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Oración por la lluvia

03 Feb

Íbamos juntos por paisajes y sueños por estos mundos de Dios, y ambos sabíamos que al atardecer, cualquier atardecer, nuestros recuerdos nos harían más corto el camino. Parecían paisajes dibujados a capricho:caminos de lápiz marrón, bosques de difuminados verdes, el mar, siempre azul; nunca había nubes grises y sí casitas con chimeneas y pájaros. Eran lugares donde podíamos detener el tiempo. Donde el silencio olía a leña mojada, las tardes sonaban a esquilas y cantos de grillos, e incluso orábamos por la lluvia. Era tranquilidad en estado puro.

– ¿Qué piensas, querido viejo? – le pregunté mientras yo buscaba diferentes puntos de vista acerca de la fe. Quería entender porque la gente la sentía dentro y comprobar si realmente era algo auténtico. Lloviznaba, pero daba igual.

Su reacción no se hizo esperar.

– Mi querido amigo; en esta vida, la que nos ha tocado vivir, todas nuestras acciones y pensamientos tienen un porqué, una razón…

Yo, ignorante de mí, no veía ese porqué, esa razón. El viejo de la imprenta, atento siempre a mis inquietudes, expresadas únicamente por mis gestos, por mis perdidas miradas, por mi andar titubeante, entraba al trapo sin orillar ningún asunto, por espinoso que fuera, para rescatarme de la temporal prisión en la que me hallara. 

– Es, muchas veces, una causa oculta e imperceptible la que nos promueve y desata el hecho de que estemos insertos. Normalmente, nos negamos a buscarla, preferimos no bucear en mares espesos, densos y desconocidos por miedo a encontrarnos con nosotros mismos y preguntarnos, ¿tú quién eres?.

Me pregunté entonces quién era yo mientras permitía que la lluvia empapara todo mi ser. El viejo me dijo a quién debía debía encontrar, a quién debía ver. 

– Eres, querido amigo, ese ser desconocido entre las sombras al que no te gusta visitar demasiado y con el que siempre te excusas mostrando la mejor de tus sonrisas.

Gracias, nuevamente querido viejo; me enseñaste que la esencia del concepto puede resultar hiriente e incluso absurda, en muchas ocasiones. Pero también me enseñaste que resulta sencillo vivir la vida sin cuestionarse el por qué de la misma, sirviendo a una idea que no nos pertenece. Una idea gestada en la comodidad de un camino ya construido. Una idea peligrosas y estratificada, pero necesaria para  débiles e inseguros. Es, al fin y al cabo, algo en lo qué creer para hacer de nuestra existencia un hecho coherente. Algunos, incluso, lo llaman fe.

Desde Galicia, Mila Miguélez bebe de la lluvia para transformar las gotas en bellísimas palabras que oran por ella. Música, como no podía ser de otra manera en esta ocasión, de The Cure, “Pictures Of You”.

 

La lluvia tiene un vago secreto de ternura,

algo de somnolencia resignada y amable,

una música humilde se despierta con ella

que hace vibrar el alma dormida del paisaje.

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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