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Archivos Mensuales: julio 2013

¿ Para qué sirven los años ?

¿ Existo como soy, y con eso basta ? ¿ Será cierto que me tomo a mí mismo demasiado en serio ? Dicen que el tiempo lo cura todo; si es así, ¿ deberían vender frascos de tiempo en las farmacias ? Me pregunto cuál es el día más importante de nuestra vida; ¿ será cierto que es aquél en que uno nace y averigua para qué ? ¿Cómo se mide la vida ? ¿ por las veces que respiramos, autómatas, o por los momentos que nos dejan sin aliento, vivos?… ¿Se puede estar en el mundo sin pensar en nada? o ¿ Pensar en ello quiere decir que no esté pensado en ello, o al hacerlo estoy pensando en todo a la vez o, quizás, en nada ?

 

Aquí me tienes, mi querido y joven amigo, camino de las siete montañas que abren las puertas a las angostas entradas donde las aguas se acumulan, compactan y recristilizan para purificarse de las impurezas de los hombres. Allí, desde unas de las colinas de la ciudad de la lluvia, preguntándose por qué llueve sobre mojado, aguarda el amigo Gaarder (Jostein), cincuenta preguntas en mano. Yo, le llevo otras cincuenta.

He recibido tu carta en la que me cuestionas cómo un viejo como yo llega a viejo. Y, yo te respondo con otra pregunta: ¿ quién te ha dicho que soy viejo ? Crees que debe ser muy jodido hacerse mayor sin querer. Crees que luchar para no ser viejo tiene que ser una putada porque es inevitable. Pero, ¿ y quién te ha dicho que he luchado para no ser viejo?, y siendo viejo, soy jodidamente joven. 

Te contaré una breve historia, tan breve que por siempre perdura en la memoria de quien la escucha y la hace suya porque, no lo olvides nunca, la fugacidad de un instante siempre genera una conciencia de eternidad. Y, a Dios pongo por testigo, que hace una eternidad de ello, y fue ayer mismo.

Es la breve historia de una mujer que hacía centenares de años que tenía veinticinco años -cien veces cinco veces cinco, decía ella-, que siempre estaba lista para dar lo mejor de sí en la aventura del mañana. Había decidido platearse algo nuevo cada día y no se contentaba con ello pues lo intentaba, aún siendo posiblemente imposible

– ¿ Y por qué lo intentas si es imposible ? – le pregunté yo.

– Para tener dulces sueños imaginando cómo lo lograré – respondió, soñando ya el sueño.

Maritza -así se llamaba la mujer-, había entrado en años con la fija idea en la cabeza de no volverse vieja. De eso, hace ya una eternidad. Mientras, yo, en aquella época, siendo ya viejo, me resistía a volverme viejo. Ella, había aceptado su edad. Yo, aún no.

– ¿ Qué significa aceptar la edad ? -cuestioné, curioso.

– ¡ No volverse viejo ! – sentenció Maritza, satisfaciendo mi curiosidad.

Hacía cien veces cinco veces cinco que la mujer no se quejaba de lo penoso de la vida terrenal. ¿ Para qué sirve una queja ?, me preguntaba yo para mis adentros.

– ¡ Para volverse viejo ! – contestó ella, leyendo mi pensamiento. ¿ Cómo demonios podía leer las entrañas de mi mente ? ¿ Cómo demonios puedo leer tu mente ?, mi querido y joven amigo.

Llegué a pensar que Maritza no era de este mundo, al menos el mundo que nosotros conocemos o nos han hecho conocer.

– Ser joven, mi querido viejo, no es sólo una etapa en el ciclo de vida de las personas…

– ¿ Quién eres? – le pregunté a aquella ingrávida mujer.

– Soy una postura libre de tiempos y edades… Soy joven y vieja, entrada en años hace una eternidad, ayer mismo.

En aquel momento comprendí que ser joven o mayor no es lo decisivo. Lo que realmente cuenta es lo que hacemos con nuestra vida. ¿Vivimos como pensamos o pensamos como vivimos ? O, ¿será cierto que nos tomamos demasiado en serio a nosotros mismos ? Se lo preguntaré a nuestro querido señor Gaarder quien, por cierto, un día le preguntó a un niño si  alguna vez dejaba de llover en la ciudad de la lluvia y el niño, que tenía pinta de viejo, le respondió: ¡ no lo sé, aún tengo doce años!

Maritza esperaba mi última pregunta, incluso antes de que yo la formulará en mi mente.

– ¿ Y la muerte ?

– La muerte, mi querido viejo, es algo que me sienta fatal y procuro evitarla… – replicó, sabia y savia.

¡ Cierto, querida Maritza!, pensé para mis adentros: mientras nosotros somos la muerte no es, y cuando la muerte es, nosotros ya no somos… al menos, de esta vida terrenal. Quizás, sí de otra forma de existencia que, a su vez, significa vida.

¡ Cierto, querido viejo ! El Café Romantic presenta un relato inspirado en los pensamientos de Maritza Rivas, cuya vida imagino como el flamenco que siempre demanda elegancia en los brazos, tronío en los tacones y pasión en el alma. Seguiriyas y alegrías, cantes agónicos y jaraneros que, como la vida, se anuncian en bautizos, se prolongan en primeras comuniones, se fermentan en bodas de cuatro lunas, se asientan en fiestas sin motivo aparente, y no se apagan ni siquiera con el funeral del viejo.

 

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ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO… (EL ÁRBOL DE LA FIEBRE)

La emocionada carta apenas sí delata su posición exacta. De eso hace ya unos días. Lleva fecha de julio de 1721. ¿ Ha enloquecido ? ¡Pobre viejo ! Me cuenta que se halla en un lugar donde habita lo último de lo que la vida nos puede sustraer. ¿Dónde te encuentras ? ¿ Y que eso último que se resiste a la sustracción de la vida ?

Descifro que se halla en un lugar en el que viven negros que se saben negros porque han conocido al único blanco que les ha visitado cuasi desde 1880. Dicen los textos que el último blanco que habitó aquella tierra fue Livingstone, o alguno de sus misioneros. Sin duda, se trata de una isla de entre una docena de islas sin salida al mar que trato de ubicar en el Valle del Rift, esa monumental fractura geológica que no sólo se extiende de Yibuti a Mozambique sino que, ambicioso, sin más permiso que el propio, tomó el mar Rojo y el río Jordán.

Lo imagino rodeado de elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras, primates y antílopes en una tierra en la que dicen que no hay nada pero está todo, que aún se mueve con leña de carbón y que aún lucha contra el limo depositado en lechos de ríos y corrientes. Por las coordenadas lingüísticas que disemina por su carta lo sitúo en el sureste africano, posiblemente entre el lago Niassa y el Gran Río Limpopo, apenas unos pocos miles de kilómetros que se pueden recorrer en treinta segundos, si uno quiere.

Parafrasea a nuestro querido James (William), de quien hemos heredado el libre albedrío, para decirme que el humanista – y él lo es- es perfactamente consistente al mover cielo y tierra para ganar un prosélito, si su naturaleza es lo suficientemente entusiasta para intentarlo. Es condición sine qua non.

Pero, – y me pregunto yo-,  ¿ cómo se puede puede ser entusiasta de una visión de las cosas que uno sabe que ha hecho en parte él mismo, y que podrían alterarse dentro de un momento? ¿ Cómo puede haber alguna devoción heroica al ideal de la verdad en condiciones tan mezquinas? El viejo es la pregunta y la respuesta.

” Mi querido y joven amigo; Imagino que, en estos precisos instantes, te estarás haciendo algunas preguntas. Es precioso aún hacerse preguntas, cuando todo se diluye a nuestro alrededor. Yo, aún tengo muchas preguntas y tan pocas respuestas frente a esa modernidad líquida que vislumbró nuestro querido Bauman y que corre el riesgo de convertirse -si no es que ya lo ha hecho-, en un torrente que todo lo arrastra y en el que apenas sí queda nada sólido a lo que agarrarse. ¡ Ay !, mi querido amigo, ya no somos sólidos. Ni siquiera líquidas. Somos gaseosos, materia cada vez más etérea.

Sin embargo, aún tenemos a lo que aferrarnos en ese caótico tránsito hacia un destino claro que aún no tenemos. Aún nos queda el señor Ledger, y el señor Kipling, de cuya mano he encontrado lo que buscaba y que sólo el entusiasta humanista podía hallar: el árbol de la fiebre.

Pensarás que he enloquecido, pero hoy, por estos días, me encuentro en el camino de los incas, es 1721 y estoy con el gran Charles Ledger en el preciso momento en que, por encargo de la condesa de Chinchón, entrega a los holandeses las semillas perfectas para su más gran empresa: “la conquista de los gustos”.

Y te preguntarás que es aquello último que se resiste a la sustracción de la vida. Ledger, al despedirse, me ha revelado lo que precisamente fue así, lo que precisamente así será y que nunca nos sustraerán: la capacidad de soñar, y de lograr. Y así, arrastrado por esta dulce fiebre, aquí me encuentro, a cobijo de una enorme acacia, tan grande como tú yo, unos veinte metros de altura, y cuyo corteza acaricio, suave, amarilla, polvo. De vez en cuando, las fuertes espinas blancas de los nodos pinchan para recordarme quién soy, de dónde vengo, adónde voy…, en mi traviesa intención de hallar su milagro. ¿ Sabías que es uno de los pocos árboles en que la fotosíntesis tiene lugar en la corteza ?

¡ Un momento !, creo haber divisado al señor Kipling. ¡ Es él !. Ojalá estuvieras aquí, conmigo, en este estado de inflorescencias esféricas de color crema perfumado y cuya vida tiene algo que ver con los elefantes, las capas freáticas, la falla Albertina y una suerte de senescencia síncrona.

Somos -me dice el señor Kipling- de una materia quebrada en su génesis y que se expande como procesos tectónicos en bordes divergentes que, finalmente, colisionan. Habitamos en largas zanjas con laderas de gran pendiente para fragmentarnos de nuevo y crear otras grietas de las que emergemos verticales, generando grandes escalones donde pretendemos establecernos como sólidos bloques que parten la corriente del agua, a la cual también pertenecemos, y que intentan combatir al graben de la vida para evitar que se hunda poco a poco por efecto de las fuerzas internas.

El señor Kipling me ha entregado un mensaje. Reza, lacónico, “precisamente fue así… ¿ Cómo empezó el miedo ? “. Le veo alejarse mientras averigua cómo el dromedario obtuvo su joroba, quién pintó las manchas al leopardo, por qué el rinoceronte tiene arrugas en la piel, cuál fue el principio del armadillo y por qué el gato va a su aire. Me grita que piensa llegar hasta el mar para averiguar por qué la ballena tiene la garganta pequeña  y los cangrejos juegan con la marea y, más allá, le preguntará al canguro por su cantinela.

¡ Sigo sus pasos ! Me ha prometido un encuentro con nuestro querido Gaarder (Jostein). Tengo cincuenta preguntas para él… Ya te contaré”

El Café Romantic presenta un breve relato del poeta José Pejó Vernis, que lo dice todo, absolutamente todo, de la maravillosa aventura del ser humano que despliega todas las gestiones imaginables e inimaginables para el logro de las cosas. 

 

 

Remuevo cielo y tierra, descubrir
la arena, el agua el barro, el humo, el fuego,
conspirar con la tinta en el papel
y sembrar, más allá del cuerpo en vilo,
el fruto irreprimible de mi imaginación,
es lo mío, lo que hago,

 

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¿ PARA QUÉ SIRVE UNA PLANTA ?

He recibido carta del viejo, mi querido viejo. Es una carta manuscrita. El ordenador, Internet y esas cosas que llaman nuevas tecnologías son, para él, armas que carga el diablo, como las pistolas. No le falta razón, pienso yo muchas veces. Estos días anda enfrascado en la búsqueda del llamado “árbol de la fiebre”.

El viejo es un tipo que no deja que el día termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, ni que sea por unos instantes, sin haber aumentado sus sueños, ni que sean efímeros. No se deja vencer por el desaliento. No permite que nadie le quite el derecho a expresarse, que es casi un deber. Y, por supuesto, no abandona nunca las ansias de hacer de su vida algo extraordinario.

Tampoco deja de creer que las palabras, – de su puño y letra, por supuesto-, sí pueden cambiar el mundo, al menos el mundo que él y yo conocemos. Juramos en una ocasión – y a Dios pusimos por testigo- que pasara lo que pasara, nuestra esencia siempre permanecería intacta. Somos seres llenos de pasión y la vida es desierto y oasis que nos derriba, nos lastima, nos enseña… nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

A propósito de los sueños: he alcanzado la convicción de que no hay certezas cuando se habla de ellos; algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

El viejo ha hecho un alto en el camino de la ruta Kipling para contarme que ve las pequeñas cosas de la vida, un momento, un sentimiento, un instante… Y me hace ver que son esas cosas las que dan la felicidad. Una felicidad que ambos queremos atrapar en un instante para crear una conciencia de eternidad que sugiere la fugacidad de aquel instante.

En su carta, me habla de una pequeña historia de imágenes que hacen aflorar palabras, palabras que son momentos, momentos que nacen de sentimientos, sentimientos que son instantes, instantes que hacen nuestra historia. Le llama la historia de la verdolaga.

“Un día, mi querido y joven amigo, me fascinó ver leer a una joven junto a una verdolaga. Mirar era como desear que el tiempo no pasara. ¿ Cómo perpetuar el instante ? Había que apresurarse porque no se escapara todo, como un sueño al despertar. En la vida todo es breve, como en una obra de Azorín, como los sueños de Calderón, como una copla de Manrique:

Recuerda el alma dormida,

aviva el seso y despierta,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando…

Deslumbrado por la imagen, saqué la foto en la verde penumbra de la tarde calurosa. Para situarnos, la verdolaga es una planta anual suculenta que da imagen de inocencia, de crecimiento lento. Tiene tallos lisos, rojizos, mayormente postrados, y hojas alternas en conjuntos en el tallo y en su extremo. Florece a finales de primavera, y continúa hasta medios de otoño. En el centro del manojo de hojas, abren solas flores amarillas que se muestran como tímidas unas pocas horas en mañanas soleadas. Las semillas son pequeñas vainas, que se abren cuando la simiente está lista. Es lo más parecido que he encontrado en la naturaleza a nosotros: seres que toleran suelo pobre, compactado, e incluso sequía.

Como te iba diciendo, dicha planta posee el arte de decir las cosas en la forma más insólita: sus flores se enredan como citas recordadas. Presentan el mismo colorido que las flores que Platero acaricia suavemente con su hocico, “rozándolas, apenas”, cuando va al prado: rosas, rojas, granas… Es una planta siempreviva, que ve la vida desde la impasibilidad, con una resistencia casi total a la sequedad. “Tiene acero. Acero y plata de luna al mismo tiempo”, como Platero.

Antes de pasar a otras cosas, debo decirte que, como tú y yo, es sensible a las heladas, y acostumbra a rebrotar, después. Ciertamente, amigo mío, dicha planta es muy bonita en lugares desplomados y le gusta que el sol se concentre en sus decorativas flores y que la luz las bese. Cada planta conoce los secretos del corazón. Puesto que la vida es huidiza y todo corre en ella vertiginosamente, cada año se escogen ramas largas y se les pone tutor. Si no pierden la guía, al verlas dar flor se siente una atracción que hace que el tiempo pase sin que lo sintamos.

En el tiempo recobrado leíamos que la belleza de una cosa está en otra cosa. Todo está conectado: la verdolaga, el libro de Juan Ramón, el libro que leía la joven, las palabras, las pequeñas cosas. Una múltiple imagen en la fugacidad de la vida. La imposibilidad de atrapar el instante. ¿ Niña que luego fuiste mujer, por qué, cuando te miro, no acepto el paso del tiempo? Sigo viendo aquella tarde ardiente, infinita, que se prolongó más allá de sí misma, contagiada de la eternidad del libro.

Pasa la vida sin darnos cuenta, pero el sentido de las cosas queda. Y queda muchas veces a través de las palabras. Dicen que con las palabras no se puede decir todo, pero se puede escribir todo aquello que no se puede decir con palabras. Como las flores de la verdolaga, las palabras son la identidad de las personas que las inventaron, usaron y vivieron, pero muchas se van para no volver. Los diccionarios son los que las desentierran pero no son dioses que les puedan infundir nueva vida. Nos tenemos que acostumbrar a perderlas porque, como nos recuerda Heráclito de Efeso, “todo cambia, nada permanece”.

Las palabras desahuciadas, incluso muertas, nos producen nostalgia. Pienso ahora cómo se sentiría Cervantes, Machado, Miguel Hernández, Withman y tantos otros si estuvieran en una cafetería, en una oficina, en una escuela y sintiera las palabras con las cuales, en la actualidad, solemos comunicarnos. Pensarían que estamos en otro siglo. Quizás, en otro planeta. Quizás, pensarían que no somos de este mundo.

La mayoría de los seres humanos estamos sobre el mundo… pero hoy, esta tarde, aquí, estoy en el mundo. Son las pequeñas cosas como las palabras y las flores de la verdolaga que nos hacen ser lo que somos. No muere aquello que desaparece sino aquello que se olvida. No olvidemos nunca.

Tuyo, el viejo, siguiendo los pasos de Kipling y del señor Ledger”.

 

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ERES DIFERENTE

Un ambiente hippie nos dio la bienvenida en La Savina. Era una atmósfera ora trasnochada, ora vanguardista, tan falsa como auténtica. Nadie parecía tener prisa, ni siquiera el tiempo. Ni Dios. Bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz y compromiso de días hermosos, metimos nuestra pasión en la maleta con la intención de lanzarnos a la piscina sin saber si había agua, viviendo del caos y de los errores, como dos adolescentes perennes, con carilla de traviesos y ojo cantarines, inconformistas y perfeccionistas hasta la neurosis.

En la breve ciudad de Sant Francesc, luminosos fragmentos de cielo se colaban en casas y casuchas a través de patios, balcones, terrazas y sencillos jardines. Todos parecían iguales, todos eran diferentes, como pequeños paréntesis en los que el tiempo se detenía y la vida desconectaba de la terca rutina. Un manto de luz dorada y de sosiego lo cubría todo, invitando a una saludable desgana a cualquier hora del día.

El viejo de la imprenta, mi querido viejo, me había prometido que un atardecer me llevaría a Formentera. Y lo cumplió. Siempre cumple lo que promete. Era la primera vez que yo pisaba aquel antojadizo pedazo de tierra, una caprichosa isla de trigo, tan cercana como lejana, sola y compañera, hacia el mediodía, un inciso en el mar.

Cumplimos con el ritual, bendito rito, de andar la isla en bicicleta, por soleados caminos de arena y rocas limpias e inocentes, donde los dunares parecían retozar con pinos, sabinas y matorrales, hasta alcanzar una plaza con cuatro casitas y más arriba, unos molinos.

 – ¿Oyes? – preguntó el viejo.

– ¿El qué? – repliqué.

– ¡Te está hablando!

– ¿Quién? – insistí, mirando a uno y otro lado de la plaza, donde parecía no haber nada, aunque yo intuía que en aquella aparente nada galbana estaba todo.

– ¡Presta atención! – reclamó el viejo como un maestro de los de antaño, regañón ante el alumno, pollito indefenso.

Barrí de nuevo con la mirada la plaza que, en cada ojeada me parecía más infinita, hasta que mis ojos dieron con una placa embutida en una pared de una de las cuatro casas, en la calle de los Molinos de la Miranda.

– ¿ Y, ahora. Lo oyes?

Guardé silencio para poder oírlo mejor. Percibí susurros de ocho vientos que invitaban a moler el poco grano que aguardaba en los molinos, entre campos de piedra y migas de tierra agradecida, higueras de sombra dormina y un horizonte austero de algún pino.

El viejo interrumpió sin venia alguna mis pensamientos.

– Son los hombres, con la escasa tierra, rodeados de grandes mares, más que fieles terrenales, velas que el viento lleva – expuso, recitando al poeta Villangómez. Era él quien me susurraba entre vientos en nombre de hombres fieles a sí mismos de una generación sacrificada y truncada por la guerra, que cantaron a la tierra con un canto que nunca se acababa en ellos mismos.

Las letras de la placa embutida en la pared de una de las cuatro casitas de la plaza tomaron vida y se incrustaron en mi alma. Como ellos, evoqué a la vida como una mujer, una belleza perseguida de tierra, agua y luz en constante lucha contra desarraigo terrenal y el paso del tiempo.

Luego, al amparo de la placidez de un atardecer de verano, en el protegido retiro de una playa insultantemente virgen, de una arena insultantemente fulgente, agotamos el último de los primeros días de nuestras vidas antes de arremangarnos para los ensayos de nuestras renovadas vidas. Conversamos animadamente, resguardados ya del sol mientras los pensamientos fluían al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envolvió el momento. Había palabras, ideas que brotaban sosegadamente. No había prisa.

De repente, al unísono, miramos al cielo y descubrimos el vuelo de la gaviota. Saboreamos la libertad del animal como si fuera la propia. Sin decirlo, nos dijimos que todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traducimos y lo hacemos nuestro.

En un acto de continuidad, regresamos a la conversación mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparecía en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido. Escrutamos el mar.

– ¿ Qué sería de este mar sin sus posidonias ? – pregunté, mientras hacía mía la profundidad de la pradera marina, zócalo, ventana y puerta a la llanura exigua y áspera que es como una piedra toscamente cortada que siempre llora, vertiendo al eléctrico azul lágrimas de agua acumuladas de una vida de lluvia, sudor y humedad.

– Quizás, debieras preguntarte qué somos. Y, qué somos sin estos pequeños momentos – contrarrestó el viejo.

– Le seguí, sabedor de que no sólo tenía la pregunta sino, y lo que era más importante, tenía la respuesta. ¿ Qué somos ?

– Somos una gran gota en el limo del tiempo detenida en un torrente de la memoria que nos arrastra y refleja lo que somos, frente a un fugaz espejo que hace que nuestro rostro se desmigaje en ínfimas facciones.

Gracias, querido viejo. Contaré a todos que hemos estado más cerca de la tierra que del cielo, y que el cielo estaba en la isla de los hombres que son como velas terrenales que el viento lleva.

(Inspirado en la obra del gran poeta ibicenco Marià Villangómez, miembro de la llamada “generación sacrificada”, término acuñado por Joan Fuster, y que aludía a los poetas herederos de la tradición noucentista que vio truncada su obra por la maldita Guerra Civil española).

El Café Romantic presenta hoy un relato de la excelente periodista y escritora de Badalona Mercè Roura. Todos parecemos diferentes, todos parecemos iguales, y en esa semejanza radica la diferencia. Música: el excelente tema final de Cinema Paradiso, musicalizado por Ennio Morricone.

Soy diferente. Y tú también. No te escondas, ni intentes ocultar que tus ojos llevan escrito que buscan y necesitan algo que otros no desean o han renunciado a tener. Lo has sabido siempre. Desde que tenías cuatro años y rasguños en las rodillas. Desde que decidiste mirar a la luna y no al dedo. Cuando te detenías a mirar por la ventana y podías imaginar un mundo donde otros sólo veían árboles. Y suplicabas ver sólo árboles y no podías, porque querías ser “normal”, corriente, pasar desapercibido, que nadie te señalara con el dedo ni cuestionara tu esencia. A veces, durante unos días, te ponías la sonrisa facilona y mirabas sin ver, tocabas sin notar y la gente te dejaba tranquilo. Lo conseguías, pero duraba poco, muy poco… Era una placidez extraña y cargada de angustia ante lo inevitable. Un repique en tu cabeza te despertaba del sueño de los conformes y sentías como un viento imparable te tambaleaba los pies y agitaba el pecho. Tu alma irreverente y loca se ponía en vigilia… Tus ojos adquirían ese brillo especial que te permite verlo todo bajo otro prisma y devorar con avidez pequeños detalles que los demás no ven o deciden ignorar. Tu carga se soltaba, el amarre que te asía al mundo de la resignación se aflojaba… Te acercabas a la ventana y veías un horizonte ancho y eterno. Y pensabas como justificarte por poder contemplar lo que se dibujaba ante ti. Y aquello dolía porque no se podía ocultar. Aún pasa, se te escribe en las pupilas y se nota. Lo notan incluso los que jamás podrán compartirlo y, sobre todo, los que alguna vez lo han sentido y deciden ahogarlo para no sufrir lo que tu sufrías entonces. Son los que más criticaban desde sus caparazones y vidas asépticas…

Han pasado años y caras agrias. Han pasado años y muchos momentos infinitos. A veces, durante este tiempo, sólo has visto árboles, cierto. Tu brillo se ha apagado y te has integrado en una masa amorfa que sueña dentro de marcos, como las fotos, que vive en pequeñas parcelas, bucea en aguas estancadas y asume riesgos diminutos y demasiado calculados. Otras veces, te has forzado para no pensar, no sucumbir, no imaginar. Aunque la venda cae, siempre. El corazón se acelera y no puedes evitarlo. Ese mundo te llama, pronuncia tu nombre con fuerza, a gritos… Es una llamada profunda que no viene de fuera, sino de dentro. Es imposible hacerla callar. Es imposible no escucharla. Y descubres que ese mundo que has visto siempre, eres tú. Lo llevas metido en la entrañas desde que naciste. Eres tú y tus posibilidades infinitas… De ser distinto y no ser la copia de nada. De surcar mil realidades, sobrevolar mil océanos y de hacer un ridículo clamoroso y repetirlo una y otra vez. De existir sin pedir perdón por superar límites, por borrar fronteras y derribar muros. Por regresar al punto de partida y desear más. Por no atarse a ideas que no tengan alas…

Y no estás solo. Hay muchos, más de los que crees e imaginas. De hecho, todos podrían ser como tú, si se atrevieran a escuchar. Los que no te soportan y te señalan… Esos aún más.

Duele, a veces, pero es un precio a pagar por vivir sin guantes, sin filtros ni profilácticos para diluir emociones. Es lo que ocurre si te dejas tocar por la vida. Duele, pero la intensidad de sus goces es inmensa.

Eres diferente. No puedes evitarlo y ya no quieres evitarlo.

Eres diferente. Asume y disfruta.

 

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