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El juego (V capítulo) / Novelasxentregas

05 Feb

El Juego, de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del IV capítulo

Bajaron hasta la planta baja Rosa y otros dos compañeros, uno de ellos un joven programador de páginas Web que no llevaba más de un año en la compañía y el otro, un analista al que conocían desde hacía bastantes años.

—Dicen que hay un nuevo cliente —preguntó el joven analista.

—Sí, pero aún no es cliente, he de verlo el jueves —le dijo Luis, mientras caminaban hacía el bar donde solían comer cada día.

—¿De qué es la empresa? —dijo el programador.

—Del ramo textil, diseñadores creo o algo así —le respondió Luis.

—No vendas humo, tío, que luego he de ir yo —le dijo el analista.

—Joder, no vendo humo, pero es difícil entrar a veces con los clientes y hay que decir a casi todo que sí.

—Ya, ya, pero luego nos comemos el marrón nosotros y tú nunca estás para dar la cara.

—Joder tío, no seas bronca —le increpó Rosa—. Cada uno ha de hacer su trabajo lo mejor que puede, además estamos fuera de la oficina, no os quiero oír hablar de curro.

—Sabias palabras —dijo el joven programador.

—¿Qué hacéis el próximo viernes por la noche? —preguntó Rosa.

—Dormir —respondió el analista.

—¿Por? —preguntó Luis.

—Porque mi hermano y su grupo tocan en el polideportivo, tengo entradas —respondió Rosa, mientras llegaban al bar y se sentaban en la mesa de siempre.

—Vaya, ¿es el famoso de la familia? —preguntó el analista.

—Podría decirse que sí. Hace años que ensayan y tocan juntos. Además tocan bien —dijo Rosa.

—Pues yo no puedo ir, los viernes tengo compromiso —dijo Luis.

—¿Ah sí? y, ¿con quién, si puede saberse?

—Cosas mías —le respondió.

—¿Y no puedes invitarme un viernes? —preguntó con tono irónico.

—Podría, pero mejor de jugadora, no de invitada —le dijo mirándole a los ojos.

—Bueno eso decídelo tú.

—Un día lo hablamos, ¿te parece?

—Eso es un no —dijo el joven analista.

—Si tú lo dices… —dijo Luis.

—Bueno, es igual, si un día me invitas ya me lo dirás —dijo Rosa con cierto desaire e intentando zanjar la conversación.

Un relato con música

V capítulo

Luis no podía ni quería que nadie de su círculo de amigos más cercano entrase en el juego. Era muy complicado, sólo era para ellos cuatro, los que lo fundaron hacía más de dos años y, la primera partida, recuerda que fue un shock emocional importante, estuvo varios días sin dormir y lleno de remordimientos, pero siguieron jugando y hasta el día de hoy. Luego es más llevadero, se entra en la rutina y, tal como le dijo Juanjo en su día, una vez lo pruebas, ya no quieres dejarlo. Y así era para los cuatro jugadores.

Sergio pasó la mañana con la reunión del consejero delegado, que era uno de los hijos del gerente, tal como le había indicado Rosa a primera hora; estuvo hablando de los gastos que tendrían el próximo trimestre y la recomendación de mesurar los gastos al máximo y obtener más proveedores para las compras del día a día y así intentar rebajar los costes de las mismas.

Eran casi las dos de la tarde, Sergio cogió el teléfono y llamó a la secretaría del director general. Según Rosa, su secretaria, tenía que comer a mediodía con él por una reunión de trabajo; era habitual que el director general aprovechara la hora de la comida para reunirse con algunos directivos de la compañía, solían ser noticias buenas o malas, pero siempre se hablaba en esa hora de la comida con la Gerencia de la empresa. De hecho el cargo de responsable de compras lo supo tras una comida igual que esta hacía dos años atrás.

—Ana María, soy Sergio Valldeoira, de Compras, me han informado que tenía una comida con el señor Martí y quisiera saber a qué hora podríamos vernos —dijo Sergio a su interlocutora.

—Hola Sergio —le respondió—, de aquí a cinco minutos puedes subir.

—De acuerdo, ¿sabes quién asistirá? —preguntó.

—Creo que estaréis los dos solos.

El Gerente de la empresa era un hombre de unos sesenta años, aunque aparentaba menos, estaba muy vinculado a los seguros desde hacía muchos años, desde que heredó de su padre una pequeña correduría de seguros, que se fusionó, con los años, con una empresa inglesa. Tenía, por ese tiempo, una importante cartera de seguros que se hizo poco a poco llegando a ir puerta a puerta por la ciudad para captar los primeros clientes, para luego empezar a expandirse por las provincias más importantes de todo el país. Lo de la fusión de la compañía inglesa fue fundamental para su crecimiento y consolidación en el mercado. Si bien los hijos del Sr. Martí ocupaban todos ellos cargos de responsabilidad en la compañía, él era el que seguía llevando el mando de la empresa junto a sus socios ingleses, pero con el tiempo esa responsabilidad recaería en sus descendientes si las cosas no cambiaban.

La compañía de seguros, ya no sólo era la encargada de gestionar miles de pólizas todos los meses, sino que había ido absorbiendo otras compañías más pequeñas como estrategia de mercado para ser mas fuerte frente a las empresas rivales o como táctica para hacerse con el control de competidoras; en definitiva, que después de casi sesenta años, se había convertido en una de las mayores aseguradoras del país con tentáculos y diversificación en innumerables negocios e inversiones. Sergio cogió el ascensor hacia la planta ocho, que era la planta de gerencia, allí estaba el centro operacional, las secretarias de dirección, algunas salas de reuniones y videoconferencia, así como dos salas privadas y un pequeño comedor particular. Una vez se abrieron las puertas del ascensor, Sergio vio el acceso a la planta, una gran sala con una moqueta azul en la que, al fondo, había una gran mesa ocupada por Ana María, la secretaria personal del Sr. Martí, hacia donde se dirigió.

Una vez la secretaria avisó al gerente, le indicó a Sergio que entrase en la tercera puerta, que era la que daba acceso al comedor privado, y esperase. Entró en la sala y vio una mesa rectangular puesta para dos comensales, el sitio de presidencia de la mesa sería para el gerente y, a la derecha de él, otro cubierto que estaba reservado para él, esa intuición rápidamente la tuvo, era como un protocolo. Esperó de pie, se acercó a algunos cuadros que estaban en la pared para ver quién los firmaba y estuvo visualizando la sala.

Había una luz tenue en la que no se notaban las sombras de los objetos, pero mantenía la habitación muy bien iluminada, el suelo, al igual que la entrada, era de la misma moqueta de color azulado, había varios cuadros con vistas de paisajes intemporales en las paredes y un pequeño fluorescente dorado justo encima de cada uno de ellos que le daban una luz directa, una televisión plana de la marca SONY apagada y ocho sillas que rodeaban la mesa; se fijó en que las paredes eran móviles con lo que la sala podría convertirse en más espaciosa si la ocasión lo requería. No había ventanas, por lo que tampoco veía el sol y la luz era totalmente artificial, algo que no le gustó personalmente para un sitio destinado, como ahora, a comer, aunque sus razones habría, pensó. En ese instante, se abrió la puerta tras él y apareció el Sr. Martí. Vestía impecablemente, una americana y pantalón a juego de color gris muy claro, con una camisa azulada y corbata a juego. Tenía el pelo blanco, pero un aire jovial y una amplia sonrisa.

—Buenas tardes, amigo Sergio, ¿cómo está usted? —le dijo, mientras se acercaba y le estrechaba la mano.

—Buenas tardes Sr. Martí, muy bien gracias, y ¿usted? —le respondió Sergio, devolviéndole el saludo.

—Pues aquí estamos, amigo mío, luchando como cada día. Siéntese por favor, gracias por aceptar mi invitación para comer —le dijo muy cortésmente el Sr. Martí.

—Por favor, es un honor compartir mi tiempo con usted —le respondió muy educadamente, una frase que leyó en algún libro de modales a los que Sergio era muy aficionado. También sabía que, al principio de los discursos, reuniones o conversaciones, se haría algún chiste fácil para captar la atención y romper el hielo y, a la mitad de los mismos, otro para distender el ambiente y volver a captar la atención de los presentes.

—¿Qué tal el fin de semana? —le preguntó el Sr. Martí.

—Bien, tranquilo, fui a la montaña intentando desconectar de la ciudad.

—Ah, usted sí que sabe. Es genial pasar el día en la montaña, en contacto con la naturaleza. Lo que más me gusta a mí es que todo es muy espacioso, y el tiempo parece que pase más despacio, ¿no cree?

—Sí, en cierto modo, así es, pero hoy en día también empieza a estar saturado de gente todo, incluida la montaña.

—Pues nada, entonces lo que tiene que hacer, amigo Sergio, es salir a las afueras de la montaña —le dijo el gerente gesticulando con la mano y unas sonoras carcajadas.

—Sí, puede que tenga razón —respondió Sergio devolviendo la sonrisa. El chiste fácil, pensó para sus adentros.

Sirvieron la comida a los dos comensales entre charlas banales de historias y relatos superfluos con algún que otro cotilleo sobre alguna persona de la compañía, algo conocido por todos y ningún secreto ni compromiso personal con nadie. Tras el segundo plato, y mientras degustaban un exquisito pastel de manzana, el gerente empezó con el tema principal de la reunión, como lo calificaba Sergio.

—Amigo Sergio, después de todos estos años, habrá visto que la compañía se está expandiendo, no sólo a nivel nacional, sino que estamos ahora dirigiendo algunos proyectos de expansión hacia otros países, e incluso continentes, ya que nuestro plan más ambicioso de proyecto es desembarcar en Suramérica.

—Sí, he oído algo sobre ello a nivel de pasillo y máquina de café —argumentó Sergio.

—Pues esos rumores son ciertos. Nuestra idea es hacernos más grandes, más globales y llegar donde la competencia no llega, o llegará tarde; en una palabra, ser más competitivos y eso entra por tomar decisiones. Suelo usar una frase que a mí siempre me ha gustado: “Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente” —dijo el gerente con gran elocuencia y control de la situación, haciendo las pausas correctas y dándole el énfasis a cada palabra—. No recuerdo de quién es, pero búsquela un día en Internet, verá como lo encuentra.

—En una buena frase, ¿cuál es la decisión a tomar? —preguntó Sergio.

—Así me gusta, en los negocios hay que ser decidido y emprendedor. Nuestra compañía está muy satisfecha con su trabajo; en poco tiempo ha conseguido dar estabilidad al departamento, crear un muy buen ambiente de trabajo y, lo que es más importante, hemos visto reducir los costes de una manera significativa con una calidad impecable en las compras de la compañía, por lo que nuestra decisión de ponerle a usted al frente, en su día, fue acertada. Ahora le proponemos otro reto. Como sabrá, nuestros socios ingleses están apoyándonos en todas nuestras decisiones, así que me han propuesto que las compras estén centralizadas en un único lugar, un sitio estratégico y que a nivel mundial se realice un control exhaustivo no sólo de las compras nuestras, sino de las de todo el grupo. Por ello estamos planteando ubicar los departamentos de compras de cada una de las empresas que forman la compañía en Inglaterra.

—Entiendo —dijo Sergio, que no se esperaba una noticia como esta.

—Pero no sólo eso, sino que he propuesto que usted sea el corresponsable del departamento con ayuda de su homólogo en Inglaterra, Mr. Eric Connell, al que creo usted conoce.

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