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Hay tres pianos de cola que buscan quien los toque en Alcalá

21 Abr

Decía Balzac que los cafés eran el parlamento del pueblo. Y si lo decía Balzac, es que así debía ser, pues no se trataba de llevarle la contraria a quien hizo de la competencia con el registro civil un arte, en una comedia muy humana.

El viejo de la imprenta y yo nos pusimos en marcha. Y nos tomamos la vida con humor, y el humor muy en serio. No había urgencias. Deseo, sí. Durante el camino, el viejo me preguntó:

– ¿Oyes?

– ¿El qué?, no oigo nada – respondí, porque de preguntar y responder se trataba el asunto.

– ¡Exacto, nada! – aclaró el viejo, pues de eso también se trataba.

Hicimos las cosas como se hacían en provincias, bien y sin prisas, tanto que incluso nos fiábamos del aire que no veíamos. No éramos lo que teníamos, éramos que lo seríamos. Parecidos pero distintos. No nos preocupaba demasiado lo que dijeran de nosotros; ni siquiera Dios ha logrado caerle bien a todo el mundo. Sonreímos.

– Los caminos del Señor son inescrutables – observé.

– Yo, cada vez, entiendo menos al Señor – sentenció el viejo.

Nos miramos con cara de asentimiento; la historia, nuestra historia, quizás, ha sido escrita a cuatro manos, en un extraño acuerdo, por Dios y el diablo. Ya se sabe que la mejor treta del diablo es convencernos de que no existe y nos dio por discutir a Paulo (Coelho): sí, las decisiones de Dios son misteriosas, pero no, no siempre a nuestro favor.

Y es así que alcanzamos un destino incierto. Dos mil años de historia a nuestros pies. Caminábamos sólos entre la impronta y huella de carpetanos, romanos, musulmanes, judíos y cristianos, descburiendo suntuosas y humildes construcciones, bellos rincones en un excelente entramado urbano medieval, crisol de tres culturas, de tres religiones.

Nos llamó la atención, porque de sorprenderse iba el asunto, un cartel en un café que evocaba aquellos parlamentos del pueblo de Balzac: “tres pianos de cola buscan quien los toque”.

El café cobraba vida en una antigua casa protegida, en la calle del Empecinado, a tan sólo unos metros de la Catedral Magistral y a 6 minutos, ni uno más ni uno menos, de la Plaza Cervantes, según pudimos comprobar.

Distintos ambientes, del más íntimo al más distentido, nos saludaron. Como dejó escrito Unamuno, en esta Ciudad de Dios, del saber, siempre daremos con este lugar, en el que se encontraban gentes porque se citaban, y otros que se citaban porque no se encontraban.

Había uno, al que llamaban Desperdicios, que llevaba un cartel que rezaba, “por favor no me pregunten por mi hermano”. Otros debatían de “sangre y arena”. A su lado, y en una servilleta, un tipo de con aspecto de negociante de los años cincuenta trataba de vender tres toneladas de brea a quien se sentaba a su lado, en una silla en la que no había nadie. Era, ciertamente, un café parlante.

Los camareros se apresuraban a servir, sobre todo, Chartreuse, anises y cafés, por supuesto. A nosotros se dirigió una mujer cuyo rostro adulto permitía adivinar a la niña, a la adolescente, a la joven que todavía llevaba dentro y a la vieja que será. Sin duda había sido, era y sería una niña con piel apergaminada, de aquellas que robaban rosas en jardines de ricos para regalarlas a los amores y a los afligidos. Le pusimos nombre a aquel rostro: Cristina.

Pronto descubrimos que Cristina, como aquel café, se alejaba de todo convencionalismo, una persona única dada a la tertulia, al intercambio de ideas y de idiomas, si se terciara. Nos invitó a colorida jaima árabe, al estilo de un moderno “chill out”, mientras un joven de gafitas redondas y aspecto despistado trataba de reparar una imaginaria bicicleta en un reservado a modo de taller social.

No se veía a nadie ni mohíno ni desorientado, de modo que de allí no surgiría por fortuna una novela de zombis falangistas ni un poemario de naturaleza pornográfica y asonantada que abordase asuntos como la lucha de clases y la pesca. 

Había otro que giraba a nuestro alrededor sin moverse del sitio que le dio por llamar al lugar “nouveau boulevard”, magnífico nombre sin duda, pero a ver quién se atrevía a pronunciarlo tres gintonics después.

A Cristina le dio por pedir un cóctel a un camarero que ejecutaba las suertes clásicas del oficio con conocimiento, pureza y pericia. El secreto del local no estaba tanto en su nombre o decoración, sino en el talento de quien oficiaba tras la barra. Acompañamos a Cristina en la sugerencia: tres dry martini, un plateado prodigio.

Hubo una segunda ronda… Cristina evocó a la gran Dorothy Parker:

– Me encantan los dry martini, pero nunca más de dos. Con tres voy bajo la mesa.  Con cuatro bajo el anfitrión.

De pronto, la noche se tornó silencio, de luna, de plegarias y velas, desconocida y mágica Alcalá…

– ¡Hoy, soy yo, a mi manera, sólo yo, y voy a sentirme bien para honrar la vida…! -proclamó la mujer de aspecto pizpireta, que no tendría más de 59 años ni menos de 59 años. No importaba. En todo caso, hacía 39 años que tenía 20 años, le dijo el viejo, lisonjero, sincero.

Y luego, dentro de otros 59 años, adónde iremos, preguntamos a Cristina.

– A la playa de mi infancia – respondió, segura.

– ¿ Y qué hay allí?

Nos habló de su admirado José Luis (Sampedro). Allí habrá una ambición, la de morir como un río en el mar, notando la sal. Y con nosotros vendrá Gibran porque, efectivamente, debe haber algo extrañamente sagrado en la sal: está en nuestras lágrimas y en el mar.

Los tres pianos de cola ya habían encontrado quien los tocara, en Alcalá. Gracias Cristina, nos encontramos en el camino.

Un relato del Café Romantic, con textos e inspiración de Cristina Penalva y del Café Continental de Alcalá de Henares. Música de “The John Durban theme”.

 

 

 

 

 

 

 

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2 Respuestas a “Hay tres pianos de cola que buscan quien los toque en Alcalá

  1. Cylthia CG

    21/04/2013 at 18:23

    Me he sentado a observar la escena y disfrutar de sus detalles, justo atrás del vendedor de brea, así no hará intentos para vendérmela…

     
  2. crispenp2

    03/05/2013 at 5:03

    El Café Continental y la tertulia la Espiral de Atenea, ha recibido “Hay tres pianos de cola que buscan quien los toque en Alcalá”. Gracias Goyo, ya eres parte de nuestros encuentros, te hemos dejado un espacio en nuestra haima, te esperamos, un fuerte abrazo, Chris

     

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