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LA HORA BRUJA

15 Jun

– ¿Adónde vamos?

– A ver a una amiga – anunció el viejo de la imprenta

– ¿Vieja? -pregunté, sin impertinencia, sólo para situarla en el universo del viejo

– No, bruja.

– De esas con una verruga en la nariz, la cara acartonada y que vive siempre cubierta de niebla.

– No, de esas cuyo rostro adulto permite adivinar a la niña, a la adolescente, a la joven que todavía lleva dentro y a la vieja que será, incluso dentro de un féretro con las manos atadas con un rosario de cuentas… y que vive junto al salto de agua -aclaró sempiterno el viejo.

– ¿ Y a qué se dedica?

– A analizar cómo pasan las corrientes y el agua cambia.

– ¿Para qué?

– Para no dejarse arrastrar por ellas… para crecer con ellas.

– ¿Es joven?

– Tan joven como tú quieras que sea.

Esperaba ser recibido en el lugar a ritmo de música tristemente gótica y, en cambio, sonaban dulces acordes que invitaban a un viaje por las nubes, estirado sobre ellas. El viejo me reveló que allí nunca faltaba la musica, esa música. La mujer era hermosa, muy hermosa, y poseía una crin, como una cabellera de mujer y su cara, sin dejar de ser un animal, era de aire humano. ¿Sorprendido? A decir verdad, no. Con el viejo todo era posible. Vivía, efectivamente, junto al salto de agua, rodeada de seres imaginarios, otros imaginados, unos más extraños que otros, como nosotros. Había alojas, doctoras de la vida, regeneradoras constantes de la naturaleza. También merodeaban falugas, pequeños seres perversos que trataban de comerse el gusano de la oreja de los otros y que la bruja mantenía a raya, y gamusinos, el hombre de las nubes, que sólo salía cuando había tormenta, y el hombre de las narices, que tenía tantas como días el año.

La bruja, a la que llamé Gabriela, nos saludó con más efusividad que disciplina, rompiendo una norma no escrita que sólo quebrantaba cuando recibía la visita del viejo. Tenía cierto aire de virgen dolorosa, bella en todo caso. Aquel día tenía un ojo a la virulé y acababa de aplicarse unas lágrimas artificiales. Se trataba de un colirio natural, como la vida misma, anticipó el viejo para evitar que yo pensara que eran unas lágrimas de cocodrilo compradas en cualquier supermercado para luego ponerse dramática. Llegué a pensarlo.

El ojo se le iba cerrando por la hinchazón y su expresión se antojaba entre poética y kitsch, como perlas ensangrentadas. Se excusó por si acaso llegasemos a pensar que se había quedado sin lágrimas de verdad. No era así, le dijo el viejo a modo de consuelo.

Le interesaban los misterios del tránsito de las corrientes, del agua, del universo.

– ¿Lunática? -pregunté al viejo, susurrando.

– ¡Lunática perdida! – respondió ella, adivinando la pregunta, el pensamiento, como solía hacer el viejo. Comencé a entender algunas cosas de mi querido viejo.

Junto a ella, se recostó un pequeño arconte.

– ¿Qué es un arconte?

– Un ser celestial enviado por una deidad para cuidar, vengar o juzgar las injusticias que se producen en nuestro plano material – reveló el viejo.

Era un arconte niño, de tan sólo 100 años, y cómo todos los niños, inquieto, ávido de conocer las cosas que le rodeaban. El niño buscaba el calor de la bruja y le preguntaba cosas que no eran raras: ¿por qué hay estrellas?, ¿cómo puedo ver a ese señor que llaman Dios?.

Gabriela, librepensadora, con el ojo en cuarto creciente, le contestó que en la escuela de la vida le dirán que hay un Dios pero que cuando sea mayor, su alma y su corazón le dirán si existe o no.

La bruja nos ofrece unos refrescos. Imposible rechazarlos, me advierte el viejo. Sería como una ofensa que despertaría el genio de Gabriela, que también lo tiene, como cualquiera de nosotros. Es un brebaje, y como todo brebaje una bebida de ingredientes desagradables y mal aspecto.

– Bébetelo – sugirió el viejo, con voz de mando. Obedecí a regañadientes- Es un trago como la vida misma.

¡Cierto!, exclamé otorgándole la razón, como casi siempre. Era una especie de pócima elaborada a base de ajo y alcachofa que tenía un gusto delicioso, como la vida misma. Luego, para comer hay percebes, cangrejos de río, bígaros y una especie de albóndigas con puré.

Gabriela es un libro abierto, tan abierto como uno quiera que sea. Ni misteriosa ni grandiosa. El momento es dulce y extrae un diario donde apunta todo lo ocurrido cada día y lo que ocurrirá. En silencio, llorando lágrimas artificialmente naturales, anota alguna idea.

– ¿Qué escribe? – le pregunté al viejo.

Se trataba de una idea que barruntaba desde hacía días, semanas, meses, años, siglos… La bruja arrancó cuidadosamente la hoja de papel apergaminado escrita y me la entregó. La ojeé. Ellos sabían que lo haría y sonrieron, guiñándose un ojo, el de ella, a la virulé, el del viejo, para mi sorpresa, a la funerala.

– Las corrientes pasan y el agua cambia, pero el río sigue siendo el río. No te dejes arrastrar por las circunstancias, crece con ellas – rezaba la hoja de papel. La guardé a buen recaudo…

… La música siguió sonando, esta vez gracias a los acordes de un piano hábilmente ejecutados por un ser adulto con cara de niño y turbante.

De regreso a casa, el viejo leyó nuevamente mi mente:

– Es lo que hacemos todos, nos lanzamos, y esperamos poder volar, porque si no es así, caeremos como piedras. Y durante la caída nos preguntamos ¿se puede saber por qué he saltado?. Pero aquí estoy, cayendo, y sólo hay una persona que puede hacerme creer que vuelo… y eres tú.

El Café Romantic presenta “La hora bruja”, un delicioso relato de Gabi Red, que nos habla de que nada es imposible en esta vida y que, cuando menos lo esperamos, sucede… siempre que haya música. Gunars Kalnins, “Boig per tu”

Conocí a GK en la hora bruja, esa en la que los niños lloran sin motivo, en la que el cansancio flirtea con la tristeza, y la angustia lo hace con el hastío. Es esa hora en la que los pájaros se transforman en murciélagos, y en la que me siento perdida porque el sol se pone y aún no he conseguido ser feliz.

Fue a esa hora a la que siempre temo cuando GK, con su aspecto aniñado, irrumpió en el local de ensayo y, sin quitarse la gorra, se sentó frente al piano. Dos compases después, mi cansancio, mi tristeza, mis angustias, mi hastío, mis temores y hasta mis ganas de llorar sin motivo dieron paso a la sensación, mejor dicho, a la seguridad, de que acababa de suceder algo grande.

Me emocionó su talento, me enterneció su entusiasmo, me estremeció su belleza, me paralizó tanta perfección. Las notas, los acordes, todo estaba en su sitio. La música caminaba y él la entregaba perfecta, contundente, sin fisuras. Cerré los ojos y pensé, ¡otro milagro!, ¡por fin otro milagro!.

Llevaba tiempo aletargada, perdida en el espacio de un viaje al infinito sin retorno, confundida, flotando, dando vueltas en un tiempo que, irremediablemente, había quedado atrás y, sin embargo, me atrapaba. Cada día adensaba la misma letanía plañidera: ¿qué alegría pequeña vendrá a llenar los minutos de hoy? Y me quedaba esperando a la vida, como si la vida fuera otra cosa, sin saber que ese tiempo del futuro, no era más que éste;  que este tiempo es lo único que tenía, rebelde a los límites y las barreras, que soy mi piel y mi rostro con las huellas de los años repetidos.

Hasta ese momento me limitaba a deslizarme con la brisa, sin saber muy bien adónde iba, mintiéndole al mundo con una sonrisa aún sabiéndome perdida, cansada, gastada de amor. Atrapada en el ensueño de la música, me acurrucaba entre mis brazos y, sólo así, me sentía bien.

Pero GK, ese niño adulto siempre tocado de gorra o turbante, me devolvió, sin saberlo, todo, absolutamente todo lo que otros me habían arrebatado. Me lo entregó justo a esa hora, la hora bruja, esa hora siempre con subidas y bajadas, con buenos y dulces momentos, inundados de oportunidades, de esperanzas, descubriendo quien es cada uno en cada paso, dejándome sorprender por lo inesperado, sin dejarme asustar por el cambio, por la imprevisible vida que abre las ventanas como el viento y todo lo cambia, aferrada a lo único que tengo: los minutos, las horas, los días, el proyecto de vivir, la posibilidad de cambiar y seguir caminando, agarrada a la vida con hambre de más, siempre. ¡Y la muerte…! ¿la muerte…?, ese accidente es lo de menos.

(Este relato está inspirado en el día en que Gabi Red conoció a Gunars Kalnins (GK), un cantante, compositor, productor musical, arreglista y actor, nacido a Letonia en 1981. Su trabajo en solitario comenzó en 1996. Publicó su primer disco en 1999 “Ta Bija Ta Bus” y, en 2002, “Gunars Kalnins”, su segundo disco. Kalnins también ha compuesto bandas sonoras para películas, teatro y documentales y meritorios trabajos en catalán como “dia i nit”. . Con el propósito de afrontar nuevos retos, GK dejó su país natal en un momento de éxito, y aterrizó en Barcelona, dónde lleva ya unos cuantos años y piensa quedarse, esperemos, por mucho tiempo)
 

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