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La danza de los cabos

11 May

– ¿ Cómo ha ido el viaje? – le pregunté al viejo de la imprenta luego de su periplo por la costa Atlántica, en una empresa que él denominó “la danza de los cabos”. Se trataba de certificar el punto de más extremo al oeste de la península. El asunto andaba entre cabos, como si quisiera atarlos, recapitular, poner las cosas en su sitio, en su propia perspectiva.

Partió del Cabo da Roca, el que dicen que es el punto más occidental de la Europa continental, de toda Euroasia y, lógicamente, de la península ibérica y, naturalmente de la Portugal continental. Allí, donde las estribaciones de una sierra de un pueblo llegan al mar, nace y muere constantemente un acantilado de la altura de 82 hombres y medio, envuelto por una almohamadilla vegetal dispuesta un día por el Dios supremo, o vaya usted a saber quién, para resistir los embates de otro dios, el del viento, que sopla sin cesar. 

Le expedieron un certificado oficial que daba fe de su presencia en el que dicen es el punto más occidental de la Europa continental. El documento era lo de menos. El verdadero certificado se había expedido en su memoria, luego de leer al poeta Luis de Camoes cuando escribió que el Cabo da Rosa era el lugar “donde la tierra acaba y el mar comienza”.

Me explicó que descendió desde ese balcón natural a una playa con nombre de animal, donde forcejeó con las palabras hasta sacarles un nuevo sentido y desvelar al mismo tiempo el carácter ideológico que transportan, quizás una falsa conciencia.

– ¿Una playa con nombre de animal?

– Ursa, la osa.

– Los osos no suelen habitar junto al mar -observé.

– ¿Quiénes somos nosotros para decirles a los osos dónde pueden y deben habitar?.

– ¡Cierto! Disculpa, querido viejo.

El nombre, según me contó- obedece a una leyenda, porque la humanidad también está forjada de leyendas. Como si hubiera escuchado los consejos de otro viejo, de otra época, de otra imprenta, pero viejo al fin y al cabo, desobedeció las órdenes de los dioses, porque quiénes se creían ellos para impartir órdenes, y decidió no emigrar al norte con sus crías cuando los hielos que cubrían la sierra del alcantilado de 82 hombres y medio de altura comenzaron a derretirse en tiempos de la última glaciación. Los dioses, según cuenta la leyenda contada por el viejo, se enfadaron tanto que convirtieron a la desobediente osa en una gigantesca piedra y a sus crías en otras rocas más pequeñas, siempre dispuestas a su alrededor, en medio del mar. ¡Gracias, querida Ursa!.

El viaje debía durar unos diez días. Tan sólo hicieron falta siete.

– Un viaje no dura tres, cinco o diez días, dura más, muchísimo más. Dura lo que quieres que dure. Un viaje empieza en el mismo momento en que te planteas viajar. De hecho, aún estoy a medias de mi último viaje – reflexionó el viejo.

En aquel momento no supe si hablaba del recorrido que uno realiza para ir de un lugar a otro, en el estricto sentido del concepto. Pero, ¿ quién era yo para discutirle un concepto que, al fin y al cabo, siempre implica que vamos de un lugar a otro?, aún sentados en un cómodo sofá, al amparo del cálido fuego de una chimenea y de una taza de café como las de antaño, hablando de todo y de nada, tratando siempre de atar cabos de historias de batallas por la posesión de la tierra. Recordé que un día el viejo me dijo que “unos quieren dirigir el mundo, pero otros, nosotros, heredaremos la tierra”, y esas once palabras, del tamaño de 82 acantilados y medio de un altura de 82 hombres y medio, acortaron desde entonces las frías noches, noches de tristeza, contentándome siempre con mi suerte, sin aspirar a mayor dicha que no temer al postrer día.

El viejo prosiguió su viaje hacia el norte, como si persiguiera su vida, por el filo ora abrupto ora raso, tan natural como pedante, de la costa Atlántica. Al contrario que muchos viajeros, no buscó información, la información vino a él. Daba igual si tardaba horas en llegar o apenas le daba tiempo de abrir el mapa. No importaba. Lo realmente importante era el viaje que, al fin y al cabo, dura siempre hasta que recordamos nuestros recuerdos. Apenas sí cargaba una mochila como la de antiguos peregrinos, unas cuantas mudas. No llevaba cámara, la inevitable prolonganción del cuerpo del viajero de hoy. Su cámara era su memoria, tan perpetua como una fotografía.

Con un pedazo de Ursa en sus bolsillos, como manifestación de protesta ante los designios de los dioses que pretenden gobernarnos, sean quienes sean, alcanzó Finisterre, el que dicen fue el punto más occidental del mundo conocido. O así, al menos, lo pensaban los romanos. Y, ¿quiénes somos nosotros para discutir a los romanos, a nadie?.

Las palabras volvieron a forcejear en su inquieta mente. Releyó a Camoes, “donde la tierra acaba y el mar comienza”.Cierto, poeta, se dijo: “finis… terre... donde acaba la tierra”, lo que no quería decir que acabase el mundo conocido, ni tampoco los sueños. No llevaba reloj. En realidad, ¿para qué lo quería? Tampoco lo necesitaron Vespucio, Colón, Marco Polo, Bartolome Díaz y compañía y descubrieron un mundo. Había viaje.

Contempló el faro de Finisterre desde todos los ángulos y posiciones tratando de certificar si desde arriba se ven mejor las cosas desde abajo. ¡Sí!, concluyó. No me extrañó viniendo de alguien como el viejo, capaz de comenzar la casa por el tejado pues desde lo alto de la casa, de la montaña, se puede volar mejor. 

Subió a lo alto del faro, de una altura de diez hombres y medio, y se cobijó del viento que no cesaba, como impertinentemente proyectado por su insidioso dios desde el cabo da Roca, en el balcón que descansa sobre la repisa de la chimenea. Sobre él, a una altura de 84 hombres y medio sobre el nivel del mar, se alzaba caprichosa la linterna poligonal de la torre que proyectaba una luz tan limpia y extensa que incluso le permitía leer los “mundus novus” que describió Vespucio.

Captó rincones y detalles con la cámara de su memoria. Comió cuando tenía hambre, bebió cuando tenía sed y durmió cuando tenía sueño. No importaba el lugar ni el momento. ¿Quién era yo para discutirle cuándo comer y beber y dónde dormir?

Bajó de la torre alzada sobre la altura de diez hombres y medio que a su vez magnificaba el pilar de 84 hombres y medio de aquel magnífico pedazo de tierra y descansó sobre las piedras del Santo, donde unos peregrinos enviados por Santiago, o vaya usted a saber quién, le señalaron el camino del cabo Touriñán, más al norte aún.

Sentía fatiga, sí, pero el viaje, como la vida, era el viaje. No permitiría que el día acabara sin haber crecido un poco más, sin haber sido feliz, un poco más, sin haber aumentado sus sueños, un poco más, venciendo al desaliento, siempre un poco más.

En el último día de su viaje que no acabaría nunca, alcanzó Touriñán, el que dicen es el punto más occidental de Galicia y de la España peninsular. ¿Quiénes somos nosotros para discutir a cartógrafos, lugareños, gallegos, portugueses, vespucios, finisterranos, poetas y otros navegantes?

Descubrió un cabo de otro cabo, una sucesión de cabos, que rivalizaban por ganar espacio al mar, casi mil infinitos metros, en una danza posiblemente imposible entre coídos y una también infinita franja estrecha de tierra, todo lo infinita que su limpia mente era capaz de imaginar. ¿Quién soy yo para discutir qué y hasta dónde puede imaginar? En realidad, ¿quiénes somos nosotros para discutir los sueños de los demás?

A una altura sobre el nivel del mar de 54 hombres y medio, releyó a Camoes y buscó el origen de Touriñán, el origen de las cosas. No lo encontró, pero él le dio el sentido. Allí también acababa una tierra y comenzaba un mar.

Sus palabras en su mente forcejearon de nuevo entre el sentido de las penedías que formaban pétreas barras que, a capricho, la marea cubre o deja al descubierto, como los sueños, que allí eran una verdad absoluta. Con su cuerpo aquí y su mente aún allá, en el agreste paisaje de retamo espinoso de la memoria, le pregunté si alcanzó el sueño.

– Querido amigo, no hay certezas cuando se habla de sueños; algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

Regresó, pero no lo hizo triste tras aquel viaje de siete días que nunca acabaría. Descargó las fotografías de la cámara de su memoria, les dio un sutil toque de contraste y brillo y continuó el viaje mientras las imprimía en el aire y las guardaba en el álbum de su imaginación, que también era la mía, la vuestra.

– ¿ Y cómo fue el viaje? – le pregunté, sintiendo que fue algo muy especial.

El viejo siguió hablando del viaje, y en cada recuerdo volvía a viajar.

– Querido viejo, yo quiero viajar contigo.

– Descuida, mi joven amigo, los viajes duran mientras sigamos vivos. O mientras recordemos nuestros recuerdos.

– ¿Y adónde vamos?

– Hoy, haremos el viaje a ninguna parte.

– ¡Suena bien!.

El Café Romantic presenta una propuesta literaria a partir de los modos de pensar, hacer, viajar, soñar, luchar, vivir… de Pilu Lleida, naturalmente de Lleida, (reflexiones 2.0) y Empar Baños, a quien siempre acompaña su madre en su viaje, y el viejo de la imprenta

Imagen con música, “Braveheart Soundtrack – ‘Freedom’ The Excecution Bannoburn”

 

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2 Respuestas a “La danza de los cabos

  1. Pilu Lleida

    11/05/2013 at 15:31

    Querido Goyo, siempre es un placer leerte, pero hoy añado, además de placer, una sonrisa de complicidad por haber compartido pinceladas de una de mis reflexiones fugaces y sinceras, espontáneas y personales que bailotean por mi mente. Un abrazo con los ojos cerrados.

     
  2. Cylthia CG

    25/05/2013 at 18:32

    Los mejores viajes en las mejores naves de recuerdos…

     

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