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Archivos Mensuales: abril 2013

82 KILÓMETROS

Imagen con música

El viejo de la imprenta tenía una madre, como todos. De hecho, y aún los años transcurridos -que ni él mismo recuerda-, aún la tiene, aunque físicamente no está entre nosotros. Pero eso, por ley de vida, ya no importa.

Suele hablar de ella, pero no con pena. Simplemente habla de ella. De cómo le dejó, del sufrimiento lentísimo que fue consumiéndola. De sus cosas habla y también de sus gustos, de lo que amaba y no amaba, de lo que hacía, decía y sentía.

De ella hablamos, pero nunca con pena. Poco a poco, es tan suya, tan nuestra, que no hace falta ni que hablemos de ella para recordarla. Poco a poco se ha convertido en un gesto, una palabra, un gusto, una mirada que fluye sin decirlo ni pensarlo.

Siempre le escribe para que la muerte nunca tenga la última palabra. Y echa la carta al buzón sabiendo que le llegará. El hecho, por extraño que parezca, es que nunca le devuelven  ninguna carta. Llegué a barruntar que había sobornado al cartero. Pero, no. Un día hablé con él para aclarar el misterio y me negó rotundamente la cuestión. Quizá, el cartero tiene hilo directo con el cielo, algún código postal allá en el infinito azul, conjeturé.

El viejo nunca permitió que su madre -ni su padre- acabara en un asilo, aquel lugar adonde van las personas cuando la vida ha terminado con ellos antes de que ellos hayan terminado su vida.

Un día me hizo el honor de acompañarle al sagrado lugar donde vivía su madre, su hogar. En aquel sitio, tampoco le faltaba el humor. Presumía de que su madre, a sus noventa y pico, era la que mejor se conservaba del camposanto.

En el sitio no parecía haber nada de particular, pero sobre la lápida de la madre había una nubecilla gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o imaginadas. Percibí que el tiempo pasaba despacio cuando uno es joven, como el viejo, como yo. Había algo insólito en la quietud de las piedras.

– ¿ Qué edad tenía? -pregunté

– Disculpa, tiene. Unos noventa y pico… las buenas personas siempre mueren jóvenes – replicó.

– ¡Cierto! – sentencié.

Nos sentamos frente a la morada de su madre, y me hizo tomar papel y lápiz. Por favor, ¡escribe!, rogó el viejo. Ni eso le podía negar a mi querido viejo.

– Madre, nunca me cansaré de decirte que eres el ejemplo a seguir. Me has enseñado los valores de la vida, de cómo es y, sobre todo, de cómo hay que vivirla. Siempre regreso al pueblo que me vio nacer, me siento en el quicio de la vieja puerta de la vieja casa, y aún siento el placer de tus tortitas. ¡Recuerdas!, acababa con chocolate hasta en los ojos.

Sé que estás a mi lado, porque te siento cada vez más cerca de mí. ¿Recuerdas la trompeta que me regalaste?. Sí, esa de la que me decías, “no soples, que no hay agujero”. Y, yo, como era tontito, soplaba para hacer sonar esa canción que tanto te gusta: ¡sonrisas y lágrimas!…

Releímos las frases escritas y dichas con el alma y con el corazón, como no podía ser de otra manera. Reímos a propósito del chocolate y de la trompeta. Un día repetiríamos esas cómicas escenas, nos dijimos.

Luego, de nuevo en la serenidad, me pidió que prosiguiera con la carta. La propuesta fue como si me entregaran el premio Nobel. No dudé ni un instante.

Reinicié la carta dirigiéndome a ella como señora, por aquello de la buena educación. Pero lo taché. Al fin y al cabo, también la había hecho mía, y le llamé ¡madre!. El viejo aplaudió el gesto.

¡Madre!, al final, que es un principio, como muy bien sabes, la vida es eso. Te escribo para que la muerte no tenga la última palabra. Nunca permitiré que la muerte esté tan segura de su victoria. Te fuiste, para volver siempre, una tarde de primavera en que no había una sola nube en el cielo, y lo hiciste con los ojos cerrados y el corazón abierto…

… Limpié la casa, cerré la puerta y dije ¡hasta luego!. Y comencé a representar el papel que se me había otorgado en esta obra trágica y cómica que es la vida,con miedo, sí, unas veces a disgusto y otras con la esperanza de recuperar algo que no sabía ni a que olía, cómo era cuando empecé, ni lo que me impulsaba a seguir adelante ni porqué. ¿Dónde está, madre, lo que me sujeta a ser feliz? ¿Qué alegría pequeña viene a llenar los minutos de hoy?…

… A veces, madre, me quedo esperando a la vida , como si la vida fuera otra cosa, sin saber que ese tiempo del futuro, no es más que este, que este tiempo es lo único que tengo, rebelde a los límites y las barreras, que soy mi piel y mi rostro, con las huellas de los años  repetidos, sin miedo a estrellarme, al error, siempre con subidas y bajadas, con buenos y dulces momentos, inundados de oportunidades, de esperanza, descubriendo quién es cada uno en cada paso, dejándome sorprender por lo inesperado, sin dejarme asustar por el cambio, por la imprevisible vida que abre las ventanas como el viento y lo cambia todo, agarrado a lo único que tengo: los minutos, las horas, los días… el proyecto de vivir, la posibilidad de cambiar y seguir caminando, agarrado a la vida con hambre de más, siempre.

Y la muerte; la muerte, ese accidente es lo de menos. ¡Madre!, si no sé adónde voy, no iré a ninguna parte. A ti te lo debo”.

El viejo aplaudió la carta. Derramó alguna lágrima, algo insólito en él. Hasta aquel día, era poco dado a expresar abiertamente sus sentimientos, incluso ante mí. Nos abrazamos. Creo que aquella fue la primera vez que lo hicimos.

Luego, nos propusimos caminar hasta reventar. Por nosotros, por ella. Fueron ocho kilómetros pero parecieron 82. No importaba. Lo logramos. Y los dedicamos, nos los dedicamos.

Muchas veces, en conferencias, sobre todo ante estudiantes, me preguntan qué hace falta para escribir, cómo se escribe, por qué escribo. Y yo, suelo responder, tomando las palabras de Pascual Serrano, que para escribir hace falta valor y, para tener valor, hace falta tener valores porque, sin valores, más vale callar. Y escribo para los demás porque si lo hiciera para mí, moriría conmigo. Escribir me mantiene cuerdo en este loco plano de la vida.

Y siempre digo y repito que lo hago, digo y escribo lo hago con el corazón pues no quiero, ni sé, hacerlo de otra manera. Y también acostumbro a decir que los recuerdos son uno de los legales más importantes del ser humano. Recordar y ser recordado es tan importante como la vida misma. Hoy persona, mañana recuerdo. Hoy recuerdo, ayer persona.

Este relato está inspirado y dedicado a Empar Baños, una de esas personas que es paradigma, un ejemplo a seguir. A sus 26 años, Empar despidió el viernes a su madre, tras una nueve años de lucha contra un cruel enfermedad. No fue un adiós, nunca lo será, como yo me dije hace más de tres años con mi padre.

Veinticuatro horas después, Empar se subía a una bicicleta y logró el reto que se había propuesto, por ella, por su madre. Ayer sábado, 27 de abril de 2103, logró completar los 82 kilómetros de una durísima carrera, como la vida misma, por el desierto de Los Monegros. Hace unas horas, Empar, a través de su teléfono móvil, nos decía en su Facebook:

“Repte aconseguit!!! Hem acabat els 82km (al final han sortit més…) al desert dels Monegros 🙂 Ja sabeu com era d’important per a mi. Mamá va por ti! Gracias x pedalear conmigo!”

Desde aquí, Empar, simplemente, un aplauso y con eso te lo quiero decir todo. Por ti, por tu madre.

 

 

 

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Pesimismo optimista

Imagen con música

El viejo de la imprenta era un hombre inteligente que sabía de lo que hablaba, mientras yo aún me preguntaba quién era, de dónde venía y si había sido elegido para algo importante. Cuando yo iba, él ya volvía. Junto a él se sucedían absurdas situaciones, maravillosamente sensatas. Me viene ahora a la cabeza el día en que me llevó a una tienda a comprar unos frascos: uno de amor, otro de humor y un tercero, de lúcida locura. ¡Por supuesto!, respondió la dependienta, un personaje que parecía sacado del país de las maravillas de Alicia.

– Dime, querido viejo, ¿en qué consiste la vida?

– En no hacer nada en absoluto. En pasar el tiempo reflexionando sobre la vida.

– Pero eso es un absurdo.

El comentario le pareció de una lógica demoledora. Yo, aún, no veía el qué de la cuestión.

– Pongamos que comprendes que todo es un absurdo… entonces no será tan absurdo porque eres consciente de que es un absurdo y la consciencia de ello es lo que le otorga sentido, ¿me entiendes?.

Ya te entiendo, querido viejo. No pensar en ello significa que estás pensando en ello.

Al salir de la tienda, me pregunté en voz alta si pienso, luego existo o existo, luego pienso. O digo lo que pienso o pienso lo que digo antes de decir lo he pensado, por si acaso donde dije digo, digo Diego, o Diego no era más que un fantasma que aturdía mi existencia, luego mejor no pensar.

El viejo replicó:

– No acostumbro a decir Diego donde dije digo. Suelo pensar lo que digo y suelo decir lo que siento. Y suelo pensar cómo lo digo, aunque no lo diga como lo siento; y hay veces, quizás más de las debidas, que no digo lo que pienso.

Aquel día bebí de los tres frascos de amor, humor y lúcida locura.

Un breve relato sobre la vida misma, a partir de una reflexión del genial Charles Bukowsky, quien un día dijo: “A veces me miro mis manos y me doy cuenta que podría haber sido un gran pianista o algo así. Pero, ¿Qué han hecho mis manos?. Rascarme las pelotas, firmar cheques, atar zapatos, tirar de la cadena de los inodoros, etc., etc. He desaprovechado mis manos. Y mi mente”. Y luego sentenció: “La vida es todo lo agradable que se lo permitas”.

 

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Hay tres pianos de cola que buscan quien los toque en Alcalá

Decía Balzac que los cafés eran el parlamento del pueblo. Y si lo decía Balzac, es que así debía ser, pues no se trataba de llevarle la contraria a quien hizo de la competencia con el registro civil un arte, en una comedia muy humana.

El viejo de la imprenta y yo nos pusimos en marcha. Y nos tomamos la vida con humor, y el humor muy en serio. No había urgencias. Deseo, sí. Durante el camino, el viejo me preguntó:

– ¿Oyes?

– ¿El qué?, no oigo nada – respondí, porque de preguntar y responder se trataba el asunto.

– ¡Exacto, nada! – aclaró el viejo, pues de eso también se trataba.

Hicimos las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas, tanto que incluso nos fiábamos del aire que no veíamos. No éramos lo que teníamos, éramos que lo seríamos. Parecidos pero distintos. No nos preocupaba demasiado lo que dijeran de nosotros; ni siquiera Dios ha logrado caerle bien a todo el mundo. Sonreímos.

– Los caminos del Señor son inescrutables – observé.

– Yo, cada vez, entiendo menos al Señor – sentenció el viejo.

Nos miramos con cara de asentimiento; la historia, nuestra historia, quizás, ha sido escrita a cuatro manos, en un extraño acuerdo, por Dios y el diablo. Ya se sabe que la mejor treta del diablo es convencernos de que no existe y nos dio por discutir a Paulo (Coelho): sí, las decisiones de Dios son misteriosas, pero no, no siempre a nuestro favor.

Y es así que alcanzamos un destino incierto. Dos mil años de historia a nuestros pies. Caminábamos sólos entre la impronta y huella de carpetanos, romanos, musulmanes, judíos y cristianos, descburiendo suntuosas y humildes construcciones, bellos rincones en un excelente entramado urbano medieval, crisol de tres culturas, de tres religiones.

Nos llamó la atención, porque de sorprenderse iba el asunto, un cartel en un café que evocaba aquellos parlamentos del pueblo de Balzac: “tres pianos de cola buscan quien los toque”.

El café cobraba vida en una antigua casa protegida, en la calle del Empecinado, a tan sólo unos metros de la Catedral Magistral y a 6 minutos, ni uno más ni uno menos, de la Plaza Cervantes, según pudimos comprobar.

Distintos ambientes, del más íntimo al más distentido, nos saludaron. Como dejó escrito Unamuno, en esta Ciudad de Dios, del saber, siempre daremos con este lugar, en el que se encontraban gentes porque se citaban, y otros que se citaban porque no se encontraban.

Había uno, al que llamaban Desperdicios, que llevaba un cartel que rezaba, “por favor no me pregunten por mi hermano”. Otros debatían de “sangre y arena”. A su lado, y en una servilleta, un tipo de con aspecto de negociante de los años cincuenta trataba de vender tres toneladas de brea a quien se sentaba a su lado, en una silla en la que no había nadie. Era, ciertamente, un café parlante.

Los camareros se apresuraban a servir, sobre todo, Chartreuse, anises y cafés, por supuesto. A nosotros se dirigió una mujer cuyo rostro adulto permitía adivinar a la niña, a la adolescente, a la joven que todavía llevaba dentro y a la vieja que será. Sin duda había sido, era y sería una niña con piel apergaminada, de aquellas que robaban rosas en jardines de ricos para regalarlas a los amores y a los afligidos. Le pusimos nombre a aquel rostro: Cristina.

Pronto descubrimos que Cristina, como aquel café, se alejaba de todo convencionalismo, una persona única dada a la tertulia, al intercambio de ideas y de idiomas, si se terciara. Nos invitó a colorida jaima árabe, al estilo de un moderno “chill out”, mientras un joven de gafitas redondas y aspecto despistado trataba de reparar una imaginaria bicicleta en un reservado a modo de taller social.

No se veía a nadie ni mohíno ni desorientado, de modo que de allí no surgiría por fortuna una novela de zombis falangistas ni un poemario de naturaleza pornográfica y asonantada que abordase asuntos como la lucha de clases y la pesca. 

Había otro que giraba a nuestro alrededor sin moverse del sitio que le dio por llamar al lugar “nouveau boulevard”, magnífico nombre sin duda, pero a ver quién se atrevía a pronunciarlo tres gintonics después.

A Cristina le dio por pedir un cóctel a un camarero que ejecutaba las suertes clásicas del oficio con conocimiento, pureza y pericia. El secreto del local no estaba tanto en su nombre o decoración, sino en el talento de quien oficiaba tras la barra. Acompañamos a Cristina en la sugerencia: tres dry martini, un plateado prodigio.

Hubo una segunda ronda… Cristina evocó a la gran Dorothy Parker:

– Me encantan los dry martini, pero nunca más de dos. Con tres voy bajo la mesa.  Con cuatro bajo el anfitrión.

De pronto, la noche se tornó silencio, de luna, de plegarias y velas, desconocida y mágica Alcalá…

– ¡Hoy, soy yo, a mi manera, sólo yo, y voy a sentirme bien para honrar la vida…! -proclamó la mujer de aspecto pizpireta, que no tendría más de 59 años ni menos de 59 años. No importaba. En todo caso, hacía 39 años que tenía 20 años, le dijo el viejo, lisonjero, sincero.

Y luego, dentro de otros 59 años, adónde iremos, preguntamos a Cristina.

– A la playa de mi infancia – respondió, segura.

– ¿ Y qué hay allí?

Nos habló de su admirado José Luis (Sampedro). Allí habrá una ambición, la de morir como un río en el mar, notando la sal. Y con nosotros vendrá Gibran porque, efectivamente, debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.

Los tres pianos de cola ya habían encontrado quien los tocara, en Alcalá. Gracias Cristina, nos encontramos en el camino.

Un relato del Café Romantic, con textos e inspiración de Cristina Penalva y del Café Continental de Alcalá de Henares. Música de “The John Durban theme”.

 

 

 

 

 

 

 

 

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Querida Angela…

Nadie sabe a ciencia cierta la edad del viejo de la imprenta. Ni yo mismo la conozco. Eso me llevó a preguntarle en una ocasión si, en algún momento de su vida, había sentido que su vida había estado muy vacía. Él, en aquel preciso instante, pelaba una cebolla sin llorar. Aún me pregunto cómo lo lograba.

El caso es que por mi cabeza rondaba esa eterna pregunta de si vemos la botella medio vacía o medio llena. A veces, más de las deseadas, me digo que ni siquiera veo la botella. Será cierto aquello que todo el mundo dice que un día nos  despertamos, nos miramos al espejo y preguntamos: ¿Cómo he llegado aquí?

El viejo replicó de inmediato. 

– No tiene porque ser así.

– ¿A no?

Su sentencia no se hizo esperar.

– No hay ninguna norma que diga que tenemos que despertarnos. No lo olvides.

Gracias una vez más, querido viejo; el hecho de que esté en pie, no quiere decir que esté vivo. Hoy, el Café Romantic presenta un breve relato sobre el valor de la vida vivida y por vivir, -no importa de qué día ni de qué época, ni siquiera en qué lugar-, de Ángela Martín, de La Llagosta (Barcelona). Con música de Aerosmith – I Don’t Wanna Miss-.

Era una deliciosa rutina, porque no todas las rutinas tienen porque ser desagradables. Cada día, a media tarde, acudía al gimnasio. No se trataba sólo del hábito de cuidar el cuerpo a sus treinta y tantos. Era también un modo de descargar la adrenalina de una vida azarosa, que atropella hasta el hastío; la vida de una mujer que se había hecho a sí misma dejando atrás un pasado de comodidad junto a un hombre que nunca fue… En realidad, no  importaba ya aquel que se decía hombre. 

Aquel día, sin embargo, rompió por unos instantes su mecánica rutina. En el trayecto al gimnasio detuvo su turismo rojo en un punto del camino indefinido. No importaba el lugar, sólo el momento. Encendió un cigarrillo. Tampoco importaba ni el sabor ni la marca; únicamente seguía valiendo el instante. De repente, tomó su agenda de su bolso y se puso a escribir:

“Querida Angela,

En el fondo hay cosas que nunca llegarás a decir por miedo. En realidad todos somos un poco cobardes cuando se trata de decir algo que nos importa demasiado. Que las cosas que importan de verdad, son las que se dicen con una mirada, un gesto, una sonrisa…”

Valió la pena aquel momento. Al cabo de unos días, de regreso del gimnasio, miró en su buzón y comprobó que había recibido una carta. ¡Una carta con su papel, su sobre y su sello… en la era de la tecnología!, exclamó para sus adentros. La abrió y la leyó como lo hiciera quien espera noticias importantes del hijo que marchó a las américas.

“Querida Angela,

En el fondo hay cosas que nunca llegarás a decir por miedo. En realidad todos somos un poco cobardes cuando se trata de decir algo que nos importa demasiado. Que las cosas que importan de verdad, son las que se dicen con una mirada, un gesto, una sonrisa… Hasta hay veces que, sin tener lo que quieres, te da miedo perderlo. Pero no vale la pena forzar las cosas, todo ocurre cuando menos te lo esperas, para bien o para mal, te das cuenta de que nada depende de ti, que también depende de otros, eso hace que la vida sea tan curiosa. Que las cosas no tienen valor por sí solas y serán importantes en la medida que tú les des importancia

Tuya, siempre, Angela”.

 

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Geometría no euclidiana en Bilbao

Decidimos no planear con antelación nuestra visita, aún a riesgo de la frustración, y no compramos las entradas “on line” para evitar colas. ¿ Qué fue del arte de hacer cola para entrar en el cine, en el estadio, acaso en un museo? Somos del mismo parecer: la vida es aburguesamiento en forma de molicie, que afecta al pensamiento, la charla pausada, la paciencia y el movimiento hasta el punto de aniquilar ese deseo irrefrenable de descubrir cosas, la pasión.

Partimos deliberadamente en coche desde Vitoria. Esta vez el paisaje variaría respecto de nuestra llegada al norte. Ya no eran absolutamente verdes los colores predominantes. En una suerte pictórica de la mano de Dios, se mezclaban con ocres y marrones de vestidas montañas, camino del “umbral vasco” donde los Pirineos descienden para formar sin riña otra cordillera, la cantábrica, en la que las planicies están algo inclinadas. Bajábamos cuando subíamos, y viceversa, como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida

Esta vez el paisaje variará, ya no serán totalmente verdes los colores predominantes, estos se mezclarán con ocres y marrones de las montañas, piensa que estás viajando hacia el llamado umbral vasco, adonde los Pirineos descienden a formar la Cordillera Cantábrica, por lo cual las “planicies estarán algo inclinadas” pero siempre cubiertas por sembrados.

Apenas hablábamos. Apenas sí unas exclamaciones e interjecciones de asombro. Mirábamos el horizonte y todo lo que nos envolvía sin que nuestros ojos viesen. El corazón parecía sentir sin palpitar. ¡Suspiros cortos!, momentos que sugerían una conciencia de eternidad en cada cuesta. La fantasía había derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

De repente, entre dos cadenas montañosas que parecen pugnar por el título de reina protectora del lugar se mostró la ciudad que fundó “El Intruso”, otrora comercial, mercantil, industrial, ahora reinventada.

Frente a nosotros, allí donde la ría deja de ser río, se alzaba caprichoso y singular un edificio que se manifiestar como un barco que rinde homenaje a la ciudad portuaria que siempre y que siempre será. Sus paneles brillantes de titanio sugerían escamas de pez, recordándonos, tal vez, influencias de formas orgánicas inertes pero vivas, armónicas pero disonantes, desordenadamente ordenadas, desorganizadamente estructuradas y ordenadas, como la vida misma.

Nuestras inquietas cabezas jugaron a las imágenes mentales: fragmentación no lineal en una suerte de manipulación de ideas aparentemente estructuradas cuyos postulados y propiedades difieren en algunos puntos de aquellos que Euclides estableció en sus Elementos. Formas no rectilíneas que distorsionaban y dislocaban algunos de los principios elementales de la arquitectura de la arquitectura y de la vida, como di nos quisiera decir que en el mundo en el que vivimos está gobernado por algún ente, alguna ley trascendental, como la mano de Dios, que gobierna el destino de los hombres y las decisiones que creemos tomar libremente tan solo son hechos predestinados.

Dicen, sin embargo que, a vista de pájaro, aquel caos controlado de titanio y piedra caliza, en que cubiertas y fachadas juegan amistosamente entre sí, posee la forma de una flor. Tal vez, nos dijimos, el arquitecto de las tendencias orgánicas nos quiso decir con ello que no hay más que una vida; acaso no hay Dios, ni reglas, ni juicios más que los que nosotros aceptemos y creemos para nosotros mismos, y cuando se acaba, se acaba, y dormimos por toda la eternidad.

Nos movimos de un lado para otro buscando ángulos, perspectivas quizás imposibles; acaso tretas de lo que estábamos viendo no existía pero lo veíamos, y  descubrimos, pues de ello se trataba cuando partimos de Vitoria, que el edificio domina las vistas de la zona donde debe dominarlas pero desde el río se reivindica modesto, como nosotros, como las gentes, inmortalmente mortales. Fuimos felices mientras estuvimos allí.

Era jueves, laborable, pero había cola para entrar al singular y caprichoso edificio. No importaba. Un eterno momento pausado para hablar de todo y de nada nos acompañó en el tránsito administrativo de una ensoñación a otra. Le preguntamos a un guía qué podíamos ver. Sonrío. Tenía el aspecto de un joven delideradamente envejecido para la ocasión y nos respondió, filosofando, muy propio en el controlado caos del escenario:

– Suele decirse que la gente ve lo que quiere ver. Hay personas que pueden dar un paso atrás y descubrir que les faltaba ver las cosas con más perspectiva. Otras personas se dan cuenta de que la vida les está pasando factura. Otras pueden ver lo que estaba ahí desde el principio… Y luego estan esas personas, aquellas que huyen lo más lejos posible para no tener que verse a sí mismos.

En cuanto a nosotros, puedo decir que lo vimos todo más claro.

Empujados, casi arrastrados, por insospechadas manos, quizás las de aquel insólito guía, acabamos en la sala de la exposición “El arte en guerra”, donde artistas como Picasso  o Dubuffet y los surrealistsa de la época nos ilustraban sobre la crudeza de un tiempo no tan lejano y de las miserias de la humanidad.

Nos hablaban de un tiempo en que, atrincherados en su estudio, creaban para resistir, indicándonos nuestra parte más oscura, nuestras miserias. Eran voces que hablaban cuando ellos no tenían libertad para hacerlo. Emociones largo tiempo prisioneras y ahora liberadas.

Vimos tras un “dictador” a un ser acomplejado, reprimido, inseguro y desequilibrado y frente a él, aquellos que hicieron del arte un arma de guerra contra el enemigo; encerrados en su estudio, en un sótano, también en un campo de concentración, su obra dio sentido a sus vidas, y a las nuestras.

El alsaciano Joseph Steib tomó vida en su óleo. Nos habló de que, por buenas que sean las ideas, por acertadas que sean las intenciones, si los actos conllevan agresividad, rigidez y estrechez de miras, el resultado será siempre catastrófico.

Al salir de la ensoñación, aquel guía jovemente envejecido nos despidió con una sonrisa, la misma sonrisa del artista liberado, agridulce, mezcla de optimismo y melancolía:

“caballeros la responsabilidad es suya. La libertad no puede ser concebida sino conquistada”.

Un cuento de Jordi Planes y Goyo Martínez a propósito de un viaje que el excelente coach y escritor de Vilassar de Mar llevó a cabo al País Vasco para presentar sus últimos libros y durante el cual tuvo la feliz idea de visitar el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se expone “El arte en guerra. Francia, 1938-1947, de Picasso a Dubuffet”, una muestra que reúne más de 500 obras de un centenar de artistas, incluyendo documentos, fotografías y películas inéditas, que evidencian la forma en la que estos creadores resistieron y reaccionaron, “haciendo la guerra a la guerra” con formas y materiales casuales impuestos por la penuria, incluso en los lugares más hostiles a toda expresión de libertad. Y para la ocasión, una excelente composición musical de la banda sonora de La Lista de Schindler.

El conquistador

 

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EL ANCLAJE

Le oí respirar y me calmé. Era como si nos habláramos sin palabras. Me pregunto cómo y cuándo aprendimos ese lenguaje secreto. Sólo sé que en algún momento, en los silencios, le oía. Y ahora sólo me quedan las palabras, esas palabras inútiles cuando lo único que quiero es seguir siempre tu senda, tus pasos, tus huellas. 

El viejo de la imprenta había llegado extenuado, casi exánime, luego de su último viaje en su bagaje de cosas que ver y descubrir antes de morir: la ascensión al Himalaya, para tocar el cielo sin salir de la tierra, en busca de la montaña desnuda, a través de los bosques montanos. Fueron siete días que evocaron siete años. Y a fe que respiró. Lo hizo profundamente. Luego penso alto, sintió hondo y habló claro. No había nadie más pero todos le oyeron. 

Estaba abatido, pero no batido. Eso nunca.

– ¿ Te duele ? – pregunté. El viejo puso cara de no saber si le preguntaba por la vida o por sus heridas recientes.

– El dolor solo hay que aguantarlo, esperar a que se vaya por si solo y a que la herida que lo ha causado cicatrice, no hay soluciones ni respuestas sencillas, solo hay que respirar hondo y esperar a que se calme – me respondió con un hilo de voz, pero respuesta al fin y al cabo.

– ¡Respira, querido viejo! ¡Respira!

Luego, me hizo tomar un libro de una vieja estantería. Un libro tan viejo como él, una estantería tan vieja como el libro. No lo abrí por una página al azar. Es como si el libro hubiera tomado vida y me llevara a una página determinada, de las miles que tenía, todas ellas en blanco, obra de un autor tan joven como el viejo, la estantería y el propio libro. Leí:

” Cuando nacemos se produce, de la nada, la primera inspiración. No olvides nunca que ese acto al que no concedemos valor alguno, es fuente de vida. Ese  movimiento de vaivén respiratorio nos acompañará has el último instante de nuestras vidas,  cuando haremos la expiración final que muchos lo llaman el último suspiro. 

Ese tráfico de absorción y expulsión del aire tomando parte de las sustancias que lo componen es calcado al movimiento de las olas del mar al llegar a la playa – se produce, se eleva, se libera y finalmente se diluye en la arena –, y así sucesivamente durante toda la vida.

Respira, es tu gran anclaje. Y el anclaje es aquel lugar adonde nos dirigiremos cuando estemos perdidos. En cualquier momento, en todo lo que hacemos, decimos, sentimos… cuando paramos aceptamos, discernimos y soltamos, aparecen pensamientos, emociones, ilusiones, reacciones etc. Desde allí, iremos directamente a nuestro anclaje.

Como la respiración, ese anclaje nunca nos fallará, a menos que quieras que te falle. Recuerda: somos naturaleza en constante vaivén: se produce, se eleva, se libera, se diluye y así sucesivamente.

Como la respiración, nacemos de un silencio interior y se diluye en el mismo silencio, convirtiéndose en una acto auténtico y natural, el cual, en cualquier momento, lugar, situación y acción, nos devolverá al puerto de anclaje. Si tienes tiempo para respirar, tienes tiempo para vivir y debes vivir hasta el último suspiro de vida. ¡Toma aire! “

Respira hondo, querido viejo. Yo lo hago contigo.

Un cuento que nace de la inspiración del sociólogo y escritor Vicenç Alujas y de las historias del viejo de la imprenta sobre un acto tan sencillamente complejo como es respirar, vivir. Música de Noa, “Beautiful that way”, qué bello es vivir.

 

 

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