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EL ANCLAJE

06 Abr

Le oí respirar y me calmé. Era como si nos habláramos sin palabras. Me pregunto cómo y cuándo aprendimos ese lenguaje secreto. Sólo sé que en algún momento, en los silencios, le oía. Y ahora sólo me quedan las palabras, esas palabras inútiles cuando lo único que quiero es seguir siempre tu senda, tus pasos, tus huellas. 

El viejo de la imprenta había llegado extenuado, casi exánime, luego de su último viaje en su bagaje de cosas que ver y descubrir antes de morir: la ascensión al Himalaya, para tocar el cielo sin salir de la tierra, en busca de la montaña desnuda, a través de los bosques montanos. Fueron siete días que evocaron siete años. Y a fe que respiró. Lo hizo profundamente. Luego penso alto, sintió hondo y habló claro. No había nadie más pero todos le oyeron. 

Estaba abatido, pero no batido. Eso nunca.

– ¿ Te duele ? – pregunté. El viejo puso cara de no saber si le preguntaba por la vida o por sus heridas recientes.

– El dolor solo hay que aguantarlo, esperar a que se vaya por si solo y a que la herida que lo ha causado cicatrice, no hay soluciones ni respuestas sencillas, solo hay que respirar hondo y esperar a que se calme – me respondió con un hilo de voz, pero respuesta al fin y al cabo.

– ¡Respira, querido viejo! ¡Respira!

Luego, me hizo tomar un libro de una vieja estantería. Un libro tan viejo como él, una estantería tan vieja como el libro. No lo abrí por una página al azar. Es como si el libro hubiera tomado vida y me llevara a una página determinada, de las miles que tenía, todas ellas en blanco, obra de un autor tan joven como el viejo, la estantería y el propio libro. Leí:

” Cuando nacemos se produce, de la nada, la primera inspiración. No olvides nunca que ese acto al que no concedemos valor alguno, es fuente de vida. Ese  movimiento de vaivén respiratorio nos acompañará has el último instante de nuestras vidas,  cuando haremos la expiración final que muchos lo llaman el último suspiro. 

Ese tráfico de absorción y expulsión del aire tomando parte de las sustancias que lo componen es calcado al movimiento de las olas del mar al llegar a la playa – se produce, se eleva, se libera y finalmente se diluye en la arena –, y así sucesivamente durante toda la vida.

Respira, es tu gran anclaje. Y el anclaje es aquel lugar adonde nos dirigiremos cuando estemos perdidos. En cualquier momento, en todo lo que hacemos, decimos, sentimos… cuando paramos aceptamos, discernimos y soltamos, aparecen pensamientos, emociones, ilusiones, reacciones etc. Desde allí, iremos directamente a nuestro anclaje.

Como la respiración, ese anclaje nunca nos fallará, a menos que quieras que te falle. Recuerda: somos naturaleza en constante vaivén: se produce, se eleva, se libera, se diluye y así sucesivamente.

Como la respiración, nacemos de un silencio interior y se diluye en el mismo silencio, convirtiéndose en una acto auténtico y natural, el cual, en cualquier momento, lugar, situación y acción, nos devolverá al puerto de anclaje. Si tienes tiempo para respirar, tienes tiempo para vivir y debes vivir hasta el último suspiro de vida. ¡Toma aire! “

Respira hondo, querido viejo. Yo lo hago contigo.

Un cuento que nace de la inspiración del sociólogo y escritor Vicenç Alujas y de las historias del viejo de la imprenta sobre un acto tan sencillamente complejo como es respirar, vivir. Música de Noa, “Beautiful that way”, qué bello es vivir.

 

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