucho más en esa compañía, por lo que su trabajo había dejado de ser interesante y había pasado a ser pura rutina. Aparcó el coche en la planta baja, en su plaza reservada, como tenían todos los mandos intermedios de su empresa, y cogió el ascensor, pulsó sobre el número catorce y fue parando en cada planta en la que otros compañeros subían y bajaban del mismo a una velocidad vertiginosa; todo el mundo llevaba prisa.

Continuará…

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