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El niños raro (2n capítulo)

25 Mar

¿Para qué sirven una planta, una semilla y una conversación con una mujer, quizás imaginaria, y que parece sacada de un cuento de hadas?. Donde radica la energía de cada uno. Por Rocío Sánchez Rivas, Sevilla. Con su música, por supuesto.

Del primer capítulo

La mujer acercó la mano y le mostró una semilla luminosa, parecida a una especie de luciérnaga, y le susurró al oído: -Toma este fruto de la vida, la verdad y la justicia, siémbralo donde otras personas no puedan dañarlo hasta que crezca, cuando dé su fruto cómelo y de ti emanará una gran sabiduría. El niño respondió: -Soy un niño raro, eso dicen todos de mí, no creo que sea posible poder cambiar eso. -Carlos, a veces es bueno ser “raro” o diferente para poder ser sabio, tu destino está escrito.

El niño se quedó pensativo, sin decir nada más se guardó la semilla y se arrodilló ante la mujer diciéndole: -Gracias, lo haré. Ella con una dulce sonrisa se alejó de él con música en cada uno de sus movimientos.

 

Segunda parte

Al llegar a su casa, Carlos pudo recordar que había podido hablar con esa mujer, y se alegró al comprobar que había hablado tan fácilmente con alguien. Se metió la mano en el bolsillo y sacó la semilla. Debía buscar el lugar apropiado para sembrarla sin ser visto por nadie. Al día siguiente lo haría. Esa noche durmió profundamente. En sus sueños vio de nuevo a la mujer señalando una casa abandonada cerca del pueblo. Él conocía ese lugar. ¡Sí!, sembraría allí la semilla.

Al amanecer, antes de que los habitantes de Esmeralda despertaran, fue a la casa abandonada, salto la verja y vio el lugar exacto donde tenía que sembrar la semilla, en un rincón donde no había ningún yerbajo.

Todos los días,  Carlos se dirigía a la casa para ver como crecía la planta. Siempre iba junto a su fiel amigo Rufo, que lo acompañaba con gusto moviendo el rabo donde quisiera ir, y agradecía cualquier caricia que su amo le regalara. En pocas semanas, de la pequeña semilla creció una planta de un color verde intenso, con débiles ramitas, de las cuales colgaban unos frutos parecido a las uvas negras, pero de inferior tamaño, con una textura blanda y esponjosa. No sabía cuándo tenía que comerlo, pero su instinto le decía que esperara. Pasaron varios días y volvió a soñar. Ya era la hora.

Miró a la planta delgada, pero repleta de frutos, cogió uno y se lo comió. El cuerpo le quemaba por dentro, quiso escupirla pero ya era tarde, el fruto germinaba en su ser, lo notaba, sentía su sangre hirviendo en las venas, el cuerpo lo tenía completamente entumecido. ¿Era todo producto de su imaginación? No, no, era insoportable, moriría. Pero no fue así, poco a poco se sentía mejor, aún respiraba jadeante, pero era otra persona, eso pensaba.

Al saltar la verja, de regreso a casa se cruzó con dos niños del pueblo, los que siempre se burlaban de él. El más alto le dijo:

-Hola niño raro. ¿Sabes decir hola, o eres tan torpe que no sabes pronunciar esa palabra?

Carlos, sin entender como salían esas palabras de su propia boca, le contestó:

-¿Cómo quieres que te diga hola, si tu saludo no será verdadero, sincero?. Es una burla hacia mi persona, que ni siquiera os habéis molestado en conocer.

Ahora era él quien había dejado sin palabras a los dos niños. Se alejó de ellos con gran satisfacción por lo que acababa de hacer.

Desde aquel día Carlos era otra persona, hablaba con todo el mundo, reía, hacía una vida normal como cualquier niño de su edad. Sus padres no daban crédito al cambio repentino de su hijo, se enorgullecían al ver lo sociable que se había vuelto con sus vecinos. El profesor de la escuela decía que sin duda Carlos, tenía un futuro brillante y estaba dotado con una gran inteligencia para poder ser en la vida lo que se propusiera.

Pasaron los años y fue el sucesor del Alcalde de Esmeralda. Era muy apreciado en el pueblo por su cercanía y amabilidad hacia las personas.

En las fiestas regionales organizó un evento de entrega de premios a la mejor cosecha del año, y estaba dando un discurso de agradecimiento cuando, a lo lejos pudo ver esa luz de antaño que le había cambiado la vida, en el mismo lugar donde la había visto por primera vez. Sentía gran curiosidad, quería volver a ver a la mujer de extraña belleza que tanto le había regalado. Al terminar su discurso se encaminó hacia el viejo olmo, en el mismo sitio, con el mismo aspecto, en todos esos años no había envejecido. Y allí estaba ella. Ahora la veía aún más radiante, desprendía luz por su rostro, por su ropa. Carlos dijo:

-Gracias buena mujer por haber hecho de mí lo que soy, el fruto mágico me dio todo lo que me faltaba en la vida.

Ella respondió:

-El fruto que comiste era la llave de la puerta cerrada en tu interior, lo que eres ahora salió de ti, te ayudé a tener confianza en ti mismo y que aflorara la persona con gran sabiduría que estaba oculta dentro de tu ser.

Carlos lo comprendió. Todos esos años había estado equivocado, pensaba que el fruto le había dado vida y sabiduría, pero no era así, era él quien tenía la sabiduría pero necesitaba un estímulo para sacarla a la luz.

Y la mujer siguió alejándose con música en sus pasos.

FIN

 

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Una respuesta a “El niños raro (2n capítulo)

  1. Peter Mathius

    25/03/2012 at 10:43

    Sensacional y “Reflexivo Final”, ¡¡¡ Felicidades !!!

     

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