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NO HAY DISTANCIA SUFICIENTE

17 Mar

En cierta ocasión, el viejo de la imprenta me llevó a visitar una vieja mansión, en un paraje de belleza desolada y de tregua, en un pueblo de anestesiado por el recuerdo de los días que se fueron.

La mansión fue adquirida en el siglo XIX por una acomodada familia que, por los inevitables cambios que trae el paso de los años, se convirtió en asilo, el único del adormecido lugar. Los viejos de la familia morían, los maduros se desentendían y acomodaban y los jóvenes, marchaban.

– He oído decir que un asilo es donde van las personas cuando la vida ha terminado con ellos antes de que ellos hayan terminado su vida – le dije con voz reducida al viejo. Esa expresión me parecía cierta en aquel lugar.

De hecho, la gente ya no visitaba el viejo asilo de la vieja mansión muy a menudo. Tampoco es que lo hiciera antes. No sé si eran fantasmas del pasado o premoniciones de su propio futuro pero, a veces, unos y otros hacián que no se acercasen, y a veces, sólo a veces, una lucecita brilla en este lugar triste y vacío.

Entonces, el viejo cual juez, llamó al pasado y al futuro; ambos se encontraron en aquel lugar presente en el que adensó una atmósfera de fantasmas mal reprimidos que, de tanto en cuando, salen a la luz.

El viejo colocó mi rostro frente a un ajado espejo en el que vi mi desdibujado rostro. No hablé. Mi semblante lo hizo por mí.

– Mi querido y joven amigo; todavía hay quien baja la voz de forma inconsciente cuando recuerda sucesos del pasado porque el miedo no se ha desprendido de su piel. Recuerda siempre esto: hay pasados que nunca llegarán a estar lo suficientemente lejos de nosotros porque, como decía Faulkner, el pasado no ha muerto, ni siquiera ha pasado.

Un relato de Mercè Roura, de Badalona, en que desenmascara a los monstruos de un pasado aún vivo y de un presente acuciante, el que vivimos día a día en sociedad, y que nos acosa y nos acorrala. Música, “Dance me to the end of love”, de Leonard Cohen. 

Dejó de dar de comer a sus fantasmas. Cerró los ojos y pasó por delante de ellos sin casi respirar. Dejó que aquellas fantasías sobre lo que jamás podría y nunca iba a conseguir acabaran enterradas. Olvidó sus rostros retorcidos y asqueados y se centró en mirar hacia adelante, sin detenerse, sin girar la vista porque sabía que su amor propio era nuevo, frágil, quebradizo…

Caminó cada vez más rápido, más ágil, más incandescente. Una sensación de euforia le invadía cada hueco, cada rincón de su cuerpo diminuto. Respiraba hondo, consumía aire… lo tragaba y convertía en fuego. Deliraba de emoción. Flotaba, sondeaba el aire. Unas lágrimas espesas le lamían la cara y en medio minuto se evaporaban. Era una llama. No podía parar. Sabía que si paraba oiría los reproches y toparía con algunas caras. Notaba aún el aliento de sus temores prendido en su cuello y una garra inmensa sujetándole las ganas. No quería regresar jamás y verse juzgada y escrutada. No quería ser la presa, ni el bocado… ni volver a ponerse en un rincón para no estorbar… ni pedir perdón por levantar la mirada.

Huía. La rabia contenida la empujaba y el miedo a permanecer quieta y ser engullida le daba la mano. Era como un grito, un animal herido que corre poseso buscando guarida.

Y de repente, ya estaba exhausta, rendida, destrozada… ya no podía mover las extremidades ni articular más que gemidos y alaridos, estaba tan lejos que no recordaba de dónde partía… ni lo que buscaba pero sabía que parar era sucumbir… era regresar…

A pesar de todo, los miedos continuaban pegados a su piel y los fantasmas revivían. La cara de la que quería librarse se dibujaba de nuevo en cada esquina.

Y entonces lo tuvo claro. No había distancia suficiente. No podría correr lejos siempre, en algún momento debería parar y tragarse el asco y el pánico. Huía de ella misma. Ella era el depredador y la presa. El fantasma, el crítico más feroz. Ella fabricaba el miedo que se le alojaba en el espalda y se le comía las risas. Ella construía los muros y cerraba las puertas. Ella se arañaba el alma, se arrancaba los goces… los demás eran tan solo la comparsa, la coartada triste para seguir levantado barreras y afilando espadas en la conciencia.

Y supo que tenía que parar y volver. Supo que la única persona con la que tenía que hacer un pacto para abandonar aquella lucha era ella misma. Y dejar de luchar… y levantar la cabeza y aguantar la mirada. Se dio cuenta de que el camino a seguir no se andaba, se maduraba. El viaje que debía emprender era interior y el enemigo a ganar tenía su cara.

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