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El juego (4t. capítulo) / Novelasxentregas

29 Ene

El Juego, una novela por entregas de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès)

Del segundo capítulo

Ese lunes por la mañana, Sergio estaba cansado, había estado todo el sábado limpiando la casa y, por la tarde, quedó con una vieja amiga a la que tuvo que invitar a cenar y luego ir a tomar unas copas antes de poder llevársela a la cama, al menos así lo pensaba él. Al día siguiente, durante todo el domingo, se marchó a su segunda residencia, en la montaña, donde encontró la casa llena de agua por unas malditas goteras que, con la lluvia del sábado, habían anegado algunas habitaciones, por lo que el fin de semana había sido terriblemente cansado y prácticamente no había desconectado.

Para colmo, se tragó toda la caravana de coches de regreso hasta la ciudad. Ese lunes, Sergio estaba en el embudo de coches matutino que le llevaba a su oficina, aunque como responsable de compras, no tenía una hora de llegada por la que tenía que regirse; el llegar después de las nueve sin haber avisado anteriormente, hacía que su secretaria le llamase para saber dónde estaba, algo que le molestaba, ya que sin duda pensaba que era un control impuesto por la dirección.

Llevaba en la empresa más de quince años, había empezado como ayudante de un mando intermedio y su progresión había sido importante durante algún tiempo, pero sabía que ya había tocado techo, no esperaba mucho más en esa compañía, por lo que su trabajo había dejado de ser interesante y había pasado a ser pura rutina. Aparcó el coche en la planta baja, en su plaza reservada, como tenían todos los mandos intermedios de su empresa, y cogió el ascensor, pulsó sobre el número catorce y fue parando en cada planta en la que otros compañeros subían y bajaban del mismo a una velocidad vertiginosa; todo el mundo llevaba prisa.

Un relato con su música

Capítulo cuarto

Solía conocer a los viejos del lugar, a los que solía saludar, pero no conocía a ninguno de los nuevos becarios y personal externo, y no era raro, ya que en el edificio había más de setecientas personas. Siempre había pensado que era imposible conocer a todo el mundo, a veces enviaba mails y copias de mails a gente que ni siquiera había visto, cada vez miraba quién era el responsable del departamento y a ese le enviaba el correo electrónico.

Le parecía increíble que la empresa funcionara, pero así era. La multinacional para la que trabajaba, se dedicaba a los seguros, ese era su ramo principal, pero había otras sociedades dependientes en las que tenía diversificado su negocio, como por ejemplo, la contratación de personal para ofrecer a terceros, así como grandes talleres de automóviles a los cuales se mandaba peritar y, en su caso, reparar la cantidad de siniestros que se producían en todo el país.

Llegó por fin a la planta catorce, enfiló por el pasillo donde a la izquierda quedaban los despachos de los responsables y a la derecha los de la mayoría de los empleados de cada área. Era una planta diáfana, muy grande, donde cada uno de los puestos estaba dividido entre sí por medio de una mampara, la mitad de madera y la otra mitad de vidrio transparente y bien iluminado. Unas amplias ventanas daban claridad pero tenía una vista pésima, donde se veían los otros edificios colindantes.

Era claustrofóbico, según su parecer, pero no menos que su despacho de unos escasos doce metros cuadrados y además sin ventanas. Nada más llegar, encendió su ordenador y se quitó la americana, aún no la había colgado en el perchero cuando apareció Rosa, su secretaria y se sentó.

—Buenos días, Sergio —le dijo.

—Buenos días, preciosa, ¿qué tenemos para hoy?

—Si empiezo por lo que no tienes, acabo antes —le dijo en tono irónico.

—Genial, o sea, que tengo tiempo de hacer un tetris —respondió Sergio de manera irónica mientras se sentaba frente a Rosa.

—Pues como no hayas jugado ya, no vas a jugar hoy.

—Joder, empezamos bien el lunes.

—A ver, a primera hora, tienes una reunión con el consejero delegado, quiere que le presentes las compras del último mes y además ordenadas por importe y si hay alguna que se sale del presupuesto. Después, a eso de las once, vendrán los de la empresa de impresoras, quieren hablar del tema del renting.

—¿Del renting? —preguntó —. ¿Eso no lo lleva Fede?

—Creo que sí —le respondió Rosa.

—Pues que vaya él.

—Él también irá. Pero quieren hablar contigo —dijo con voz parsimoniosa.

—No me jodas, si delego en Fede, él se encarga, que se lo diga así. Otra cosa.

—Bien —dijo Rosa, apuntando las decisiones que le decía Sergio—. El gran jefe quiere que vayas a comer con él a eso de las dos. No tengo ni idea de que se trata, sólo me ha dicho que vayas. Supongo que quiere presentarte un nuevo proveedor.

El gran jefe, era el director general, el que decidía qué se hacía en la compañía, cuándo y cómo. Y por supuesto, si la cagaba en sus decisiones, la culpa siempre era del subordinado que le asesoraba mal. Lo sabía por experiencia.

—Ya me has jodido el día —dijo Sergio.

—Pues aún falta lo mejor —dijo Rosa.

—Dispara —dijo Sergio, mientras revisaba su correo en el ordenador.

—A las tres y media vendrá el Sr. Gómez, de Industrias Gómez, con su hijo.

—Bueno, conozco al Sr. Gómez hace años. Es el proveedor de cocina, ¿no?

—Sí, pero vendrá con su hijo. Y me han dicho que es gay.

Sergio miró a Rosa perplejo. Empezó a atar cabos rápidamente y pensó en el juego.

—¿Qué es gay? Y, ¿cómo lo sabes? —le preguntó.

—Porque vino el otro día para hablar con el cocinero y se le veía a la legua la manera de hablar, gesticular y tocar el hombro del cocinero. Además, está bueno y, ya sabes, las mujeres sabemos cuándo un tío es gay. Imagino que querrás que vaya Fede, ¿no?

—Sí, será mejor que se encargue Fede. En todo caso, a final de semana, que me llame su hijo si va a estar al frente del negocio, tendré que hablar con él.

—Se lo comentaré a Fede para que coja una tarjeta de su hijo.

—Bien —se limitó a decir Sergio.

—Bueno, pues eso es todo por hoy, baby —dijo Rosa, levantándose de la silla y con una sonrisa en la boca.

—Bien, hazme un favor, envíame un mail de las reuniones y sácame el listado que ha pedido el consejero.

—Ya lo he hecho; luego te envío los mails.

—Gracias Rosa, recuérdame que te suba el sueldo.

—Seguro —dijo saliendo del despacho.

Vaya, se quedó pensativo, las casualidades existen y, además, esta me la han puesto en bandeja. Quién me iba a decir el pasado viernes que dos días después iba a conocer a un gay y que, además, vendría a verme. Eso era lo que hacía interesante el juego, que se mezclaba con la vida rutinaria de cada uno de los participantes.

Sofía había salido a media mañana de su boutique en dirección a los grandes almacenes de la ciudad, no era la primera vez que se ausentaba y dejaba a su socia a cargo de la tienda, a veces había sido al revés y no pasaba nada, para eso eran socias, pensaba. A la americana de su nuevo amigo, a la que derramó el café con leche por la mañana, no le había conseguido quitar la mancha, por lo que decidió comprarle una nueva. Es más, no le iba a comprar una, sino dos. Era lo menos que podía hacer y, mientras, preparar el terreno para el viernes, que era su objetivo primordial.

Una de ellas la compraría lo más parecida a la original y la otra a su gusto, era una manera de darle una pequeña sorpresa por si se disgustaba. Sin embargo podía ser que esa americana hubiera sido un regalo y, en ese caso, ni con todo el oro del mundo podría reemplazarla, pero tenía que arriesgarse, no le quedaba otra alternativa. Llegó a los grandes almacenes, subió por las escaleras mecánicas hasta la octava planta y se dirigió a la sección de caballeros, pasó al lado de las corbatas y los calcetines, y llegó hasta la zona de pantalones y americanas. Algunos maniquís llevaban bonitos conjuntos y se acercó a uno de ellos; realmente el maniquí estaba vestido muy elegantemente, la camisa y la corbata a juego con un azul claro y la americana combinada con el pantalón con un color muy oscuro, sin llegar a ser negro.

Miró el precio y, aunque le pareció caro, no le importaba lo más mínimo, el dinero nunca había sido un problema, ni lo iba a ser ahora. El gran dilema que tenía Sofía era intentar encontrar una americana lo más parecida posible a la que tenía en su tienda. Era de color crema, muy clara, con unos botones totalmente planos de color marrón, muy claros, que casi pasaban desapercibidos. Incluso había llegado a pensar que los botones se los podría coser ella misma a mano, quitándoselos a la original. Total, diciéndole a Jorge que la mancha no la había logrado quitar y la tuvo que tirar, solucionaría el problema, pero luego pensó que, aunque le ayudara su socia a coserlos, se notaría y, además, no tenía tiempo para ello, por lo que había decidido comprar la americana y entregársela tal cual.

Se adentró en el pasillo en la que todas las americanas estaban clasificadas por marcas, aunque no se le había ocurrido mirar  de qué marca era la que había manchado, prefería buscar una igual en color y calidad, más que decantarse por una marca. Después de mirar y remirar muchísimas americanas, llegó a tener en la mano tres que eran muy similares; una de ellas, el color no era tan claro, pero los botones eran casi idénticos; las otras comprobó que la calidad dejaba mucho que desear, ya que el forro interior parecía que estaba cosido con muchas prisas y se notaban algunos puntos sin coger.

Al final se decidió por la primera, siempre había pensado que la mayoría de veces la primera prenda que coges es la que te llevas, si no, es de la que más te acuerdas, igual que con los novios. Y ella podía dar fe de eso último. Al fin tenía una de las que buscaba, se la colgó sobre el brazo y continuó la búsqueda de la segunda. Como la elegiría según sus gustos, pensó que sería rápido, sin embargo no sabía nada de Jorge, ni qué gustos tenía ni qué manías, ni si le gustaba llevar americana o sólo la utilizaba para su trabajo. Entonces se detuvo un momento, Jorge le había dicho que era abogado, con lo que la última idea la descartaba, siempre llevaba americana, al menos todos los abogados que conocía siempre la llevaban.

Era abril, así que rápidamente decidió que compraría una americana de sport de cara al verano. Se acercó a una dependienta y preguntó por la ropa de verano; una vez le indicó la sección, se dirigió con paso decidido y esta vez, sin mucho titubeo, cogió una americana, ahora sí, de marca. Una Massimo Dutti, al contrario que la otra más oscura y con unos botones a juego, a esta el color le daba una apariencia y sobriedad que le encantó.

Aunque Sofía en su boutique sólo tenía prendas de mujer, sabía ver la elegancia en cualquiera, ya fueran hombres o mujeres. Pagó en caja con su Visa Oro y se dirigió nuevamente a su tienda. Faltaba un cuarto de hora para la una de la tarde y una vez llegó, tuvo tiempo de atender algunas clientas que esperaban turno, no sin antes saludar nuevamente a su socia que le puso cara de pocos amigos por el trabajo acumulado desde su ausencia.

Ahora sólo le quedaba esperar a que llegara Jorge. Su socia se marchó, pasaba media hora de la una de la tarde y Sofía se quedó esperando. Mientras recogía y ordenaba las cosas tras el mostrador, por fin apareció Jorge.

—Buenas tardes, Sofía —dijo abriendo la puerta y en mangas de camisa y corbata.

—Hola, Jorge. Me alegro de verte.

—¿Pudiste arreglar la americana?

—Pues no, lamentablemente no. Lo siento muchísimo, la mancha no hubo manera de quitarla.

—Vaya, una lástima. Bueno, no te preocupes, esas cosas pasan —dijo Jorge con cara de resignación.

—Pero he hecho una cosa mejor. Te he comprado un par —dijo Sofía mostrándole la bolsa en la que estaban las nuevas americanas.

—Por Dios, no era necesario…

—¿Cómo que no era necesario? —le interrumpió—. Encima que te estropeo una americana, ¿no voy a hacer nada por resarcirlo? —Mientras sacaba de la bolsa las dos americanas y las extendía encima del mostrador— . Espero que te gusten.

—Oh, sí, pero… ¿por qué dos? No lo entiendo, y además son de muy buena calidad.

—Una es la más parecida que he encontrado a la tuya y la otra la he elegido a mi gusto. Si no te agradan, se pueden cambiar.

—No, no, es genial, tienes muy buen gusto —respondió Jorge con la cara iluminada y una sonrisa—. Ahora estoy yo en deuda contigo. ¿Quieres que comamos juntos?

—Vaya, hoy me va fatal, he quedado con mi marido, pero ¿qué te parece el viernes? O mejor aún, ¿quieres venir el próximo viernes a un juego que celebramos desde hace muchos años con unos amigos?

—¿Un juego? —preguntó Jorge.

—Sí, sé que suena muy precipitado, pero me has caído genial y además quisiera compensarte. Después podríamos ir a cenar.

—¿Y qué clase de juego es? —preguntó curiosamente.

—Oh, verás. Un amigo nuestro es muy, muy rico, tiene muchísimo dinero, y los viernes suele organizar un juego con personas de confianza, eso sí, y con mucha discreción.

—Pues no, la verdad, no suelo jugar. ¿Es una timba de póker?

—No, no, ni muchos menos, es un juego de preguntas y respuestas, pero los jugadores no arriesgan nada, sólo ganan.

—¿Y qué ganan? —preguntó cada vez más curioso.

—Mira, de entrada, seguro, tres mil euros por participar. —Sabía que el dinero acababa convenciendo a todo el mundo—. Pero claro, si no quieres, lo comprenderé, nos acabamos de conocer —dijo con aire de contrariedad muy disimulada.

—Vaya, pues es un juego interesante —dijo riendo Jorge—, ¿pero por qué me lo dices a mí?

—Mira, porque una de las condiciones del juego es conocer a una persona nueva para la próxima partida. Habrá sido el destino, ¿no crees?

—Sí, puede ser el destino. Lo de los tres mil euros es en serio, ¿no? — preguntó nuevamente mientras Sofía le respondía afirmativamente—. Pues no te prometo nada, pero, si no me surge ningún contratiempo, podemos vernos, luego te pago yo la cena y estaremos en paz. Lo anoto en mi agenda.

—Me parece perfecto —dijo Sofía con una sonrisa en sus labios—. Te dejo mi móvil. ¿Quedamos aquí a eso de las ocho el viernes?

—De acuerdo. —Mientras tecleaba el número en su móvil.

Tras recoger Jorge sus dos nuevas americanas y dándole las gracias muy cortésmente, salieron de la boutique y se despidieron en la puerta, tomando cada uno de ellos direcciones opuestas y con el comentario de encontrarse ahí mismo el próximo viernes. La cara de Sofía reflejaba una alegría inmensa que se vislumbraba en una dulce risa, sólo le había bastado un lunes para encontrar a su jugador. Otra partida ganada, pensaba ella, convencida de que la suerte le había sonreído.

A esa hora Juanjo solía buscar un lugar para comer; había pasado la mañana en la zona sur de la ciudad, donde estaba todo lleno de polígonos industriales e infinidad de camiones de gran tonelaje desfilaban por las anchas calles, que todas ellas se conocían por números en vez de por nombres.

La mañana no había sido complicada, ningún aviso grave; todo se resumía en un par de multas de coches mal aparcados, una llamada a la grúa para que retirara un vehículo averiado y dar apoyo logístico a los bomberos que se habían desplazado hasta una fábrica de las inmediaciones en la que había habido un conato de incendio, aunque cuando llegó sólo había visto humo, ni una sola llama.

Su nuevo compañero le caía bien, en sólo una mañana Juanjo sabía perfectamente qué futuro podían tener los novatos en una comisaría, tal vez por su experiencia en el cuerpo policial o por su intuición de ver cómo se desenvolvían en las tareas más triviales del día a día. Otra cosa es si sería un héroe, eso estaba aún por demostrar.

—Vamos a comer aquí, aparca donde puedas —dijo Juanjo sentado en el asiento del copiloto.

—¿Conoces el sitio? —le preguntó el novato.

—En veinte años de patearme la ciudad, ¿crees que no iba a conocer el sitio? Donde veas muchos camiones aparcados y un restaurante, siempre será un buen sitio. Recuérdalo.

—Lo tendré en cuenta —le dijo el novato, mirándole a la cara.

Aparcaron el coche casi en la puerta, en doble fila, paralelo a un coche rojo que parecía estar abandonado por el polvo que se acumulaba en él. La calle era muy ancha, por lo que no entorpecería el tráfico; además, ¿quién iba a multar un coche de policía?

—Aquí se come muy bien, es barato y el servicio es bueno, te gustará —dijo Juanjo.

—Perfecto —dijo el novato, entrando en el bar y quitándose la gorra.

Entraron en el restaurante, tenía una larga barra a mano izquierda y el local era una gran sala totalmente diáfana. Realmente era una nave industrial, pero que al principio de la construcción del polígono industrial de la ciudad, su dueño, Manuel, la compró, la restauró y empezó el negocio del restaurante, de eso hacía ya unos ocho años. Tenía cinco empleados sin contar a su hijo, que estaba normalmente tras la barra, y su esposa que, con una ayudante, era la encargada de cocinar diariamente los menús, tenía muy buena mano para la cocina y no sabía que haría sin ella en la cocina, pues encontrar un buen cocinero era tarea difícil.

La decoración de la sala era exigua, por no decir inexistente, ya que se limitaba a unas paredes casi desnudas, con una gran foto del polígono tomada hacía años desde un helicóptero y dos televisores planos muy grandes colgados en lugares estratégicos para que todos los comensales se entretuvieran mirando la programación, que para más desencanto no tenían dado el volumen, con lo que parecía que se mirase una ventana virtual en vez de televisores.

A esa hora, aún no había mucha gente, por eso Juanjo la elegía, era la hora en que todo estaba preparado y las colas y la aglomeración de gente no habían llegado; además, los platos del día estaban aún por empezar. Se sentaron en una de las mesas del fondo, para dos comensales. Manuel se acercó a ellos para tomar nota, siempre lo hacía personalmente con Juanjo, aunque el hijo de Manuel también estaba al frente del restaurante, existía ya una amistad de años entre Manuel y Juanjo.

—Buenas tardes, campeón —dijo Manuel —, ¿acabando la jornada?

—Sí, por hoy ya hemos cumplido, aunque aún nos falta la hora tonta. ¿Qué nos recomiendas?

—Hoy hay sopa de pescado de primero y chuletón al horno de segundo. Yo he comido eso, no te arrepentirás.

—Venga pues, uno para mí —dijo Juanjo.

—Yo también, lo mismo —dijo el novato.

Después de algunos comentarios y anécdotas entre Juanjo y Manuel, este se dirigió a la barra gritando en voz alta el pedido y dirigiéndose nuevamente a la mesa donde les sirvió una cerveza y agua para beber. El novato, y más su primer día de trabajo, llevaba a rajatabla lo de no beber mientras se está de servicio, algo que no gustó a Juanjo, pero lo comprendía, de hecho en su primer día de trabajo hizo lo mismo, pero no así ya el segundo. Estuvo unos momentos en silencio mirando la pantalla del televisor, pensando en el chico de la mañana, del que tenía el teléfono; posiblemente el viernes lo llamaría, pues era día de partida nuevamente.

Después de tantos años, el juego se había convertido en casi una obsesión, era, a veces, enfermizo y le daba vueltas durante toda la semana. La partida podía durar tanto horas como minutos, pero todo lo que conlleva el juego durante la semana era la verdadera adrenalina que generaba cada vez que cualquiera de los componentes lo pensaba. Al principio, recuerda que eran las típicas timbas de póker y cartas, e incluso Sergio los sorprendió un día con una ruleta que compró a través de Internet, pero las apuestas de dinero llegaron a cansar, por lo que decidieron dar un paso más y en eso estaban en la actualidad; fue un paso arriesgado, consensuado entre todos y aunque pareció una locura ya no tenía vuelta atrás para ninguno de los cuatro.

Luis había pasado la mañana contactando con el nuevo cliente y haciendo el seguimiento de otros proyectos, como el de la nueva Web de una importante entidad financiera, que era el más ambicioso que había asumido desde que entró a trabajar en esa compañía, no sólo por la envergadura y el prestigio que le podía dar, sino por la importante comisión que podía generar, así como el reconocimiento dentro de la compañía.

Él sabía que en el mundo del software lo importante era el resultado en la implementación de un programa, independientemente de cómo se llegase a él. También sabía que, en la actualidad, el sector estaba de capa caída porque no se valoraba el esfuerzo y el trabajo de algo virtual como es el software, aunque nadie podía vivir sin él, por ello decidió apostar más por consolidarse como consultor tecnológico que no como desarrollador. Después de varias llamadas a la compañía francesa, por fin, a última hora de la mañana había podido hablar con el responsable y había quedado para el próximo viernes por la tarde para conocerse, hacer una presentación de su compañía y ver los proyectos en los que podían colaborar.

En ese momento, sonó el teléfono, eran casi la una y media y Rosa le llamó para decirle si se apuntaba a comer. Normalmente bajaban a esa hora a uno de los bares que había en las proximidades de la zona de oficinas, pues si algo sobraba eran bares. Solían comer desde esa hora hasta las tres de la tarde aproximadamente. Aunque Luis vivía con sus padres y su hermano a unos quince kilómetros de casa, raramente comía en su casa, además llevaba tickets restaurante que la compañía les daba mensualmente, con lo que era una tontería desperdiciarlo.

Bajaron hasta la planta baja Rosa y otros dos compañeros, uno de ellos un joven programador de páginas Web que no llevaba más de un año en la compañía y el otro, un analista al que conocían desde hacía bastantes años.

—Dicen que hay un nuevo cliente —preguntó el joven analista.

—Sí, pero aún no es cliente, he de verlo el jueves —le dijo Luis, mientras caminaban hacía el bar donde solían comer cada día.

—¿De qué es la empresa? —dijo el programador.

—Del ramo textil, diseñadores creo o algo así —le respondió Luis.

—No vendas humo, tío, que luego he de ir yo —le dijo el analista.

—Joder, no vendo humo, pero es difícil entrar a veces con los clientes y hay que decir a casi todo que sí.

—Ya, ya, pero luego nos comemos el marrón nosotros y tú nunca estás para dar la cara.

—Joder tío, no seas bronca —le increpó Rosa—. Cada uno ha de hacer su trabajo lo mejor que puede, además estamos fuera de la oficina, no os quiero oír hablar de curro.

—Sabias palabras —dijo el joven programador.

—¿Qué hacéis el próximo viernes por la noche? —preguntó Rosa.

—Dormir —respondió el analista.

—¿Por? —preguntó Luis.

—Porque mi hermano y su grupo tocan en el polideportivo, tengo entradas —respondió Rosa, mientras llegaban al bar y se sentaban en la mesa de siempre.

—Vaya, ¿es el famoso de la familia? —preguntó el analista.

—Podría decirse que sí. Hace años que ensayan y tocan juntos. Además tocan bien —dijo Rosa.

—Pues yo no puedo ir, los viernes tengo compromiso —dijo Luis.

—¿Ah sí? y, ¿con quién, si puede saberse?

—Cosas mías —le respondió.

—¿Y no puedes invitarme un viernes? —preguntó con tono irónico.

—Podría, pero mejor de jugadora, no de invitada —le dijo mirándole a los ojos.

—Bueno eso decídelo tú.

—Un día lo hablamos, ¿te parece?

—Eso es un no —dijo el joven analista.

—Si tú lo dices… —dijo Luis.

—Bueno, es igual, si un día me invitas ya me lo dirás —dijo Rosa con cierto desaire e intentando zanjar la conversación.

Continuará…

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