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Querida Angela…

20 Abr

Nadie sabe a ciencia cierta la edad del viejo de la imprenta. Ni yo mismo la conozco. Eso me llevó a preguntarle en una ocasión si, en algún momento de su vida, había sentido que su vida había estado muy vacía. Él, en aquel preciso instante, pelaba una cebolla sin llorar. Aún me pregunto cómo lo lograba.

El caso es que por mi cabeza rondaba esa eterna pregunta de si vemos la botella medio vacía o medio llena. A veces, más de las deseadas, me digo que ni siquiera veo la botella. Será cierto aquello que todo el mundo dice que un día nos  despertamos, nos miramos al espejo y preguntamos: ¿Cómo he llegado aquí?

El viejo replicó de inmediato. 

– No tiene porque ser así.

– ¿A no?

Su sentencia no se hizo esperar.

– No hay ninguna norma que diga que tenemos que despertarnos. No lo olvides.

Gracias una vez más, querido viejo; el hecho de que esté en pie, no quiere decir que esté vivo. Hoy, el Café Romantic presenta un breve relato sobre el valor de la vida vivida y por vivir, -no importa de qué día ni de qué época, ni siquiera en qué lugar-, de Ángela Martín, de La Llagosta (Barcelona). Con música de Aerosmith – I Don’t Wanna Miss-.

Era una deliciosa rutina, porque no todas las rutinas tienen porque ser desagradables. Cada día, a media tarde, acudía al gimnasio. No se trataba sólo del hábito de cuidar el cuerpo a sus treinta y tantos. Era también un modo de descargar la adrenalina de una vida azarosa, que atropella hasta el hastío; la vida de una mujer que se había hecho a sí misma dejando atrás un pasado de comodidad junto a un hombre que nunca fue… En realidad, no  importaba ya aquel que se decía hombre. 

Aquel día, sin embargo, rompió por unos instantes su mecánica rutina. En el trayecto al gimnasio detuvo su turismo rojo en un punto del camino indefinido. No importaba el lugar, sólo el momento. Encendió un cigarrillo. Tampoco importaba ni el sabor ni la marca; únicamente seguía valiendo el instante. De repente, tomó su agenda de su bolso y se puso a escribir:

“Querida Angela,

En el fondo hay cosas que nunca llegarás a decir por miedo. En realidad todos somos un poco cobardes cuando se trata de decir algo que nos importa demasiado. Que las cosas que importan de verdad, son las que se dicen con una mirada, un gesto, una sonrisa…”

Valió la pena aquel momento. Al cabo de unos días, de regreso del gimnasio, miró en su buzón y comprobó que había recibido una carta. ¡Una carta con su papel, su sobre y su sello… en la era de la tecnología!, exclamó para sus adentros. La abrió y la leyó como lo hiciera quien espera noticias importantes del hijo que marchó a las américas.

“Querida Angela,

En el fondo hay cosas que nunca llegarás a decir por miedo. En realidad todos somos un poco cobardes cuando se trata de decir algo que nos importa demasiado. Que las cosas que importan de verdad, son las que se dicen con una mirada, un gesto, una sonrisa… Hasta hay veces que, sin tener lo que quieres, te da miedo perderlo. Pero no vale la pena forzar las cosas, todo ocurre cuando menos te lo esperas, para bien o para mal, te das cuenta de que nada depende de ti, que también depende de otros, eso hace que la vida sea tan curiosa. Que las cosas no tienen valor por sí solas y serán importantes en la medida que tú les des importancia

Tuya, siempre, Angela”.

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