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Archivos Mensuales: abril 2012

La bestia parda

¿Por qué escribo?, me preguntaron ayer. “Me gustaría decírtelo, pero no lo sé”, respondí ayer. Y no lo dije para no perder una virginidad que no tengo… Eso fue ayer.

En realidad, escribo para saber lo que me pasa, digo hoy. Me gustaría que me hablaras de ti para darte tu historia, no para apartarte de lo que no te quieras apartar.

Un relato de María del Pino, escritora de Córdoba.

 

La oscuridad del túnel sólo es rota por el sonido que me ha despertado en mitad del traqueteo en el que me hallo. De repente, me percato de que un rugido gutural ha comenzado a sonar a la misma vez que salimos hacia la luz. El basto sonido que pretende engullirme el alma procede de mi espalda. Dudo si mirar o no. Me da miedo ver la cara, o las fauces, de la fiera que dormita tras de mí.

Suspiro, saco fuerzas y volteo lentamente la cabeza. Me sorprendo al contemplar a semejante bestia parda con su enorme boca abierta. No quiero mirar mucho, pero podría decir que la saliva cuelga de su boca como si no le importase mi mirada. Y la verdad es que dudo incluso que lo sepa…
A su lado se encuentra el cuerpo inerte e insonoro de una mujer, cuya cabeza no logro ver. Suspiro y vuelvo la vista al frente, imaginando que la fiera me succiona el cráneo.
Miro a mi lado y veo que mi amor tampoco logra conciliar el sueño. Ambos nos observamos a los ojos durante un buen rato mientras entrelazamos nuestros dedos con más fuerza. Entretanto, el estrepitoso y constante ronquido va en aumento…
«¡Dios mío! ¡Vaya señora! ¡Cómo ronca!», exclamo en mi fuero interno, indignado, en mitad de este autobús de camino a Madrid.
 

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Relato breve de un (maravilloso) idiota

¿Quién sabe dónde el camino puede conducirnos?, sólo un idiota diría / ¿Quién sabe si nos encontraremos a lo largo del camino? / ¿Quién sabe dónde los vientos nos harán volar?, sólo un idiota diría / ¿Quién sabe si alguna vez alcanzaremos la orilla? / Sigue un son naciente con los ojos que sólo pueden mirar fijamente / ¿Qué tipo de fuego nos quemará allí?, sólo un idiota diría.

Hay situaciones y palabras que no merecen mayores explicaciones, como la música de Alan Parsons Project dedicada a un fantástico idiota que nos señala el camino. Un relato de David Creus, de Mollet del Vallès (Barcelona).

Contigo no siento dudas de querer compartir mi vida. Mirarte frente a frente permite a mi corazón palpitar con el embrujo de la vida eterna. Sólo pretendo que me acompañes por el sendero pasional de mi más simple y sincera existencia. Sólo deseo abrazarte con el convencimiento de que, en ese instante, te merezco.

Sí, amiga, te persigo, te pretendo. Necesito saciarme de tu esencia mientras te busco detrás de la sombras de mi soledad. Compañeros de viaje o no, te buscaré en cada rincón por donde transite. No dejaré de pensar en ti. 

Creo en ti, como una obsesión que fatiga, que duele. No importa, mereces que ponga mi vida en tus manos si te gozo un sólo instante. Preséntate sin miedo, abusa de mi tiempo si pedir permiso, explota mis recuerdos y, ante todo, no olvides que te necesito, te necesitamos. 

A ti, felicidad, no abandones el mundo por incomprensión.

 

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¡ Imagina !

Albert Einstein dijo una vez: “la imaginación es más importante que el conocimiento. El conocimiento es limitado, la imaginación rodea al mundo”. Muchos ven cosas y se preguntan ¿por qué?. Yo busco cosas que aún no han sido y me pregunto ¿por qué no?. ¿Por qué no? un mundo posible, un poco mejor, sólo un poco.

Martona VF, de Celrà (Girona), escribió estas tres líneas hace unos días. Las pudo escribir hace 500 años, o dentro de 500 años, pero siempre mantendrán su vigencia porque sigue siendo un derecho del ser humano imaginar, soñar, aspirar, anhelar… libertad, en definitiva. Con música y mucho gusto.

Obre el teu pot dels desitjos i deixal’s volar lliures.

Imagina per un moment que tant sols un és fes realitat…

Obre’ t a l’imaginació.

Abre tu frasco de los deseos y déjalos volar libres.

Imagina por un momento que tan sólo uno se hiciera realidad…

Ábrete a la imaginación.

 

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Espiral de latidos

Como un poeta, soy un viajero, un trashumante hacedor de palabras, que lo mismo construyo un paisaje que distintas rutas hacia una búsqueda interior. Miro al mundo,  desde las ciudades del altiplano o las montañas. Evoco el recuerdo y convoco al mar, al amor, a los amigos y a todos los mundos posibles. Rose Kennedy dijo una vez, “los pájaros cantan tras la tormenta, ¿por qué no va a poder la gente deleitarse con la poca luz que les quede?.
Alma Ballesteros, Murcia, se ha situado en la línea curva que genera el mundo y que hace que la vida se aleje progresivamente del centro de las cosas para que gire alrededor de él, hasta alcanzar el vértice del tiempo. Sencillamente, precioso. Y con música.
Una espiral de latidos,
de esperanzas,
de suspiros.
Una espiral de ensueños,
sin fe,
desatando la duda en un minuto.
Una espiral de arena,
de olas de margaritas,
un sí y no de horas,
un no y un sí de años,
un te quiero abrazado al látigo…
de amoríos.
Una espiral sin línea de fuga,
sin paisaje,
sin la perspectiva nueva en un corazón mínimo,
un despertarse siempre con el hilo del pasado…
cosido al índice de un mañana.
Una espiral de trabajo que no llega,
un cerrar los ojos y al abrirlos…
siempre en el mimo punto de partida.
“Reflexiones a lo alto del alma”, ALMA.
 

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Se busca líder (El quiosco del Café)

Un líder es, a mi juicio, aquel capaz de convertir una visión en realidad. A la espera de semejante y romántico milagro, no queremos gobiernos e instituciones con más marionetas, sino líderes que, de verdad, quieran gobernarnos. Líderes capaces de velar por nuestro sueño y que no conviertan las ciudades y pueblos en lugares donde nunca se duerme porque sus pobres necesitan todas las horas del día para conseguir su magro sustento. Líder es también aquel que, cuando cae un chaparrón, le presta el paraguas al prójimo o le dice la palabra adecuada, en el momento justo y el lugar acertado. Un artículo de la periodista Mercè Roura sobre una búsqueda, hoy en día más que necesaria, ¡urgente!.

 

El líder es alguien que escucha. No le asustan las ideas nuevas, es más, está dispuesto a abrir su mente a nuevos enfoques para encontrar otras soluciones que le puedan pasar por alto. El líder es alguien que sabe que si las cosas se hacen cada día de la misma forma es imposible ser creativo y alcanzar retos. El líder no grita porque no le hace falta. No causa temor, infunde respeto.

El líder se rodea de personas más inteligentes que él porque sabe que eso suma esfuerzo y talento. Sabe que debe adaptarse como un camaleón. Que hay momentos para integrarse en el paisaje y momentos para sobresalir. Es alguien con ideas claras y métodos claros pero dispuesto a hacer concesiones. Sabe sus límites pero está dispuesto a superarlos.

El líder es cauto y racionaliza pero al mismo tiempo valora las emociones y cómo sus actos afectan a las personas.

El líder sabe cuando hablar y cuando callar y siempre da la cara, aunque sea para recibir incomprensión o quejas.

El líder es sencillo, pero brilla.

El líder está dispuesto a tomar decisiones arriesgadas que no gusten… si las cree justas, incluso a riesgo de perder votos o prebendas. Sabe que quizá su liderazgo será valorado por la historia, no por sus contemporáneos.

El líder también tiene miedo, a veces mucho, pero se lo traga.Sabe cómo canalizarlo, como transformarlo en trabajo, en esfuerzo. Su miedo no es el de un cordero que espera manso su turno en el matadero, es el de una madre cinco minutos antes de dar a luz, cuando la ilusión y las ganas vencen al dolor y la incertidumbre.

Un líder usa las palabras, nunca de las come. No se cree mejor que nadie pero se respeta a sí mismo.

Se equivoca y lo admite. Fracasa y se levanta. Sabe que puede, piensa que puede. El líder no es ni duro ni blando, es resistente pero flexible.

El líder tranquiliza, actuá de bálsamo, hace de guía.

Se busca líder.

Razón : un pueblo demócrata y desesperado

Abstenerse aspirantes con ánimo de lucro.

 
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Publicado por en 19/04/2012 en el quiosco, la barra del café

 

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¿Para qué sirve un elefante? (carta al Rey)

Majestad, le escribo sobre una silla de oficina de cuatro ruedecitas con forro desgastado casi hasta la vergüenza, sobre un ordenador pagado a plazos y una conexión de módem USB que funciona según sopla el viento. No seré yo quien le diga que debe abdicar pues triste y frustante debe ser para un monarca tomar tamaña decisión tras una etapa, herencia de un dictador, que se inició, y prosiguió, entre más sombras que luces, según se ha descubierto recientemente.

Con todos los respetos, y sin ánimo de ofender, su aventura africana ha resultado más que un accidente. Seguramente, y desde un punto de vista criminal, no hubo dolo (intencionalidad o vicio del acto voluntario) en su acción. Sin embargo, emerge el ánimo culposo. Y la culpa queda y mancha.

Le digo esto porque, quizás, usted y su equipo de asesores deberían plantearse un cambio de las estrategias de comunicación, y ya de paso de sus aficiones y entretenimientos, no para salvar la cabeza, que en época de Robespierre hubiera rodado, sino para rehacer, cuanto menos, la maltrecha imagen personal y, por extensión, de la Casa Real española.

Hemos conocido por la prensa -primer error-, que sufrió un accidente mientras practicaba la caza de elefantes en una país llamado Botswana, un estado del sur de África conformado por territorios cuyos nombres evocan historietas de Tintín.

Majestad, para su conocimiento, debe saber que hay miles de personas, millones, que no son capaces de enfocar su futuro más allá del pasillo de su casa y, si acaso, de la calle del barrio donde residen, y cuya mayor aspiración radica en acabar el día y poder ofrecer a los suyos un plato y una cama, aunque también los hay que no tienen otra solución que dormir con el cielo como techo, buscando soluciones a sus males y déficits en alguna estrella o en el fondo de alguna botella.

Usted, rey de todos los habitantes de este país, es el primer interesado -o debiera serlo- en predicar con ejemplos que sirvan para dar ejemplos. Gracias a su accidentada aventura africana, ahora muchos ya saben dónde este recóndito lugar llamado Botswana pero de nada sirve semejante acontecimiento para salvar la trastabillada economía doméstica de miles, millones de ciudadanos.

Esta reflexión me conduce a otra, quizás más baladí dada la actual coyuntura económico-financiera del país, aunque no menos preocupante, tanto para su imagen como para el alicaído ánimo de millones de españoles. Le hablo del asunto de la caza. Usted, Majestad, tiene todo el derecho a emplear su tiempo libre como más le plazca, aunque debería explicar, por una cuestión de imagen, pues público es su cargo y pública es su figura, cómo se ha costeado el viaje.

Sin embargo, permítame indicarle que la práctica de la caza, en este caso de animales feroces, quizás en peligro de extinción, no es el entretenimiento más indicado, nunca, a mi parecer, y mucho menos en épocas de crisis. El elefante que, “graciosamente”, abatió sugiere signos de feudalismo, en este caso trasnochado y extemporáneo. Y se lo digo yo, que únicamente practico la caza – y aún así pido perdón por ello- de algún que otro “mosquito” que chupa mi sangre y altera “mi sueño”.

Fíjese, Majestad, para qué ha servido un elefante, en este caso muerto. Una figura de su renombre y proyección debería percibir la mofa, y también el escarnio (aún culposo) que su aventura ha levantado, en una nueva “bufonada”, según el parecer de muchos, de la Casa Real. Sepa que proliferan fotografías suyas, unas más logradas que otras, cazando toda suerte de animales salvajes, e incluso “disparando”, accidentalmente, por supuesto, al “niño Froilán”.

Le repito que no seré yo quien le diga si debe abdicar, pero no estaría de más una sincera y pública disculpa a todos aquellos ciudadanos que han sentido su aventura africana, desvelada por accidente, como una auténtica afrenta.

Y en estos días de obligado reposo le recomiendo que disfrute usted de una fantástica película, a mi parecer: ¿para qué sirve un oso?. Hágalo, por favor, sentado cómodamente en el sofá de su Palacio, lejos de cualquier arma -ya se sabe que las armas las carga el diablo pero las dispara el hombre- y, si es posible, haga que le sirvan la cinta legalmente. No la descargue ilegalmente por Internet, no vaya a ser que, en los próximos días, discutamos sobre ¿para qué sirve un oso después de haber matado un elefante en una accidentada aventura africana?.

Atentamente.

 

 

 

 

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En la estación (te espero)

El tren de las 8:35 ha llegado a su hora. Nunca llega a su hora. Quizás iba Dios en él. Esperaré. Qué importa, llevo media vida esperando. Dicen que las cosas buenas les pasa a los que esperan. La cuestión es ¿cuánto hay que esperar?. Espero que alguien me diga cosas que necesito escuchar. ¡Dios, ¿estás ahí?. ¿Merece la pena esperar?. ¿Qué derecho tenemos a esperar algo de los demás?.
Una poesía, con música, de Antonio Moya Garrido, de Murcia, sobre la espera, sobre saber esperar, sobre si debemos esperar.
Llegas sin esperanzas, con los trenes,
porque tal vez ignores en qué momento… ocurrirá la huida.
Traerás algo de hiel bajo tu pecho,
algo de almendra amarga en tu jornada.
Yo no te lo reprocho.
Vine pronto a esperarte a esta estación repleta de vaivenes
y sé que te han llovido dolores y ciudades para ser precavida.
Yo no te lo reprocho. Te espero.
Vine pronto a esperarte…
Todo se mezcla, todo:
viajeros, equipajes, vagones, golondrinas,
cafés, mozos, diarios, rostros, megafonía…, todo, todo se mezcla.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte.
Tal vez me veas distinto cuando bajes y pises las flores amarillas;
he sido fatigado por tristezas,
por abismos que al alma se ceñían,
por ruiseñores que apagaron su canto.
Tal vez me veas distinto
porque dejé escapar las primaveras,
y voy con la tez pálida por falta de caricias.
Pero es mayo.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte. En la estación, espero.
Estoy. Vine a esperarte.
Y en los largos cigarros de la espera
quisiera que llegases más ligera
sin ser cuestión de horarios ni de brújulas;
quisiera que arribases más liviana,
más sola de prejuicios, olvidándolo todo:
todo lo que se impuso a tu mirada,
todo lo que ignoraste en los laureles…
Y así, cuando me encuentres,
cuando dejes hermético el vagón
y sientan tu pisada los difuntos,
quiero que juegues a participarnos,
a cambiarnos palabras y apetitos,
a anochecernos bajo el sol de mayo.
Piénsame aquí: te espero.
Solo, con lo que llevo: te espero. Solo, con lo que traigo.
Yo no te lo reprocho. Te espero. Vine pronto a esperarte. En la estación, espero. Sol de mayo.
 

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