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MENSAJE EN UNA BOTELLA

08 Jun

Un día que por siempre archivé en un lugar seguro de mi memoria, el viejo de la imprenta y yo paseábamos bajo una franja de claridad que precedía al anochecer por un lugar lleno de magia y con una fuerza que parecía salir del fondo de la tierra, del mismo sitio que surgieron las negras rocas que dan forma al singular paraje que una suerte de incierto destino nos ofrecía allí, donde los Pirineos por fin se rinden al mar.

Nos detuvimos sin intención de desandar el camino. Simplemente nos paramos a contemplar el mundo que se abría ante nosotros, lejos del otro mundo que nos atropella y nos condena hasta el hastío y donde todo es una danza imposible. Y no se trata de un elegante baile a ritmo lento. No es un vals. Es, más bien, un disparatado “ska” al que no hemos sido invitados y que debemos bailar para encontrar la salida que nunca encontramos del laberíntico entramado de la nada en que todo se diluye a nuestro alrededor.

De repente, arrojada del destino,emergió del mar una botella que contenía una carta. ¿Será una carta de amor?, pregunté, de modo retórico, aunque sabía perfectamente que para el viejo no se trataba sólo de una interrogación que admitiría un sí o un no, sino de un quaesitum, que merecía una respuesta más elaborada.

– ¡ Naturalmente! – aseguró el viejo- Este es el mar de los antiguos, en el que aún se arrojan botellas con mensajes como los que Garret siempre escribía a Catherine.

El hecho me sorprendió, y más en una época en que todos los mensajes son cadenas alfanuméricas que viajan a través de complejos sistemas de comunicación electrónicos y enigmáticos protocolos de computadoras que se valen de embrollados hilos conductores o de anónimas señales espaciales controladas por artefactos que gravitan en órbitas geoestacionarias y en las que pugnan en danzas aún más imposibles bandas de frecuencias ascendentes y descendentes y otra suerte de indescifrables mecanismos. ¡Máquinas del Diablo!, como las denomina el viejo.

La botella pudo haber termino en cualquier lugar, y el lugar escogido por el destino, huérfano de electrones y campos electromagnéticos, fue aquel en el que nos encontrábamos, y al que acudimos para descubrir el mar y su color azul turquesa, un mar luminoso protegido por montañas míticas, en contraste con la abigarrada ciudad y su ferocidad.

Tan sólo se trataba de una pequeña botella de vidrio con su pequeño corcho y, en su interior, una hoja de papel envuelta en una delicada porción de cinta roja y convenientemente asegurada entre arena y pequeñas piedras para su incierto viaje.

Decidido, el viejo rescató la botella cuando el vidrio topó con las primeras rocas que trazan la frontera entre el mar y la tierra, siempre bañadas, siempre a la intemperie, privilegiadas ellas por oleajes, vientos, soles y lluvias.

El viejo extrajo la carta del interior de la botella y la liberó de su cinta con el cuidado del cirujano. El mensaje decía:

¿Sabes?, a veces una simple melodía me desmadeja el alma…
Algo, entre nota y nota, sale en tu busca…
Y te encuentra intentando poner orden a sentimientos que ya nunca volverán a ocupar su lugar…
Hilvanando sueños a pequeñas puntadas…
Sueños desproporcionados, sujetándose a las hebras de un hilo…
¿Sabes?…
A veces, entre nota y nota, me escondo para no tener que regresar…

Tuya, Fina Tur

El viejo, aún con más decisión, me instó a tomar la libreta que siempre viaja conmigo, de papel envejecido, y la pluma de plumín de oro grabado que un día me regaló y que es tan imprescindible en mi vida como mi propio corazón. “Escribe”, dijo con voz de cordial mando. Obecedí sin rechistar.

Como dijo el poeta que cada día de su vida escribió una carta de amor, con la punta de tus dedos pulsas el mundo, y le arrancas auroras, triunfos, colores, alegrías. Es tu música; la vida es lo que tú tocas…

El viejo me concedió la licencia de proseguir.

Tú no eres alguien más, eres todo y más. Eres el amor que pasa, pero eres el amor, aquel que sólo tiene intimidad en la habitación de los silencios. Y allá donde esté, quizás en una paraíso maravilloso, sólo faltará una cosa: tú.

Quise concluir la carta con ese rotundo pronombre personal, directo, íntimo, pasional. El viejo, sin embargo, aún tenía cosas que decir.

No hay luces que eclipsen el alma, sólo son los miedos que la ciegan. Y aunque creas verme en el cielo, siempre estoy a los pies de tu alma. Ves cosas donde los demás ven oscuridad; creas emociones con una simple hoja en blanco, y cuando miras ves el mar o las montañas. Más allá también me encontrarás, desnudo esperando tu desnudez.

Tuyo, el viejo que te extraña.

A continuación, el viejo envolvió su carta, nuestra carta, junto al mensaje de Fina y, con el mismo cuidado del cirujano, la anudó con la delicada cinta roja de origen, la introdujo en la pequeña botella de vidrio, convenientemente protegida por el pequeño corcho para su viaje, y la arrojó al mar.

– ¿Y ahora qué?, querido viejo.

– El destino dirá, mi querido y joven amigo.Como dijo el viejo de la imprenta: en algún momento todos tenemos algo que debemos hacer, el engranaje gira. A veces un giro te lleva a donde quieres, a veces te lleva incluso más lejos…pero lo que nunca debe faltar es el amor.

El Café Romantic presenta “mensaje en una botella”, un romance imaginado e imaginario por obra e inspiración de Fina Tur, de Ibiza (Islas Baleares). Música para la ocasión: fantástica pieza a piano de Yiruma, Kiss The Rain.

 

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