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Que el futuro nos pille siendo niños

19 Oct

El viejo de la imprenta me explicó en una ocasión una curiosa historia de alguien que hacía 20 años que tenía quince años. Vendía bombillas. Parecía que cada vez que probaba una bombilla se iluminara la vida.

– ¿Tú crees que vendía bombillas? – preguntó, retórico el viejo-. En realidad lo que la gente iba a buscar eran ideas, ilusiones, -aclaró enfatizando sus palabras con un repiqueteo de su bastón sobre el desigual suelo de la imprenta-.

El viejo sabía como aquel eterno niño vendedor de bombillas que no todos soirven para darse cuenta de lo que tienen entre manos. Aquella tienda se convirtió en la escuela a la que nunca fuimos, a la que nunca iremos. Y la ciudad recibió el nombre de “la villa que nunca duerme”.

En los momentos más difíciles, cuando ni siquiera quedaban quinqués ni lámparas de aceite, ni siquiera velas ni linternas, encendían una bombilla y todo parecía más fácil, como un niño.

Es una verdadera pena que no recordemos cómo empezamos a andar. La sensación de los primeros pasos, tras el gateo, como tanteando el mundo por el que luego deambularemos años y años. Mezcla de preocupación y diversión. Nos desplazábamos por abismos que sólo existían en nuestra cabeza. Buscando lugares seguros, asideros sin precipicios, y la mirada de la madre, que nos animaba a soltarnos, a arriesgar. Y lo hacíamos, como diciendo “aquí estoy yo y me voy a comer el mundo”. Más tarde, te conformas con que el mundo no te coma a ti. Echas la vista atrás y llamas al niño que siempre está ahí, siempre estará ahí…

Que el futuro nos pille siendo niños, un bello relato de la periodista de Badalona Mercè Roura. Con música, desde El Café Romantic…

 

Cuando era niña las horas eran eternas. Sesenta minutos sentada ojeando un libro, fijándome en las comisuras de sus páginas, pasando los ojos por sus dibujos, siguiendo con las pupilas las letras… eludiendo pensamientos… eran una vida. Mis ojos lo escrutaban todo. Las formas caprichosas de las baldosas en el patio, la incandescencia de las bombillas, el reverso de las hojas de los árboles, los dibujos que formaban las nubes… todos los tenues quejidos que de noche se oían en casa. Lo pequeño era grande, enorme… digno de ser analizado hasta saciar la curiosidad. Y lo mejor, siempre parecía nuevo, sorprendente.

Cuando era niña notaba el calor del abrigo y el frío del helado. Los percibía intensamente con toda mi escasa materia, me calaban por dentro, me reseguían las esquinas… cada pequeña sensación era un tesoro, una experiencia capaz de transformar mi esencia, de mutarme, de hacerme más alta, más lista… más curiosa. Y siempre tenía espacio en mi dermis para una sensación más, un pedazo de vida nuevo… un camino distinto. Todo era gigante pero cabía en una caja diminuta.

Cuando era niña me bastaba con levantar la vista y buscar a mi madre y saber que era mi casa. Un par de besos eran una escuela, un palacio, un planeta. Mi cabeza sobrevolaba montañas y desiertos desde un sofá, mi pensamiento era de chicle, mis manos tenían magia para cambiar el mundo. Cuando era niña era de goma y de sueño, de pedazo de selva y de barco en el mar. Vivía en un castillo y era capaz de zamparme cualquier cosa que pudiera imaginar… y lo imaginaba todo y todo me cabía entre las manos.

Cuando eres niño todo es nuevo, eterno, intenso. Todo supone un pequeño reto, todo es asumible… todo se puede recortar y pegar. Y los esfuerzos tienen grandes recompensas…

Y maduramos o eso creemos. Aunque a veces, lo que hacemos es crecer por fuera; ponernos corbata o tacón alto, dejar el castillo, seguir un camino predeterminado. Nos ponemos rígidos como un palo y forzamos la sonrisa… porque no entendemos nada. El ejercicio de ser adultos debería suponer poder guardar esa capacidad de verlo todo cada día como si tu mirada fuera virgen… pero almacenar una conciencia sabia. Descubrir que no somos el ombligo del mundo y volver a mirar el reverso de las hojas…recuperar el juego.

Saber que no todo va ser como deseamos… pero que quizá pueda ser mejor. Recordar que no todo se ve y se toca, que no todo se alcanza con la mano pero que está a tiro de pensamiento. Y que cuando toca lluvia, hay que mojarse.

Que el próximo minuto nos encuentre un poco vírgenes… que el futuro nos pille siendo niños.

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Una respuesta a “Que el futuro nos pille siendo niños

  1. Cylthia CG

    19/10/2012 at 19:50

    Y una sonrisa de asombro…

     

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