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Tras el muro / 3r capítulo

30 Sep

Una novela por entregas de Alfons Carrasco (Mollet del Vallès, Barcelona)

Tras el muro, 1r capítulo
Tras el muro, 2 capítulo

Con música de Angelo Badalamenti

 

Ismael, el tío que llevaba el bar, era una persona de mediana edad, estaba de vuelta de todo y llevaba unos enormes tatuajes en sus brazos que, según me había dicho en alguna ocasión, se hizo tras su paso por algunas prisiones por asuntos menores de trapicheo con drogas. Me senté en una de las pocas mesas libres que había en el rincón, desde ese lugar podía contemplar todo el local y me resultaba divertido ver las conversaciones de la gente aunque no las pudiera escuchar; el cómo gesticulaba la gente o el cómo reían daban vida a aquel lugar, pensaba yo.

No llevaba ni diez minutos y saboreaba la jarra de medio con cerveza que Ismael me había traído, cuando vi entrar en el bar a dos amigos o, mejor dicho, conocidos. Eran Rodolfo y Manuel, los conocí en la época en que compartimos celda en la trena durante dos semanas, hasta que a mí me absolvieron de un pequeño hurto por falta de pruebas y, en gran parte, gracias a mi amigo Ricardo, un abogado que como siempre digo, es mejor tener a tu lado que frente a ti.

Si yo era un buscavidas, ellos dos eran profesionales de este mundillo, ladrones de poca monta, según los tiene clasificados la policía, aunque con buenas ideas. Son el contrapunto el uno del otro, Rodolfo es alto, bastante fuerte y con cara de pocos amigos, aunque es un bonachón, y Manuel es bajito, no pasa del metro sesenta, siempre va bien vestido, tiene gusto por la ropa y es el cerebro del equipo, sólo que ese equipo nunca ha funcionado.

—Vaya, vaya —dijo Rodolfo—. Mira a qué ‘hijoputa’ tenemos aquí —dijo en tono burlón dirigiéndose a Manuel.

—Pero si es nuestro amigo Toni —dijo Manuel—, el que nos va a pagar un par de jarritas.

—¿Los conozco, caballeros? —dije en toco jocoso al tiempo que estrechaba la mano a Rodolfo.

—¿Cómo estás cabroncete? —preguntó Manuel.

—Pues ya ves, como siempre. Y vosotros, ¿aún sois novios? —dije con sarcasmo evidente.

—Sí, somos novios, nos seguimos tirando los dos a la misma tía —dijo inteligentemente Manuel.

—¿Qué es de tu vida, cabrón? —me preguntó Rodolfo.

—Pues trapicheando, durmiendo de día y corriendo de noche. Viviendo, que se suele decir —dije.

—Eso está bien, amigo, eso está bien. Estamos preparando un trabajillo, y buscamos a alguien, ¿no conocerás a nadie por ahí? —dijo Manuel sabiendo que ese alguien se refería a mí.

—Depende del trabajillo, podría encontrar a un amigo de confianza, pero ya sabéis la filosofía de mi amigo: poco curro, bien pagado y sin riesgo —dije mirando a ambos con una sonrisa.

—Vaya, en ese caso le tendrías que decir a tu amigo que jugase a la primitiva —dijo Rodolfo mientras daba un sorbo a la jarra de cerveza.

—Eso hace de momento, pero no tiene mucha suerte últimamente —dije—. Pero, si queréis, os doy mi punto de vista sobre el trabajo.

—Hace algún tiempo que estamos siguiendo a un tipo. Un banquero de la ciudad al que le sale el dinero por las orejas al ‘hijoputa’ —dijo Manuel hablando en voz baja, por motivos obvios.

—¿Y queréis montar un secuestro? Estáis locos o peor de lo que creía —dije rápidamente.

—No, no capullo. No vamos a secuestrar a nadie —dijo Manuel rápidamente.

—Ya sabéis que mi amigo pasa de violencia y delitos de sangre, eso son marrones muy grandes para él —dije reclinándome sobre el respaldo de mi silla.

—Escúchanos, no vamos a secuestrar a nadie ni hacer daño a nadie —dijo Manuel, mientras me invitaba a acercarme a la mesa—. Este tío trabaja como director de una sucursal y, paralelamente, está metido hasta el cuello con Los Colombis, es el encargado de blanquear el dinero de la droga y el contrabando.

—¿Con Los Colombis? —dije asombrado. Era una banda muy conocida en la ciudad por su brutalidad y sus numerosos asesinatos. Una organización dedicada al mundo de la droga a gran escala, trata de blancas, asesinatos por encargo y todo tipo de trabajos sucios.

—Esos os van a pegar cuatro tiros y después preguntarán quién coño erais. —sentencié

—No, no. Lo que vamos a hacer es muy simple, amigo mío, muy simple —dijo Manuel, tomando la voz cantante—. Mira, sabemos que ese tipo está deseando salir de esa organización y sabemos que ni él ni nadie conoce realmente al jefe de la organización en nuestro país. El plan es sencillo, nos presentaremos en su casa, nos hacemos pasar por el jefe de esa organización y, a cambio de dinero, le diremos que ya está fuera y que se vaya de la ciudad para que no volvamos a verlo. ¿Qué te parece?

—Complicado, ¿cómo os vais a hacer pasar por el jefe de la organización? —el plan era bueno, muy bueno me pareció, pero no podía decírsel abiertamente, además había puntos que no veía claros.

—Porque yo me haré pasar por el jefe y vosotros dos seréis mis dos guardaespaldas —dijo Rodolfo.

—Entiendo y le decimos que ya está fuera del club y le rompéis el carné de socio de la organización, así de fácil, ¿no? —dije con una sonrisa —Piensa un poco, capullo —me dijo Manuel—. Él no sabe quién es el jefe, ¿por qué no va a creerse que es Rodolfo?

—¿Y eso cómo lo sabéis? —pregunté.

—Porque cuando estuvimos los dos años en el trullo, que coincidimos contigo, estuvimos con dos componentes de la banda y uno era su lugarteniente. Se llama Cobos y, tal como nos dijo, él siempre suplantaba a su jefe, que se llama Jacob; nadie prácticamente conoce al jefe de esa banda —dijo nuevamente Manuel, que llevaba la voz cantante.

—Joder tíos, que las cosas no son tan fáciles —dije intentando buscar alguna contradicción al plan.

—Supongamos que nos presentamos en su casa —dije —, y el tío conoce al gran jefe de Los Colombis. Entonces ¿qué hacemos, improvisamos, le decimos que nos hemos equivocado de dirección? —dije con rostro serio.

—Que no lo conoce joder, nadie lo conoce. ¡Hazme caso! —dijo Manuel—. Estuvimos dos años con aquellos tipos en la trena, al final parecíamos sus confesores y Cobos nos aseguró que él solía hacer las visitas y lo supervisaba todo en nombre del gran jefe. Incluso nos habló de este banquero en la cárcel, un tío que quería hacer dinero rápidamente sin importarle el cómo, y de ahí surgió nuestra idea. Suplantar la identidad de Jacob, cobrarle una pasta al banquero de los cojones y largarnos tal como habíamos venido. Sin un tiro, sin un rasguño, todo limpio.

—Vamos hombre, es seguro y será el ultimo golpe —dijo Rodolfo—. Luego nos largamos con la pasta y aquí paz y después gloria.

Continuará…

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