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Dos veces diez, diez veces veinte… Venecia

05 May

Camino de la casa del viejo de la imprenta, en compañía de mi pequeño John Nieve, el más fiel de entre las fieles amistades bestias que tengo, y de quien admiro su inteligencia en contraposición a la bestialidad de los hombres, me topé nuevamente con aquella mirada con la que, posiblemente, nunca tendré más que eso, miradas. Nunca nos hemos dicho nada. Posiblemente, nunca nos diremos nada. Simplemente, los silencios cómplices y las miradas cruzadas han hablado por nosotros. También nos dedicamos una ingrávida sonrisa. El cuerpo se me aflojó como si en alguna parte hubiera estallado una válvula capaz de liberar dos toneladas de aire. Retomé mi camino con las piernas blandas como gelatina y un pensamiento en la mente.

Alcanzada la casa del viejo, mi mente funcionó como un aparato que proyectaba aquel instante eterno que podía manejar a capricho: a diferente velocidad, secuencia a secuencia, adelante y hacia atrás. Era como si montara una película con tan sólo veinte segundos de acción que se sumaban a los otros veinte de otra tanta veintena de momentos hasta reunir dos veces diez, diez veces veinte, veinte veces veinte.

– ¿La has vuelto a ver? -preguntó el viejo. Cómo diablos lo supo, me interrogué. Siempre me cuestiono cómo sabe lo que pienso, lo que hago, lo que siento, incluso antes de pensarlo, de hacerlo, de sentirlo. Creo que se llevará el secreto a la tumba y como tiene la intención de vivir hasta el último momento de su vida, tardaré en conocerlo.

Asentí. Al parecer, todo en mí delataba que la había visto.

– Hay tres cosas que no se pueden ocultar – anunció.

– La mentira, la ignorancia y la… – no me dejó acabar.

– ¡No!, la tos, la pobreza y el amor – sentenció. Sus sentencias, casi siempre, eran inapelables.

¡Cierto!. Nunca había palabras ni encuentros ni roces con aquella muchacha. Simplemente miradas de veinte segundos y sonrisas libres de campos de gravedad. Y es que algunas personas entran en nuestras vidas, muchas veces por puertas inesperadas, y dejan huella en nosotros y ya nunca somos los mismos.

Como casi siempre, el viejo pronunció las últimas palabras de nuestros momentos, por siempre inmortales.

– Recuerda, mi joven amigo. Entramos en el mundo solos y nos marchamos solos. ¿Y todo lo que ocurre entre medias? Nos debemos a nosotros mismos encontrar algo de compañía. Necesitamos ayuda, necesitamos apoyo. Si no, estamos solos. Desconocidos, incomunicados de los demás. Y olvidamos lo conectados que estamos. Así que, en vez de eso, elegimos el amor. Elegimos la vida,  y por un momento nos sentimos un poco menos solos.

¡Qué momento de veinte segundos!, celebré. La mente determinaba lo que era posible, pero el corazon la sobrepasaba.

No hubo más palabras entre el viejo y yo en aquel instante. No hacían falta. ¿Cómo demonios pude hacerlo? ¿Habría sido yo poseído por su sombra, acaso su espíritu? El caso es que en su mente leí que ha habido momentos en su vida, en la mía, para deliciosos placeres, experiencias inolvidables, instantes de tal felicidad que se diría puede uno tocar el cielo con las manos.

Pero nada resiste la primera vez, como cuando iniciamos el montaje de esta película. Él, como yo, yo como él, hemos vivido momentos estelares en el amor; amor a distancia, en la mirada, en la sonrisa, amor de dos veces diez, diez veces veinte, pero ¿cuándo fue la primera vez?.

¿Fue un sueño? Creo recordar una primera vez. Tampoco hubo palabras ni roces ni besos. Fue un sueño silencioso. Siempre me ha parecido un sueño silencioso, tanto como las veces que nos cruzamos por los pasillos del instituto, en que la vi por primera vez. 

Lo confieso, era yo un adolescente perenne, con su carilla de travieso y los ojos cantarines. Con inconformismo preuniversitario y sus manías, perfeccionista y minucioso en el trabajo hasta la neurosis. De parecer un pollito indefenso, cuando la vi por primera vez ingresé en la vida luego de tiempo de solicitudes formuladas y rechazadas. 

Descubrí que el amor no declarado es el sonido más fuerte, y despertó. Su nombre era María, tímida y preciosa a partes iguales. Le encantaba leer, sobre todo los sábados por la noche de todas las noches de sábado. María sabía que su soledad era sólo un refugio, nadie parecía ver el despertar de su corazón. Me enamoré de ella y su sombra me deslumbró. Aún hoy, su sueño silencioso es mi valor, su baile es mi libertad, su sonrisa mi ingravidez.  

Al viejo y a mí nos gusta el mar, incluso con delirio. Sospecho que lejos de él, nuestras vidas estarían incompletas y moriríamos de añoranza en una urbe sin mar cercano. ¿Pero cuándo fue la primera vez que lo vimos?.

Puedo hablar del momento en que el viejo apareció en mi casa con un cachorro. Mis padres no objetaron nada a que nos lo quedáramos. Era, y siempre será, aún su ausencia física, un perro de bondad infinita. Mi vida, nuestra vida, tampoco habría sido igual sin los perros, ni los gatos, ni los caballos… tan imprescindibles como el mar, como el amor.

¿ Y qué sería de nosotros sin nuestros hijos? Tan cercanos, tan lejanos, siempre tan importantes. Unas veces nos hacen sentir enormemente felices, otras profundamente desdichados pero cuántas veces nos han hecho tocar el cielo con las manos. ¿Y cuándo fue la primera vez? de las dos veces diez, las diez veces veinte, las veinte veces doscientas que he tocado el cielo por, para y con ellos.

¿ Y los padres? Siempre hubo una primera vez, siempre la habrá, aún la distancia, aún la ausencia corporal. Recuerdo una primera vez. Hubo, hay y habrá un día trágico en la vida de un niño, como la del viejo, como la mía, como la tuya, cuando descubre que los padres pueden morir. El pensamiento me rondó durante meses a la hora de dormir y hubo momentos en que, por no poder soportar la idea, lloré sin consuelo. Entonces, mis padres me prometieron algo que no estaba en sus manos, que no dependía de su voluntad: morirían de viejos, muy viejos, y me acompañarían casi durante toda su vida.

En mi mente la idea maduró como maduran los dientes: todo tiene un final. Cerré los ojos y me vi niño, cuando mis padres me explicaban recuerdos de hacía veinte años. 

¿O qué fue del primer viaje tantas veces soñado e imaginado? No hacía falta  revolver en el inmenso baúl de mi memoria: Venecia, el lugar al que, posiblemente, nunca regresaré pero del cual mi alma nunca se irá. El momento del vaporetto, camino del hotel, desembocando en el Gran Canal. Estaba María. Parecía como siempre hubiera estado allí, fuera sábado, se cruzasen nuestras miradas, nos sonríesemos y luego se aplicara a su lectura. 

Estaba yo entre una adolescencia tardía y una apremiante juventud y nunca -creo- había visto nada tan bello. Me habían hablado de la ciudad de los canales que imaginaba como sueños de amor y libertad. Había visto fotografías, películas, guías de viaje, tantas que nunca había estado allí pero creía conocer tanto la historia como para narrarla. Creía estar preparado para lo que me esperaba, y esperaba mucho. Pero no me esperaba una sorpresa tan magnífica; anodadado, conmovido en lo más profundo. Incluso, lloré, aún a riesgo de la mofa de mis compañías que nunca habían estado en Venecia, que nunca lo estarán pese a pisarla dos veces diez.

Lloraba en aquella época pocas veces y lo que no sabía es que, en la madurez, lloraría a menudo, por todo, por nada. Y, así un montón de primera veces…

– Querido viejo, ¿iremos juntos alguna vez a Venecia?

– Mi querido joven amigo, ¡ya estamos en Venecia!

Un relato de un servidor y de Rafael Rodríguez Torres a propósito de sus placenteros paseos en compañía de su “John Nieve” partícular, y en los que siempre hay una primera vez por mucho que se repita, cuando cruzan sus miradas y, posiblemente, sólo habrá eso, miradas para la eternidad.  Y como dice la canción, sigo haciendo pájaros que barro que vuelan. (Un acústico fantástico de Manolo García en la imagen)

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