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El autobús de Serrano ( ¿ para qué sirve un recuerdo?)

10 Mar

Y como decía Unamuno, “dejadme que siga con mis recuerdos, pues de ellos vivo, lo cual es lo mismo que vivir de esperanza, ya que quien no tiene pasado carece de futuro, y quien no ha hecho nada, no puede saber lo que va a hacer. Mi esperanza es la resurrección de mis recuerdos”.”. Un sencillo pero muy emotivo y sentido relato acerca de para qué sirve un recuerdo de las manos de Maria del Carmen Escriñá, de Madrid.

 

Me acuerdo del autobús y no del número que bajaba por Serrano cuando yo iba al colegio.

Era mi segundo colegio antes de que me mandaran interna fuera de España. Un colegio que no parecía colegio después de haber estado en las Irlandesas. Un chalet precioso que parecía una casa, con poco terreno de recreo pero lo suficiente para poder jugar. Clases espaciosas, con pocos alumnos y casi una enseñanza personalizada. Una curiosidad, era mixto, pero como no tenían permiso entonces, por lo visto, los dos únicos chicos que habían caído despistados por ahí los escondían cuando había se ejecutaba alguna inspección. Creo que han debido quedar marcados para toda su vida.

El uniforme era coqueto: falda azul marina con rayitas blancas, blusa blanca y jersey azul marino, “blazer” azul marino también, y una espantosa boina de lana trenzada azul con el borde igual que la falda. Esa boina había que ponérsela para salir cuando nos íbamos y nadie quería ponérsela. Una profesora se plantaba en la puerta y nos obligaba a calocárnosla hasta las cejas.

Era un problema porque el autobús que tomábamos para bajar por Serrano hasta Diego de León recogía antes a los alumnos del Maravillas y luego a los del Ramiro de Maeztu y, por supuesto, nadie quería estar con la gorrita puesta ante tal escenario.

¡Que autobús más divertido! Desde que nos subíamos hasta que llegábamos a la parada de destino todo eran miraditas, sonrisitas, risas tontas, papelitos que te llegaban a las manos sin saber cómo ni dónde ni de quién; “eres un bombón que le falta el papel de plata” Cuando el autobús frenaba había que agarrarse con fuerza para no acabar sentada en las rodillas de uno de aquellos chicos con carteras y ojos curiosos.

Esperábamos la hora del autobús como el acontecimiento del día, y la gorrita, nada más salir, iba en la cartera arrugada y prensada.

Me imagino que el conductor terminó en un psiquiátrico por efecto de los gritos y carreritas por el pasillo del trasto. Alguno sacaba un bocadillo y repartía trocitos entre todos, otros más atrevidos, intentaban un pellizquito con poco éxito, pues quedaban marcados para siempre jamás.

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