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La abuela y el 7

18 Ago

Os contaré una historia, la de la creación de una ginebra. No es, sin embargo, una crónica que se limite a la mezcla de unos líquidos para el placer del paladar humano. Es una historia que demuestra el poder de las ideas y de los sueños.

Tres amigos se reunieron en 1999 en Nothing Hill, el popular barrio situado al oeste de Londres, para hablar acerca de la receta ideal de la ginebra pues ninguna de las conocidas estaba a la altura de sus expectativas. Solamente pusieron una condición para desarrollar la mezcla: lograr la mejor ginegra del mundo sin limitaciones de ningún tipo, ni económicas ni materiales. Y fue así que se pusieron manos a la obra hasta que, tras la cata de diversas muestras, consiguieron el sueño, la número 7 era la perfecta.

El valor de las cosas no está en el tiempo que duren, sino en la intensidad con que sucedan. Por eso existen momentos inolvidables, cosas inexplicables y personas incomparables. Un breve relato, con música, de Pau Glez y Goyo Martínez (Barcelona).

 

Detuvieron el tiempo, donde el silencio olía a leña mojada y las tardes sonaban a esquilas y cantos de grillos. Era tranquilidad en estado puro. Rostros anclados en el pasado, pallozas de paja, estructuras con chimeneas humeantes y techos de pizarra.

Ángela, la abuela, mezclaba aromas y frutos herbáceos con el cuidado del cirujano. En sus manos, amor, mientras unos cuantos pájaros hacían equilibrios sobre los cables del tendido eléctrico, otras aves de plumaje críptico y costumbres esquivas emitían sonidos en secuencias de dos a seis cantos de bajo tono y largo alcance y los ciclos de vida se sucedían continuamente, tejiendo sólidas cadenas tróficas.

Sentían un sereno esplendor y descubrían que la humanidad puede coexistir en armonía con la naturaleza, así como las hormigas comparten con nosotros el dominio de la tierra.

La abuela calculó los ingredientes con los ojos de la experiencia: la medida justa de amor, el amor de toda la vida; unas gotitas de locura, la propia y maravillosa de un viejo con el ánimo aún joven, y, un twist de la obsesión, pese a los achaques.

Pronto, Ángela hirvió la mixtura a fuego lento para lograr un alambicado continuo, extrayendo suavemente los aromas, los aceites aromáticos y los compuestos de las bayas de enebro y los otros botánicos.  

Cataron la mezcla. En la nariz, hallaron una sinfonía de aromas notablemente ensamblados: notas dulces, apuntes florales, señales de alcohol. Aún seguían descubriendo matices cuando una diminuta ave se posó sobre una brillante flor anaranjada y miró fijamente su trompeta. Su lengua filiforme se proyectó desde su pico, fino como una aguja. Un rayo de sol reverberó en sus plumas iridiscentes. Y el color reflejado era tan deslumbrante como una gema colgando de una ventana al sol.

La abuela les invitó a llevar el líquido a la boca. En el paladar se desplegó otra sinfonía de aromas: notas críticas y florales, ninguna de ellas contrapuesta, y tonos de lavanda y terrosos proporcionados por las raíces de su fórmula. El alcohol, el justo, les daba unión y carácter.

El final era largo y muy agradable. Acostumbrados como estaban a moverse sin límites descubrían nuevas notas, acaso algún apunte amargo, nada sin embargo que les impidiese observar con curiosidad lo que acontecía en el mundo, a ras del suelo, con otras pretensiones. Se habían empeñado en observar las cosas desde arriba y cuanto más arriba, mejor y comprendieron que, a veces, mirar desde el suelo hacia arriba también es maravilloso.

Se interrogaron sobre la vida y sobre el momento en que se encontraba el mundo que habitaban. Concentraron pensamientos profundos acerca de la vida, asomados al abismo de la existencia, cuando unas notas de mandarina de ese infinito final del trago de la abuela les llegó, al mismo tiempo que unas ráfagas de un viento a favor inflaron sus velas. Era ese viento, ese momento, esa persona, casi inexplicables, que les renovó, pese a las trampas del tiempo.

Otros cítricos en la boca y en la nariz bendijeron la certidumbre de sentirse vivos, de sentirse bien. Con cada nota de la sinfonía de aromas descubrían las incontables posibilidades de ser que dormitaban en su interior como parte de un mundo con un notable grado de complejidad, también de suavidad.

Eran lo que hacían aquel día. Mañana, ya veríamos.

 

Este es un breve relato en torno a la historia de Martin Miller que el Café Romantic ha descubierto gracias al saber estar y disfrutar de cada momento de la vida de Pau Glez. Martin Miller es un experto en antigüedades de Londres y autor del libro “Miller’s Antique Price Guides“. Cuentan que una noche en su casa de Notting Hill, junto a dos amigos, mientras experimentaban con cócteles de ginebr, llegó a la conclusión de que ninguna de las ginebras estaba a la altura de sus expectativas. Es así que Miller decide no escatimar dinero y tiempo para crear su propia ginebra que, según los expertos, es una de las mejores del mundo. 

Los especialistas en la materia opinan que, para elaborar una gran ginebra, se necesitan buenos ingredientes y un excelente alambique. Martin Miller utiliza el  considerado como el “Rolls-Royce” de los alambiques, diseñado por John Dore en 1903 y conocido popularmente como “la abuela”, aunque su nombre oficial es Ángela, el nombre de la esposa de Dore.

“La abuela” aromatiza pequeños lotes de destilado con una mezcla patentada de los mejores productos botánicos y aromáticos.

Leemos que, tras la destilación, la mayoría de ginebras hechas en Londres (London gin) se mezclan con aguas de manantiales británicos. Pero Martin Miller quería una experiencia mejor y viajó con el destilado resultante casi 5.000 kilómetros hasta Islandia.

En Islandia, la futura ginebra se mezcla con aguas filtradas de un glaciar. Posiblemente una de las aguas más puras del planeta (hasta 10 veces más pura que otras afamadas aguas minerales). Martin Miller considera que el agua islandesa produce un sabor final suave, casi dulce. Tras el proceso, la mezcla resultante viaja de nuevo hasta un pequeño pueblo costero de Islandia llamado Borgarnes. Allí se completa el proceso con un final “misterioso”, al agregar una serie de ingredientes desconocidos. Ni siquiera el maestro destilador los conoce.

La receta de esta ginebra tiene ocho ingredientes conocidos: bayas de enebro de la Toscana, corteza de cassia, corteza de canela, cilantro, ralladura de limón, raíz de regaliz, nuez moscada y cáscara de naranja amarga.

 

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Una respuesta a “La abuela y el 7

  1. Cylthia CG

    18/08/2012 at 9:55

    Valioso relato…Acaso es un instructivo para la vida misma…

     

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