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EN-CRUCI-JADA

25 Jun

Hay momentos en que me saturo y no sé hacia dónde tirar.

– ¡Debes detenerte! – acostumbra a sugerirme mi amigo, el viejo de la imprenta.

– ¿ Y para qué? -suelo preguntarle yo.

– Para pensar y decidir.

No parecía un mal plan. Lo puse en práctica. No tenía nada a perder, acaso el tiempo, y sí mucho a ganar. La primera vez que lo hice me detuve, pensé y decidí tomar una decisión. Elegí un camino, sin saber que descartaba otros, quizás mejores, pero era mi camino. También pensé en buscar un consejero, pues necesitaba un consejo. Mi cerebro (estrecho) tiene, a veces, la acentuada manía de eliminar lo que no le encaja. Le di un par de vueltas a la idea en mi cabeza antes de rechazarla. Busqué soluciones sin enjuiciarlas, unas absurdas y disparatadas, incluso descabelladas, pero tomé una de ellas. Pensé en el problema desde diferentes lugares y luego desde distintas emociones.

– Haz las cosas que te salen del corazón. Quizás te equivoques pero estarás satisfecho -me aconsejó el viejo, pues precisaba de consejo.

– Y tú, querido viejo, ¿ cómo lo haces?

El viejo evocó entonces a un viejo profesor que tuvo cuando la vida aún era vida y era aquello que te iba sucediendo mientras te empeñabas en hacer otros planes y no como ahora, en que es aquello que te sucede mientras estás conectado a Internet.

Ante la misma encrucijada en la que yo me suelo encontrar, en una ocasión en que debía tomar una decisión, el viejo profesor del viejo de la imprenta le hizo anotar los pro y los contras de cada alternativa y les asignó un número, del uno al diez, dependiendo de la importancia que para él tenían las ventajas e inconvenientes. Sumó, restó y encontró la mejor solución. La opción más correcta, desde la lógica, era la A pero su corazón optó por la B.

El viejo, a instancias del otro viejo, hizo una análisis racional de la cuestión pero también dejó que opinase su corazón.

– ¿ Y qué decidiste? -pregunté yo ante el silencio del viejo de la imprenta, un silencio que me exaspera. Él lo sabe, pero lo ejecuta a propósito para que escuche los sonidos del silencio.

– ¡Ay!, mi querido y joven amigo. Decidir es una tarea colosal. Las emociones tienen fama de enturbiar la razón, pero sin ellas no podríamos decidir. Imaginé que tenía 90 años, que la muerte estaba cercana para tomar la gran decisión, la decisión de mi vida. Todo el orgullo, el miedo al fracaso o al ridículo, todo frente a la muerte se desvaneció… El siguiente paso fue ejecutar la decisión.

Gracias, querido viejo. Como dijo nuestro querido Óscar (Wilde),  el aplazamiento es el asesino de la oportunidad.

A Sison Pujol, de Barcelona, le gustan las encrucijadas y lo relata de forma tan sencilla como maravillosa. Hoy, con la excelente música de Passenger, “Let Her Go”

La palabra encrucijada puede referirse al lugar donde se cruzan caminos o a la situación que ofrece varias posibilidades.

Me gustan las encrucijadas; te fuerzan a decidir, escoger, tomar partido.

Me gustan porque me recuerdan que siempre hay más de un camino y que “el camino” no tiene fin.

Incluso me gusta equivocarme de camino, me permite descubrir, aprender y crecer inesperadamente.

Me gusta particularmente esta encrucijada.

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