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Tras el muro (1a parte)

11 Sep

Por Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona) de su libro “Cuentos Cortos I”. Con música, sobre la imagen; Dire Straits, “Brothers in arms”

 

Esta es mi historia. Todo el mundo tiene una historia que contar y, si no la tiene, es que aun no la ha vivido. Pero yo soy de la opinión de que todo el mundo tiene cosas buenas que explicar y, por qué no decirlo, también cosas malas, algunas se pueden contar y otras es mejor no contarlas.

Alguien espléndido en su época dijo: “todo lo que se ignora se desprecia”. Yo voy a contar una historia que tal vez podría callarme, tal vez podría silenciarla, pero prefiero decir que, si esta es una de las historias que puedo contar, imaginad las que no puedo contar y que, por ende, será mejor despreciar.

Yo nunca he trabajado hasta la fecha, nunca he tenido un sitio donde ir cada día ni ninguna obligación más que la de contentar a mi estómago y a mi alma, soy lo que se suele decir un buscavidas. Aún hoy en día, todo el mundo me dice que tuve una infancia difícil y eso, quieras o no, te marca para siempre, aunque no es la excusa para contar mi historia, ni mucho menos.

Como buscavidas que soy, mi mejor escuela siempre ha sido la calle, aquí tengo a mis mejores amigos y también, por qué no decirlo, a mis mejores enemigos. Todos compartimos el mismo cielo, las mismas estrellas y vemos el mismo sol cada día.

No sé cómo empezó todo, pero sí sé cuándo fue la primera vez que me ocurrió. Aún hoy se me ponen los pelos de punta y un escalofrío recorre mi cuerpo; lo que se me antojaba como un don especial es hoy mi terrible destino al que me enfrento cada día.

Recuerdo que salí del portal de mi casa a última hora de la tarde, era una época en la que solía dormir de día y deambulaba por la noche, sobre todo en esa época del año, verano. Por eso intentaba que el sol no me calentara la cabeza, me produce jaqueca y me pone de un humor de perros.

Recuerdo como tomé la estrecha calle del casco antiguo de mi ciudad, la cual con una suave pendiente desemboca en la plaza, mi plaza, como yo la llamo; es el primer sitio que me encuentro para rebuscar en los contenedores de basuras algún manjar que llevarme a la boca o, en el peor de los casos, pedir en el restaurante las sobras del día anterior, que últimamente era lo más habitual. Todo el mundo en el barrio me conocía, no era amigo de nadie, sólo conocido de todo el mundo, incluso de la policía, pero esa era otra historia.

Seguí caminando ese atardecer calle arriba en dirección a las ramblas de la ciudad, allí el bullicio de la gente, sobre todo turistas, se notaba incluso a varias callejuelas antes de llegar, ya que la música y los entretenimientos llenaban el ambiente de melodías inconexas y sin sentido que parecían transportarte a otro mundo dentro de la gran ciudad.

Desemboqué justo en medio de la rambla, frente a la tienda de animales donde se arremolinaban los turistas ávidos por observar a los pájaros que con su cantar atraían a toda clase y curiosos. Un grupo de jóvenes contemplaba ensimismados las jaulas de loros, cacatúas y otros animales ‘exóticos’ según rezaba el cartel y en ese instante pude ver mi primer objetivo. Un bolso entreabierto de una de las jóvenes que, absorta por la curiosidad, tenía toda su atención puesta en reír las gracias de un loro al que intentaba entender qué palabras emitía su garganta.

Me acerqué con sigilo, sin llamar la atención y casi sin respirar, deteniéndome justo detrás de ella, deslicé mi hábil brazo por el interior del bolso, y ¡bingo! Palpé algo parecido a un monedero grande con suave tacto y bastante peso; tiré de él intentando no hacer ningún movimiento brusco y una vez fuera, lo introduje rápidamente en la entrepierna de mi pantalón. De repente una mano me agarró fuertemente del hombro, gritando unas palabras ininteligibles para mí:

—¡Fuck! ¡Son of a bitch! —me gritó casi al oído un tipo joven y alto.

—Suéltame, cabrón —me limité a decir efectuando un brusco movimiento.

—¡Thief! !Stop thief! —volvió a gritar, al mismo tiempo que todos salieron de su nube y clavaron sus miradas en mí.

Rápidamente empecé a correr ramblas arriba entre un tumulto de gente que, ajenos a los acontecimientos, miraban atónitos el espectáculo mientras me abrían paso, a duras penas, por mis empujones. Tras de mí, pude ver cómo varios de los jóvenes empezaban a correr gritando todo tipo de insultos que no lograba entender. Crucé una de las calles que descendían hacia el puerto y a esa hora de la tarde, por suerte, los atascos habituales del tráfico hicieron que pudiese pasar sin dificultad entre la marea de coches que se hallaban detenidos a escasos centímetros los unos de otros como si fueran en peregrinación.

Me introduje en uno de los callejones que salpican las ramblas a cada lado, sin fijarme en cuál de ellos, cegado por la tensión del momento y el sudor, junto con el afán de escapar de los jóvenes que cada vez tenía más cerca de mis talones. Ahí maldije la hora en que empecé a fumar y noté cómo me estaba cansando rápidamente, empezándome a faltar el aliento.

Giré a la derecha por la primera bocacalle que encontré y fui a dar con unos containers de basura que desparramaron su contenido en el suelo tras mi violento choque contra ellos, me levanté y a duras penas recorrí varios metros hasta llegar a un pequeño bar que en realidad era un tugurio de mala muerte; entré en él y corrí en paralelo a la pequeña barra hasta el fondo, donde me detuve en seco mirando hacia la puerta.

En unos segundos vi pasar corriendo a mis perseguidores a través de la cristalera de la puerta del bar; mientras recuperaba el aliento, observé las miradas de los allí presentes que se clavaron en mi, justo cuando iba a abrir la boca, la puerta del establecimiento volvió a abrirse; allí estaban los tres perseguidores, jadeando también, cara a cara conmigo y yo enjaulado en una especie de ratonera en la que se había convertido aquel sucio local y sin salida a la vista.

Echaron a correr los tres en mi dirección. En ese momento, el sudor frío empezó a resbalar por mi frente, el corazón inició una veloz carrera consigo mismo y la adrenalina empezó a fluir en mi torrente sanguíneo, mientras mi espalda se pegaba literalmente a la sucia pared. Mi mente deseaba poder traspasar aquella pared con todas mis fuerzas, cuando de repente y para mi asombro me colé literalmente a través de ella, fue como si la pared me hubiera absorbido; durante unos segundos mis ojos no percibieron ningún tipo de luz y se hizo un silencio a mi alrededor, pero esa sensación tan sólo duró unos segundos.

Continuará…

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3 Respuestas a “Tras el muro (1a parte)

  1. Cylthia CG

    13/09/2012 at 10:37

    Y la vida, me enseñó…

     

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