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ASUNTOS PERROS (muy humanos)

02 Jun

El viejo de la imprenta tiene un perro fiel, el más fiel que nunca he conocido. Es un Terrier, descendiente de otros perros originarios de las Islas Británicas, y como ellos, decidido, enérgico e inquieto, inteligente y valoroso. Y también cariñoso, lo que no es incompatible con su decisión, energía, inquietud, inteligencia y valor. Lo bautizó con el nombre de Ripol, en homenaje al fraile de la abadía de Montserrat que tuvo la decisión y la energía de enfrentarse al mismísimo diablo, encarnado en Heinrich Himmler, cuando el todopoderoso Reichsführer de las escuadras de la muerte, en su dislate megalomaníaco, intentó arrebatar al mundo el Santo Grial, del que nunca se ha sabido nada, y es preferible que así sea por los siglos de los siglos.

Ripol siempre está junto al viejo y, por simpatía, a mí. Y nos defiende de posibles furtivas miradas, gestos, palabras y compañías. Nada a nuestro alrededor debe ocurrir sin la aprobación de Ripol que, según mi querido viejo, está dotado de un sexto sentido. Curioso asunto el de los sentidos en los perros, le observé en cierta ocasión. Él asintió, sin oponer objeción alguna al cavilar que los humanos somos incapaces de desarrollar los sentidos de los que dicen que disponemos. Ambos albergamos dudas al respecto de asunto que, ni siquiera en este avanzado – o quizás atrasado- siglo, no es pacífico. Dice la historia, que solemos confundir con leyenda, que son cinco, pero los investigadores que abanderan la materia no se ponen totalmente de acuerdo en cuanto a su número y clasificación.

– ¡Son cinco! – le dije un día, intentando zanjar el asunto.

– ¡Son decenas, centenares, quizás miles! – replicó, eternizando el conflicto.

Incluso le preguntamos a Ripol que, naturalmente, dio la razón al viejo, mirándome inquisitivamente, lo que no era irreconciliable con su afecto hacia mí. ¿Por qué un asunto “perro” habría de entorpecer nuestra amistad?

La conclusión fue que existen, al menos, decenas de sentidos que se suman a los cinco ya consabidos, y todos tienen su correspondencia antagónica. A saber: el de la vida y el de la muerte; el religioso y el ateo; el político y el apolítico; el de la felicidad y el de la desgracia… Y todos ellos nos conducen a una serie de otros subsentidos, me apuntó el viejo: la equilibriocepción, algo así como la habilidad de orientarse espacialmente en base a un sincretismo entre balance y aceleración gracias a un fluido llamado endolinfa que se aloja en nuestros oídos; la termocecpción, que nos permite percibir la temperatura del entorno, tanto la ambiental como la social -apunté yo-; la interocepción, que, para que nos entendamos, es la representación de cómo se siente cada órgano de nuestro cuerpo a sí mismo; la propiocepción, que según dicen es un mecanismo de retroalimentación: cuando un músculo o tendón se estira, sus moléculas se separan levemente. Unos órganos especiales captan esa separación e informan al cerebro mediante señales eléctricas. El cerebro así puede actualizar el estado del mapa mental que tiene del cuerpo; la nocicepción, o dicho de manera más sencilla la percepción de lo nocivo, y, por fin, la  magnetocepción, una suerte de habilidad para percibir los campos magnéticos del planeta para orientarse espacialmente.

¡Por Dios!, exclamé. Que razón tenía Tristan, dos cosas me admiran: la inteligencia de las bestias, como Ripol, y la bestialidad de los hombres. Vivimos permanentemente en conflicto, aún no sabemos desarrollar nuestros sentidos con fines filantrópicos y ya pretendemos abrazar el planeta y otras cosas que suenan a esotéricas con un sinfín de teorías que ya originan nuevos conflictos.

– Recuérdame que cuando muera, me reencarne en perro – apuntó el viejo. Yo, naturalmente, lo apunté y lo archivé en un lugar seguro de mi memoria para encontrarlo el día que hiciese falta que espero y deseo que sea de aquí a, pongamos, 150 años.

En una ocasión, el viejo de la imprenta hubo de ser ingresado en un hospital, muy a su pesar, y también al mío. Yo, siempre que pude, le hice compañía de sol a sol en una huérfana habitación de un desagradable color de morgue. ¿Por qué no pintan las paredes de las habitaciones de los hospitales de rosa; o de un verde agradable; o de un azul cielo; o de un rojo que estimule y acelere el metabolismo; o de un amarillo brillante, inspirador; o de un apetitoso naranja…? Hasta Ripol daría su aprobación. El viejo y yo discutimos horas sobre el asunto del sentido de los colores, la coloropercepción, y siempre alcanzamos la misma conclusión, había consenso. Para nosotros, era un asunto pacífico.

Cada día, a la salida del hospital, una vez el viejo ya dormía, Ripol me esperaba a la puerta del recinto para que le diese cuenta del estado del viejo. “Todo bien, querido Ripol”, le informaba yo a modo de parte médico habitual. Esas cuatro palabras bastaban para su tranquilidad que, sin embargo, no ocultaban la cara de su disgusto por no poder acceder a las instalaciones.

Con una serie de acentuados y continuos ladridos se quejaba de los hombres y de sus estúpidas normas. ¡Normas a él!, el perro más leal, limpio, afectuoso y decidido de cuantos perros podían habitar en aquel lugar. ¡Cierto, Ripol!, le respondía yo a modo de consuelo mientras miraba con enojo al vigilante de turno del hospital. ¿Quién es más bestia?, preguntó con esa mirada de amargura por no poder ver a su amo, a mi amigo.

Luego, en casa, Ripol seguía las mismas rutinas, ¡benditas rutinas!, como si estuviese presente el viejo. Se acomodaba a mis pies, preferiblemente sobre una alfombra, limpia eso sí, y me pedía que le leyese, luego de su última comida del día, un alimento fresco con ingredientes naturales, una veces de pollo, otras de pavo, e incluso de atún.

Siempre me pedía que le contase historias perras. Yo, conocía algunas. En una ocasión le hablé de Bobby, un terrier como él. Le intereban todas las crónicas perrunas, pero las relacionadas con los terrier le daban un nuevo sentido a su vida, y a la mía, y a la del viejo. Bobby era un terrier de un agente de la policía de Edimburgo llamado John Gray.

Bobby presumía de su amo, a quien acompañaba a todas partes, y Gray alardeaba de Bobby y de sus trucos. Desgraciadamente, el agente falleció un 15 de febrero de 1858 por culpa de una repentina tuberculosis. Ripol se quejó amargamente de tan adversa circunstancia.

– ¿ Y qué fue de Bobby? – preguntó con la mirada, convencido como estaba de querer oír la historia

Bobby acudió al funeral de su amo. No se hubiese perdonado nunca ausentarse de la ceremonia del adiós, que no siempre es definitivo. Tampoco Ripol se perdonaría nunca no estar presente el día en que ocurra con el viejo de la imprenta, de aquí a 150 años en que aún estaremos los tres, según me hizo prometer Ripol.

– ¿Y qué ocurrió luego con Bobby? – insistió.

El leal perro del policía se pasó el resto de sus días, es decir los siguientes 14 años, montando guardia ante la tumba de Gray. En un principio, todos los lugareños pensaron que el “perro gesto” duraría unos días y sería tan efímero como efímera es la vida si no la vivimos. Pero pasaron los días, las semanas, los meses y los años, con sus crudos inviernos y veranos, y allí permaneció Bobby, fiel en su guardia. Solo, y muy de vez en cuando, se ausentaba unos minutos, sin perder de ojo la guardia, para beber y comer.

Con los años, el animal, más humano que perro, se convirtió en una leyenda local y se ganó el afecto de los lugareños que le dieron de comer y beber. Y hasta le construyeron un refugio junto a la tumba de su amo, de quien siempre conservó un retal de su uniforme. Hasta tal punto creció su leyenda que, en 1867, nueve años después de la marcha de Gray que, en realidad, nunca se fue, el mismísimo Bobby era el terrier de un policía de la ciudad de Edimburgo llamado John Gray. Ambos estaban siempre juntos y ya era famosa en la zona la cantidad de trucos que Bobby sabía realizar. Desafortunadamente, un 15 de Febrero de 1858, Gray muere de una tuberculosis repentina. Durante el funeral Bobby permanecería siempre presente, y seguiría al cortejo hasta el cementerio de Greyfriars Kirkyard. Lugar donde descansarían los restos de John y donde además, en un acto de fidelidad extrema, Bobby pasaría el resto de los 14 años que le quedaban de vida montando guardia sobre la tumba de su fallecido amo.

En un principio todos pensaban que Bobby permanecería solamente unos días sobre la tumba y que luego el hambre o el aburrimiento lo alejarían. No obstante, comenzarían a pasar los años e incluso los crudos inviernos de Escocia y Bobby permanecería fiel en su guardia. Solo se retiraba de vez en cuando para beber y conseguir comida, o cuando la nieve le impedía permanecer en el lugar. Con los años Bobby se fue transformando en una leyenda local y personas que admiraban su fidelidad comenzaron a alimentarlo y a suministrarle un refugio en el invierno. A tal punto creció esta fama que en 1867 el mismo Lord Provost de Edimburgo, Sir William Chambers, intervino personalmente para salvar a Bobby de la perrera y además, para evitar futuros accidentes de este tipo, declararía al fiel can como propiedad del Consejo de la Ciudad.

Bobby murió sobre la tumba de su amo en 1872, y al no poder ser enterrado en el cementerio reservado para los humanos, – noticia que amargó el momento de Rpiol-, la gente del lugar se unió para construirle una fuente con una estatua en su honor no muy lejos del cementerio. Desde entonces, y para toda la eternidad, si los hombres no lo impiden, el Bobby de piedra, aún más vivo que nunca, siempre ha mirado, mira y mirará a la tumba de Gray.

El día pasó y fue benévolo. Ripol cerró los ojos, con una sonrisa en sus labios. ¡Yo, de mayor, quiero ser como tú, Ripol!, le dije dejando descansar la historia de Bobby sobre su cuerpo.

El Café Romantic presenta “asuntos perros”, un excelente relato corto muy humano, de Rafael Rodríguez Torres, de Barcelona, que versa sobre su fiel can, sobre él, como la vida misma. Música exclusiva para esta pieza literaria: Celtic Woman, “Over The Rainbow”

Aprovecho que mi amo está durmiendo para explicar el último paseo. Supongo que no tenía ganas de pasear por sitios deshabitados -mi amo lleva unos días muy raro y rehúye la soledad-. Todo pasó en unos segundos.  Nos cruzamos con esa mujer que le hace sonreír mientras su perro y yo nos gruñimos, cada vez con más desgana, fomentando así la leyenda que nos atribuyen, esa que dice que odiamos cuando no es cierto. Simplemente se trata de que el otro perro, que por cierto se llama Otto, y yo somos inteligentes y sabemos que si no lo hacemos, mi amo y su dueña se acabarán acercando más de lo que las circunstancias deben permitir (lo olemos en su sudor).

Al cruzarnos, ella hizo algo sorprendente. Cambió el sentido de su marcha con un movimiento extraño y continuó el paseo en paralelo a nosotros. Mi amo se detuvo ante un escaparate, haciendo ella lo mismo. Se buscaron las miradas a través del reflejo del cristal y sonrieron … ¡una eternidad!

Otto, intuyendo que alguien debía hacer algo, me lanzó un gruñido que los devolvió a la realidad. Mi amo cambió el sentido del paseo y deshizo el camino andado, hacia casa. Ella siguió el suyo alejándose de nosostros. Cuando habían recorrido unos metros, los dos, a la vez, giraron la cabeza y sus miradas se cruzaron en una muda despedida, ¡hasta el próximo paseo!. Otto y yo también nos miramos e intercambiamos una sonrisa de complicidad, a nuestra manera, cómo sólo dos perros saben hacer.

Conseguimos para el golpe esta vez. Quizás la siguiente nos dejarán a los dos en casa. Tendremos que ir con cuidado. En el mp3 de mi amo, que por cierto un día se quedará sordo por el volumen que aplica, sonaba esta cancion.

Fdo. John Nieve (el pequeño bastardo de mi amo)

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2 Respuestas a “ASUNTOS PERROS (muy humanos)

  1. Rafa

    02/06/2013 at 12:38

    Muchas gracias, Goyo. Nunca he creido que lo que escribo interese a nadie. Siempre lo hice como terapia. Ésto me incentiva para animarme a más

     
  2. José Arjona ♪♥☮ (@StraitSolar)

    02/06/2013 at 21:19

    Sublime y magistral, gracias a los dos, Rafa y al buen amigo Goyo. Por deleitarnos con algo realmente hermoso. Mi más cariñoso saludo.

     

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