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82 KILÓMETROS

28 Abr

Imagen con música

El viejo de la imprenta tenía una madre, como todos. De hecho, y aún los años transcurridos -que ni él mismo recuerda-, aún la tiene, aunque físicamente no está entre nosotros. Pero eso, por ley de vida, ya no importa.

Suele hablar de ella, pero no con pena. Simplemente habla de ella. De cómo le dejó, del sufrimiento lentísimo que fue consumiéndola. De sus cosas habla y también de sus gustos, de lo que amaba y no amaba, de lo que hacía, decía y sentía.

De ella hablamos, pero nunca con pena. Poco a poco, es tan suya, tan nuestra, que no hace falta ni que hablemos de ella para recordarla. Poco a poco se ha convertido en un gesto, una palabra, un gusto, una mirada que fluye sin decirlo ni pensarlo.

Siempre le escribe para que la muerte nunca tenga la última palabra. Y echa la carta al buzón sabiendo que le llegará. El hecho, por extraño que parezca, es que nunca le devuelven  ninguna carta. Llegué a barruntar que había sobornado al cartero. Pero, no. Un día hablé con él para aclarar el misterio y me negó rotundamente la cuestión. Quizá, el cartero tiene hilo directo con el cielo, algún código postal allá en el infinito azul, conjeturé.

El viejo nunca permitió que su madre -ni su padre- acabara en un asilo, aquel lugar adonde van las personas cuando la vida ha terminado con ellos antes de que ellos hayan terminado su vida.

Un día me hizo el honor de acompañarle al sagrado lugar donde vivía su madre, su hogar. En aquel sitio, tampoco le faltaba el humor. Presumía de que su madre, a sus noventa y pico, era la que mejor se conservaba del camposanto.

En el sitio no parecía haber nada de particular, pero sobre la lápida de la madre había una nubecilla gris y el aura del lugar hacía que pudieran suceder cosas extrañas o imaginadas. Percibí que el tiempo pasaba despacio cuando uno es joven, como el viejo, como yo. Había algo insólito en la quietud de las piedras.

– ¿ Qué edad tenía? -pregunté

– Disculpa, tiene. Unos noventa y pico… las buenas personas siempre mueren jóvenes – replicó.

– ¡Cierto! – sentencié.

Nos sentamos frente a la morada de su madre, y me hizo tomar papel y lápiz. Por favor, ¡escribe!, rogó el viejo. Ni eso le podía negar a mi querido viejo.

– Madre, nunca me cansaré de decirte que eres el ejemplo a seguir. Me has enseñado los valores de la vida, de cómo es y, sobre todo, de cómo hay que vivirla. Siempre regreso al pueblo que me vio nacer, me siento en el quicio de la vieja puerta de la vieja casa, y aún siento el placer de tus tortitas. ¡Recuerdas!, acababa con chocolate hasta en los ojos.

Sé que estás a mi lado, porque te siento cada vez más cerca de mí. ¿Recuerdas la trompeta que me regalaste?. Sí, esa de la que me decías, “no soples, que no hay agujero”. Y, yo, como era tontito, soplaba para hacer sonar esa canción que tanto te gusta: ¡sonrisas y lágrimas!…

Releímos las frases escritas y dichas con el alma y con el corazón, como no podía ser de otra manera. Reímos a propósito del chocolate y de la trompeta. Un día repetiríamos esas cómicas escenas, nos dijimos.

Luego, de nuevo en la serenidad, me pidió que prosiguiera con la carta. La propuesta fue como si me entregaran el premio Nobel. No dudé ni un instante.

Reinicié la carta dirigiéndome a ella como señora, por aquello de la buena educación. Pero lo taché. Al fin y al cabo, también la había hecho mía, y le llamé ¡madre!. El viejo aplaudió el gesto.

¡Madre!, al final, que es un principio, como muy bien sabes, la vida es eso. Te escribo para que la muerte no tenga la última palabra. Nunca permitiré que la muerte esté tan segura de su victoria. Te fuiste, para volver siempre, una tarde de primavera en que no había una sola nube en el cielo, y lo hiciste con los ojos cerrados y el corazón abierto…

… Limpié la casa, cerré la puerta y dije ¡hasta luego!. Y comencé a representar el papel que se me había otorgado en esta obra trágica y cómica que es la vida,con miedo, sí, unas veces a disgusto y otras con la esperanza de recuperar algo que no sabía ni a que olía, cómo era cuando empecé, ni lo que me impulsaba a seguir adelante ni porqué. ¿Dónde está, madre, lo que me sujeta a ser feliz? ¿Qué alegría pequeña viene a llenar los minutos de hoy?…

… A veces, madre, me quedo esperando a la vida , como si la vida fuera otra cosa, sin saber que ese tiempo del futuro, no es más que este, que este tiempo es lo único que tengo, rebelde a los límites y las barreras, que soy mi piel y mi rostro, con las huellas de los años  repetidos, sin miedo a estrellarme, al error, siempre con subidas y bajadas, con buenos y dulces momentos, inundados de oportunidades, de esperanza, descubriendo quién es cada uno en cada paso, dejándome sorprender por lo inesperado, sin dejarme asustar por el cambio, por la imprevisible vida que abre las ventanas como el viento y lo cambia todo, agarrado a lo único que tengo: los minutos, las horas, los días… el proyecto de vivir, la posibilidad de cambiar y seguir caminando, agarrado a la vida con hambre de más, siempre.

Y la muerte; la muerte, ese accidente es lo de menos. ¡Madre!, si no sé adónde voy, no iré a ninguna parte. A ti te lo debo”.

El viejo aplaudió la carta. Derramó alguna lágrima, algo insólito en él. Hasta aquel día, era poco dado a expresar abiertamente sus sentimientos, incluso ante mí. Nos abrazamos. Creo que aquella fue la primera vez que lo hicimos.

Luego, nos propusimos caminar hasta reventar. Por nosotros, por ella. Fueron ocho kilómetros pero parecieron 82. No importaba. Lo logramos. Y los dedicamos, nos los dedicamos.

Muchas veces, en conferencias, sobre todo ante estudiantes, me preguntan qué hace falta para escribir, cómo se escribe, por qué escribo. Y yo, suelo responder, tomando las palabras de Pascual Serrano, que para escribir hace falta valor y, para tener valor, hace falta tener valores porque, sin valores, más vale callar. Y escribo para los demás porque si lo hiciera para mí, moriría conmigo. Escribir me mantiene cuerdo en este loco plano de la vida.

Y siempre digo y repito que lo hago, digo y escribo lo hago con el corazón pues no quiero, ni sé, hacerlo de otra manera. Y también acostumbro a decir que los recuerdos son uno de los legales más importantes del ser humano. Recordar y ser recordado es tan importante como la vida misma. Hoy persona, mañana recuerdo. Hoy recuerdo, ayer persona.

Este relato está inspirado y dedicado a Empar Baños, una de esas personas que es paradigma, un ejemplo a seguir. A sus 26 años, Empar despidió el viernes a su madre, tras una nueve años de lucha contra un cruel enfermedad. No fue un adiós, nunca lo será, como yo me dije hace más de tres años con mi padre.

Veinticuatro horas después, Empar se subía a una bicicleta y logró el reto que se había propuesto, por ella, por su madre. Ayer sábado, 27 de abril de 2103, logró completar los 82 kilómetros de una durísima carrera, como la vida misma, por el desierto de Los Monegros. Hace unas horas, Empar, a través de su teléfono móvil, nos decía en su Facebook:

“Repte aconseguit!!! Hem acabat els 82km (al final han sortit més…) al desert dels Monegros 🙂 Ja sabeu com era d’important per a mi. Mamá va por ti! Gracias x pedalear conmigo!”

Desde aquí, Empar, simplemente, un aplauso y con eso te lo quiero decir todo. Por ti, por tu madre.

 

 

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