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Geometría no euclidiana en Bilbao

07 Abr

Decidimos no planear con antelación nuestra visita, aún a riesgo de la frustración, y no compramos las entradas “on line” para evitar colas. ¿ Qué fue del arte de hacer cola para entrar en el cine, en el estadio, acaso en un museo? Somos del mismo parecer: la vida es aburguesamiento en forma de molicie, que afecta al pensamiento, la charla pausada, la paciencia y el movimiento hasta el punto de aniquilar ese deseo irrefrenable de descubrir cosas, la pasión.

Partimos deliberadamente en coche desde Vitoria. Esta vez el paisaje variaría respecto de nuestra llegada al norte. Ya no eran absolutamente verdes los colores predominantes. En una suerte pictórica de la mano de Dios, se mezclaban con ocres y marrones de vestidas montañas, camino del “umbral vasco” donde los Pirineos descienden para formar sin riña otra cordillera, la cantábrica, en la que las planicies están algo inclinadas. Bajábamos cuando subíamos, y viceversa, como caminar cuesta abajo por la cuesta de la vida

Esta vez el paisaje variará, ya no serán totalmente verdes los colores predominantes, estos se mezclarán con ocres y marrones de las montañas, piensa que estás viajando hacia el llamado umbral vasco, adonde los Pirineos descienden a formar la Cordillera Cantábrica, por lo cual las “planicies estarán algo inclinadas” pero siempre cubiertas por sembrados.

Apenas hablábamos. Apenas sí unas exclamaciones e interjecciones de asombro. Mirábamos el horizonte y todo lo que nos envolvía sin que nuestros ojos viesen. El corazón parecía sentir sin palpitar. ¡Suspiros cortos!, momentos que sugerían una conciencia de eternidad en cada cuesta. La fantasía había derramado su fuego espiritual sobre la naturaleza exterior agrandando las cosas pequeñas, aquellas a las que apenas prestamos importancia y que hacen de nosotros seres, sino imprescindibles, sí importantes.

De repente, entre dos cadenas montañosas que parecen pugnar por el título de reina protectora del lugar se mostró la ciudad que fundó “El Intruso”, otrora comercial, mercantil, industrial, ahora reinventada.

Frente a nosotros, allí donde la ría deja de ser río, se alzaba caprichoso y singular un edificio que se manifiestar como un barco que rinde homenaje a la ciudad portuaria que siempre y que siempre será. Sus paneles brillantes de titanio sugerían escamas de pez, recordándonos, tal vez, influencias de formas orgánicas inertes pero vivas, armónicas pero disonantes, desordenadamente ordenadas, desorganizadamente estructuradas y ordenadas, como la vida misma.

Nuestras inquietas cabezas jugaron a las imágenes mentales: fragmentación no lineal en una suerte de manipulación de ideas aparentemente estructuradas cuyos postulados y propiedades difieren en algunos puntos de aquellos que Euclides estableció en sus Elementos. Formas no rectilíneas que distorsionaban y dislocaban algunos de los principios elementales de la arquitectura de la arquitectura y de la vida, como di nos quisiera decir que en el mundo en el que vivimos está gobernado por algún ente, alguna ley trascendental, como la mano de Dios, que gobierna el destino de los hombres y las decisiones que creemos tomar libremente tan solo son hechos predestinados.

Dicen, sin embargo que, a vista de pájaro, aquel caos controlado de titanio y piedra caliza, en que cubiertas y fachadas juegan amistosamente entre sí, posee la forma de una flor. Tal vez, nos dijimos, el arquitecto de las tendencias orgánicas nos quiso decir con ello que no hay más que una vida; acaso no hay Dios, ni reglas, ni juicios más que los que nosotros aceptemos y creemos para nosotros mismos, y cuando se acaba, se acaba, y dormimos por toda la eternidad.

Nos movimos de un lado para otro buscando ángulos, perspectivas quizás imposibles; acaso tretas de lo que estábamos viendo no existía pero lo veíamos, y  descubrimos, pues de ello se trataba cuando partimos de Vitoria, que el edificio domina las vistas de la zona donde debe dominarlas pero desde el río se reivindica modesto, como nosotros, como las gentes, inmortalmente mortales. Fuimos felices mientras estuvimos allí.

Era jueves, laborable, pero había cola para entrar al singular y caprichoso edificio. No importaba. Un eterno momento pausado para hablar de todo y de nada nos acompañó en el tránsito administrativo de una ensoñación a otra. Le preguntamos a un guía qué podíamos ver. Sonrío. Tenía el aspecto de un joven delideradamente envejecido para la ocasión y nos respondió, filosofando, muy propio en el controlado caos del escenario:

– Suele decirse que la gente ve lo que quiere ver. Hay personas que pueden dar un paso atrás y descubrir que les faltaba ver las cosas con más perspectiva. Otras personas se dan cuenta de que la vida les está pasando factura. Otras pueden ver lo que estaba ahí desde el principio… Y luego estan esas personas, aquellas que huyen lo más lejos posible para no tener que verse a sí mismos.

En cuanto a nosotros, puedo decir que lo vimos todo más claro.

Empujados, casi arrastrados, por insospechadas manos, quizás las de aquel insólito guía, acabamos en la sala de la exposición “El arte en guerra”, donde artistas como Picasso  o Dubuffet y los surrealistsa de la época nos ilustraban sobre la crudeza de un tiempo no tan lejano y de las miserias de la humanidad.

Nos hablaban de un tiempo en que, atrincherados en su estudio, creaban para resistir, indicándonos nuestra parte más oscura, nuestras miserias. Eran voces que hablaban cuando ellos no tenían libertad para hacerlo. Emociones largo tiempo prisioneras y ahora liberadas.

Vimos tras un “dictador” a un ser acomplejado, reprimido, inseguro y desequilibrado y frente a él, aquellos que hicieron del arte un arma de guerra contra el enemigo; encerrados en su estudio, en un sótano, también en un campo de concentración, su obra dio sentido a sus vidas, y a las nuestras.

El alsaciano Joseph Steib tomó vida en su óleo. Nos habló de que, por buenas que sean las ideas, por acertadas que sean las intenciones, si los actos conllevan agresividad, rigidez y estrechez de miras, el resultado será siempre catastrófico.

Al salir de la ensoñación, aquel guía jovemente envejecido nos despidió con una sonrisa, la misma sonrisa del artista liberado, agridulce, mezcla de optimismo y melancolía:

“caballeros la responsabilidad es suya. La libertad no puede ser concebida sino conquistada”.

Un cuento de Jordi Planes y Goyo Martínez a propósito de un viaje que el excelente coach y escritor de Vilassar de Mar llevó a cabo al País Vasco para presentar sus últimos libros y durante el cual tuvo la feliz idea de visitar el Museo Guggenheim de Bilbao, donde se expone “El arte en guerra. Francia, 1938-1947, de Picasso a Dubuffet”, una muestra que reúne más de 500 obras de un centenar de artistas, incluyendo documentos, fotografías y películas inéditas, que evidencian la forma en la que estos creadores resistieron y reaccionaron, “haciendo la guerra a la guerra” con formas y materiales casuales impuestos por la penuria, incluso en los lugares más hostiles a toda expresión de libertad. Y para la ocasión, una excelente composición musical de la banda sonora de La Lista de Schindler.

El conquistador

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Una respuesta a “Geometría no euclidiana en Bilbao

  1. Cylthia CG

    19/04/2013 at 10:04

    Continuo tratando de verme sin ver…

     

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