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El juego (VI – y último- capítulo) / Novelasxentregas

12 Feb

El juego, de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Del V capítulo

Sirvieron la comida a los dos comensales entre charlas banales de historias y relatos superfluos con algún que otro cotilleo sobre alguna persona de la compañía, algo conocido por todos y ningún secreto ni compromiso personal con nadie. Tras el segundo plato, y mientras degustaban un exquisito pastel de manzana, el gerente empezó con el tema principal de la reunión, como lo calificaba Sergio.

—Amigo Sergio, después de todos estos años, habrá visto que la compañía se está expandiendo, no sólo a nivel nacional, sino que estamos ahora dirigiendo algunos proyectos de expansión hacia otros países, e incluso continentes, ya que nuestro plan más ambicioso de proyecto es desembarcar en Suramérica.

—Sí, he oído algo sobre ello a nivel de pasillo y máquina de café —argumentó Sergio.

—Pues esos rumores son ciertos. Nuestra idea es hacernos más grandes, más globales y llegar donde la competencia no llega, o llegará tarde; en una palabra, ser más competitivos y eso entra por tomar decisiones. Suelo usar una frase que a mí siempre me ha gustado: “Donde hay una empresa de éxito, alguien tomó alguna vez una decisión valiente” —dijo el gerente con gran elocuencia y control de la situación, haciendo las pausas correctas y dándole el énfasis a cada palabra—. No recuerdo de quién es, pero búsquela un día en Internet, verá como lo encuentra.

—En una buena frase, ¿cuál es la decisión a tomar? —preguntó Sergio.

—Así me gusta, en los negocios hay que ser decidido y emprendedor. Nuestra compañía está muy satisfecha con su trabajo; en poco tiempo ha conseguido dar estabilidad al departamento, crear un muy buen ambiente de trabajo y, lo que es más importante, hemos visto reducir los costes de una manera significativa con una calidad impecable en las compras de la compañía, por lo que nuestra decisión de ponerle a usted al frente, en su día, fue acertada. Ahora le proponemos otro reto. Como sabrá, nuestros socios ingleses están apoyándonos en todas nuestras decisiones, así que me han propuesto que las compras estén centralizadas en un único lugar, un sitio estratégico y que a nivel mundial se realice un control exhaustivo no sólo de las compras nuestras, sino de las de todo el grupo. Por ello estamos planteando ubicar los departamentos de compras de cada una de las empresas que forman la compañía en Inglaterra.

—Entiendo —dijo Sergio, que no se esperaba una noticia como esta.

—Pero no sólo eso, sino que he propuesto que usted sea el corresponsable del departamento con ayuda de su homólogo en Inglaterra, Mr. Eric Connell, al que creo usted conoce.

Un relato con música

VI (y último) capítulo

Efectivamente, Sergio conocía a su homólogo en Inglaterra de algunas convenciones internacionales en las que habían coincidido, era un tipo afable, muy raro, como todos los ingleses y el ir a su terreno, no era un punto a favor de Sergio, sino más bien al contrario. La noticia era mala, muy mala para Sergio, pues seguro que tendría que irse a trabajar a Inglaterra si quería seguir en la compañía. Y entonces, le vino a la mente el juego. Era muy difícil estar en Inglaterra y poder asistir al juego cada viernes, por lo que la encrucijada que se le planteaba era muy grande. El Sr. Martí prosiguió su discurso de mejoras, se lo propuso como un ascenso más en su carrera, que posiblemente lo era, pero Sergio ya no pudo concentrarse en la conversación, ni en el resto de la comida, ni siquiera en los cafés que siguieron a esta. Estuvo todo el rato como ausente, el juego le rondaba en la cabeza y respondía las preguntas como un autómata, absorto por completo en sus pensamientos.

El gerente posiblemente se dio cuenta de eso, por lo que rápidamente se despidieron y quedaron en que le daría una respuesta la próxima semana y que, si no lo aceptaba, no lo tomase como una exclusión, pero que se le intentaría buscar otra ubicación en la compañía. Pero eso Sergio intuía que no sería así. La decisión era: o lo tomaba o lo dejaba, con todas sus consecuencias; en otras palabras, o la compañía o el juego, esa era realmente la decisión importante.

Pasaron los días de esa semana con toda la rutina del mundo para los cua tro jugadores, nadie había conocido a ninguna persona interesante y que cumpliera los requisitos del pasado viernes a la que invitar, salvo los contactos que hicieron el lunes. Cada uno de ellos se enfrascó en los problemas cotidianos y entre sus trabajos y la falta de motivaciones especiales, dejaron que el tiempo hiciera su trabajo. Todos ellos estuvieron pensando en el juego, cada uno a su manera y, desde su punto de vista, llevaban algunos años jugando cada viernes y durante ese tiempo nadie en su círculo de amigos o familiares sabía exactamente de qué se trataba; tampoco era nada malo, pensaban, pues mucha gente suele quedar con amigos un día a la semana para hacer deporte o charlar tomando una copa, y ellos no eran una excepción.

Por fin llegó el viernes, eran las ocho y media, hora en la que se reunían en casa de Sergio. Todos ellos tenían la llave, podían entrar a medida que fueran llegando; eso fue una propuesta de Sergio, pues cada vez que alguien llegaba, tenía que subir desde el garaje, donde se encontraba casi siempre esperando, o en la otra punta de la casa. En alguna ocasión alguno de los jugadores había llamado a través del móvil desde la misma puerta para que subieran a abrirle y, por ello, decidió en su día darles una copia de la llave a cada uno, la única condición fue que sólo la utilizaran los viernes, ya que no quería que, sobre todo Luis, utilizaran su casa como pi cadero con sus innumerables amigas y ligues de fin de semana.

Sergio estaba en el garaje, sentado alrededor de la gran mesa con las cartas perfectamente ordenadas en una punta y jugueteando con los dados. Miraba la pizarra que había colgada en la pared donde tenían anotado en tiza la puntuación de las partidas.

Sofía tenía cinco cruces, Luis y Sergio seis y Juanjo tres. Eran las puntuaciones de las partidas ganadas ese último año y, al final del mismo, los tres perdedores pagaban una cena en el restaurante que el ganador eligiera y toda la juerga que se pudiera permitir durante esa noche. El pasado año había ganado él y la broma a sus amigos les había salido por casi seis mil euros; con lo que daba que pensar, aunque el dinero para ellos era lo de menos. A los pocos minutos llegó Luis, bajó las escaleras y saludó a Sergio con un apretón de manos mientras colgaba la chaqueta en el colgador.

—¿Qué tal campeón? —dijo después de dar las buenas noches.

—Jodido —se limitó a responder Sergio.

—Hoy no ganaremos tampoco, ¿no?

—No, seguro que no. He estado a punto, pero no he podido, con lo que se jodió la partida.

—Pues yo, ni a punto. Esta misma tarde me reuní con un cliente nuevo.

Además cumplía los requisitos, con lo que después de hablar con él e intentar invitarle a una copa, me dijo que hoy le era imposible, ya que su pareja había quedado con alguien para una fiesta sorpresa y quería acompañarlo.

—¿Su pareja? —preguntó Sergio.

—Sí, son dos tíos que viven juntos. ¿Qué tiene de extraño?

—Joder, nada, pero, ¿y si se presentan los dos hoy?

—No jodas, eso sería la hostia —dijo con una amplia sonrisa.

—Sí, diría que imposible. En una ciudad de casi dos millones de personas, ¿cuántas parejas de gays habrá? —preguntó Sergio.

—Bufff, la tira, seguro.

En ese momento, se escuchó como la puerta de madera que daba al garaje se abría. Era Juanjo, saludó desde arriba y comenzó a descender por la escalera. Se le notaba cansado.

—Buenas noches, señores —dijo desde el primer escalón.

—Hola, capitán —le saludó coloquialmente Sergio desde la mesa con una cerveza en la mano—. Veo que vienes más solo que la una.

—Pues sí, esta semana fatal, casi contacto con un candidato, lo llamo esta tarde y el muy cabrón me da plantón, ni se ha presentado, ni me ha devuelto las llamadas.

—Si es que la gente es muy informal —dijo Luis.

—Encima que casi le he salvado la vida de una paliza que le estaban dando, el muy hijo de puta me da plantón. Hay que joderse. —Mientras cogía una cerveza de la nevera y se dirigía a ver las puntuaciones en la pizarra.

—Aún vas primero, pero estamos apretados, ¿eh? —dijo Sergio mientras seguía jugando con los dados entre las manos.

—Muy, muy ajustados, creo que nunca hemos estado así. Eso demuestra que somos buenos —dijo Juanjo girándose a sus interlocutores.

—Cierto. Se retrasa Sofía. Eso es buena señal, ¿no?

Los tres amigos se miraron entre sí. Normalmente a las ocho y media quienes no llevaban acompañante, solían llegar puntuales y, si por alguna causa se retrasaban, se llamaba por teléfono para indicar el motivo. Pero sise retrasaba sin avisar sólo indicaba que estaba acompañada por alguien.

Las dudas se disiparían rápidamente, pues desde el garaje se oyó como se cerraba la puerta de la entrada. De repente se miraron los tres, estaba a punto de entrar Sofía. El aire podía cortarse, era uno de los momentos más excitantes de la partida, la llegada del concursante acompañado por uno de los jugadores, sobre todo si era último, como en esta ocasión.

Poco a poco, vieron como giraba el pomo de la puerta de madera que accedía al garaje, hasta que al final esta se abrió y apareció la figura de un hombre. Era Jorge, el abogado que el pasado lunes había conocido Sofía, bajó la escalera seguido por Sofía que dio las buenas noches desde la escalera e hizo las presentaciones oportunas a los demás asistentes. Iba vestido impecablemente y además llevaba una de las americanas que Sofía le había comprado el pasado lunes.

—¿Así que vosotros sois los jugadores de la partida que echáis cada viernes?, me ha comentado Sofía —dijo con voz pausada y serena.

—Efectivamente, nosotros somos —contestó Sergio.

—Pero no entiendo, ¿a qué jugáis exactamente?

—Oh, es un juego muy sencillo, nos gusta conocer personas y así ampliamos nuestro círculo de amigos —dijo Luis, mientras lo invitaba a sentarse.

—Ya entiendo, es como una cita a ciegas —dijo Jorge.

—Sí, exactamente —exclamó Juanjo—. Nos gusta ampliar nuestro círculo de amigos. Tú eres gay, ¿no? —le preguntó.

—Bueno, digamos que me atraen las personas que son cultas, inteligentes, amables y que además no me importa de qué sexo sean. Aunque últimamente vivo en pareja con otro hombre. ¿Pero eso forma parte del juego?

—Oh, no, no, la verdad es que por aquí han pasado todo tipo de amigos, médicos, profesores, informáticos, prostitutas, banqueros, incluso sacerdotes —decía Luis, mientras barajaba las cartas de la mesa con sus manos.

—¿Prostitutas? —dijo Jorge mirando a Sofía.

—Oh, sí. Verás, no nos limitamos a ninguna persona. En nuestra sociedad hay de todo y hemos de saber cuidar nuestras amistades, por ello, no queremos discriminar a nadie para ser amigos —dijo Sofía mientras tomaba asiento.

—Lo de los tres mil euros, ¿cómo se ganan? —preguntó curiosamente Jorge.

—Oh, eso es sencillo. Hacemos una serie de preguntas antes de formar parte de nuestro círculo de amistades y, si se contestan correctamente, pues ganas el premio.

—Vaya, ¿es como un trivial? —dijo Jorge cada vez más animado.

—Podríamos decir que sí —dijo Juanjo.

—¿Y sois muchos amigos?

—Pues yo diría que más de cien, en todo este tiempo —dijo Sofía.

—Más, Sofía, más —intervino Juanjo—. Yo creo que llegarán a casi doscientos.

—Doscientos amigos. ¡Qué bueno! Y, ¿dónde están? —preguntó Jorge.

—Para verlos hay que hacer un pequeño viaje, así los llegas a conocer a todos luego.

—¿Os reunís todos en un lugar en concreto? Jamás he oído nada semejante. ¿Y quién paga todo eso?

—Nosotros cuatro —dijo Juanjo, al tiempo que se levantaba de la mesa y daba vueltas sobre la mesa bajo la mirada de los tres jugadores.

—Pues vaya, debéis ser muy ricos entonces. Y, ¿adónde es el viaje exactamente?—preguntó Jorge.

—A la eternidad, imbécil —dijo Juanjo, al tiempo que disparaba dos tiros en la nuca de Jorge con su arma, a la que había incorporado el silenciador como hacían habitualmente; el cuerpo de Jorge, por los impactos, cayó hacia delante quedando apoyado encima de la mesa; la sangre brotaba por los dos orificios y poco a poco se expandía sobre la mesa.

Cuando la sangre llegó a la altura en que se encontraba Sofía, esta no pudo evitar tocarla con sus dedos y chuparse uno de ellos.

—Has estado genial —dijo Sofía a Juanjo.

—Tú también, cariño —le dijo.

—Otro punto para Sofía —dijo Sergio, mientras se levantaba y lo anotaba en la pizarra.

—¡Guau! —exclamó Sofía—. Estamos muy igualados todos; este año será muy ajustado —añadió mientras contemplada la pizarra.

—Las cartas están barajadas, señores —dijo Luis al tiempo que desplegaba doce cartas boca abajo sobre la mesa, sin que se mancharan por la sangre que brotaba aún de Jorge.

—¿Quién tira los dados? —preguntó Sergio.

—Yo, que he ganado —dijo Sofía.

Lanzó los dados y estos chocaron contra el cuerpo de Jorge, rebotando sobre la mesa. Los dos dados sumaban once puntos, un seis y un cinco. En ese momento, Luis empezó a contar tocando con sus dedos las cartas que había sobre la mesa en cada número hasta llegar al once. En ese momento le dio la vuelta a la carta. Era el as de copas y escrito en rotulador negro se podía leer “Empresario de éxito”.

—Las cartas han hablado. Para la próxima semana, este debe ser nuestro concursante. Suerte a todos —dijo Luis a los presentes.

Sergio lanzó una fina sonrisa, sin duda, tenía ventaja para el próximo viernes y tal vez no tenía que ir muy lejos de su oficina a buscar uno, justo hasta la octava planta de su compañía. Cada uno se dirigió a hacer, como de costumbre, la limpieza del garaje, mientras unos limpiaban la mesa y el suelo, los otros recogían el cuerpo de Jorge, llevándolo a rastras hasta la pequeña habitación.

Al día siguiente, Sergio, en su casa, haría una gran fogata y, como cada semana, enterraría las cenizas en el inmenso jardín que la rodeaba. Juanjo, en la comisaría, se encargaría de que el expediente del caso de desaparición tuviera un sinfín de pistas erróneas y dispersas, cayendo en el olvido de casos sin resolver, que la desaparición de esa persona pasara a engrosar la lista de estadísticas. Después, los cuatro amigos cenarían algo en el comedor tranquilamente y, si aún estaban excitados, subirían a la habitación donde el sexo y las fantasías los dejarían exhaustos hasta bien entrada la madrugada. Así eran las partidas que, cada viernes, cuatro buenos amigos realizaban desde hacía años; donde tenían una doble vida enmascarada y escondida en una sociedad en la que eran considerados, sencillamente, personas ejemplares.

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