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Tras el muro / 2º capítulo

16 Sep

Tras el muro, de Alfons Carrasco, 2º capítulo

1r capítulo

Fui a dar a una habitación contigua, cayendo sobre una tullida cama que había pegada a la pared. Quedé un momento aturdido, no sabía qué había pasado ni cómo había pasado, pero lo cierto es que ya no estaba en el tugurio de antes, estaba en otro lugar; ni rastro de mis perseguidores ni del local atestado de gente en el que acababa de entrar. Me eché las manos a la cara, intenté pensar un momento:

—¿Qué coño me ha pasado, he atravesado la pared? Pero, ¿dónde cojones estoy? —me dije a mí mismo con una cara de incredulidad que, imagino, tenía en esos momentos.

No tenía tiempo para pararme a pensar, por lo que me levanté de aquella extraña cama y me acerqué hacia la puerta de la habitación. No se veía ni escuchaba ningún sonido, por lo que pensé que no había nadie en aquella casa; anduve a través de un pequeño pasillo, atravesando algunas habitaciones que había a ambos lados y llegué a un pequeño comedor. Por suerte, aquella casa estaba vacía en esos momentos, así que me dirigí rápidamente hacia la puerta de la calle e intenté abrir, pero, como imaginaba, estaba cerrada. Deduje que sus moradores habían salido y, como es lógico, la puerta estaba cerrada con la llave. Miré una de las ventanas que daban a la calle, pero al ser una planta baja, a pie de calle, había una reja que impedía mi salida. El nerviosismo empezaba a apoderarse de mí, notaba que el sudor me invadía nuevamente y se me aceleraba el pulso. Tenía que pensar; miré a mi alrededor y vi una escalera que subía al piso superior, entonces deduje que allí cualquier ventana o balcón me serían útiles para salir.

Me dirigí a una de las habitaciones, en ella había una gran cama de matrimonio flanqueada por dos mesitas de noche y un gran armario, me dirigí hacia la ventana y la abrí tras retirar unas pequeñas cortinas; miré hacia el exterior, daba a otra calle menos concurrida que la anterior, pero no veía ningún elemento al que agarrarme y por el que iniciar el descenso, pese a ello y sin pensármelo dos veces, me descolgué por la ventana y sujetándome con una mano me dejé caer hasta el suelo. Caí de pie contra el duro suelo embaldosado y un tremendo dolor me subió por la pierna, hizo que perdiera el equilibrio y caí rodando por la acera; me detuve en seco golpeándome con una de las farolas que a lado y lado iluminan la calle a esas horas en las que ya anochecía. Sin moverme empecé a notar un dolor en las plantas de los pies debido al fuerte impacto. A los pocos segundos todo empezaba a volver a la normalidad y el dolor de la pierna y la planta de los pies empezó a menguar significativamente. Miré hacia arriba y vi que la altura no era tanta, vista desde el suelo, pero lo que era cierto es que ya no tenía edad para esas cosas.

Magullado y con algo de dolor en las piernas, me puse en pie y comencé a caminar calle arriba, no había ni rastro de mis perseguidores que, imagino, aún estarían con la boca abierta y no era para menos. Aún notaba el paquete en mi entrepierna, era una suerte que con todas las carreras no se me hubiera caído. Lo abrí mientras andaba por la calle, era un monedero de color verdoso bastante grande, con varios compartimentos. Únicamente me interesaba el dinero, lo demás, como solía hacer habitualmente, lo tiraba en un cubo de basura o sencillamente lo dejaba en cualquier lugar en el suelo, para que, si alguien lo encontraba, pudiera devolverlo si quería a su dueño, aunque esto último me preocupaba poco. Estaba de suerte, en el interior había algo más de trescientos pavos, con lo que tenía asegurada la cena durante algunos días.

De nuevo me vino a la mente la pared que había atravesado aquel atardecer, aún no sabía qué es lo que había ocurrido, pero lo que recuerdo es que había atravesado la pared, pero ¿cómo? Lo más lógico era pensar que algún tipo de malformación de la pared había facilitado mi paso a la otra habitación, aunque hice una prueba; me acerqué a la pared de la calle por la que subía en dirección a la zona de bares de la ciudad y con mucho cuidado, puse la mano en ella. Nada, la pared estaba fría; noté el rugoso tacto de los tochos de obra vista de la pared sobre mi mano; sin duda no podía traspasarla, ni mucho menos.

Me dirigí al bar Scorpions, allí solía pasar las horas y, a veces, las noches enteras charlando con amigos y conocidos que, como yo, vivían la vida sin más preocupaciones; aunque esa era una noche especial, tenía algo de dinero en el bolsillo. El bar se encontraba en la primera esquina justo al dejar la gran plaza central; era un lugar divertido en el que la gente se dejaba caer de tanto en tanto y tomaba unas copas dejando las preocupaciones en la puerta, al menos eso parecía a juzgar por el ambiente que siempre reinaba.

Continuará…

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