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ERES DIFERENTE

13 Jul

Un ambiente hippie nos dio la bienvenida en La Savina. Era una atmósfera ora trasnochada, ora vanguardista, tan falsa como auténtica. Nadie parecía tener prisa, ni siquiera el tiempo. Ni Dios. Bajo la mirada estimulante de un sol más alto, portador de renovada luz y compromiso de días hermosos, metimos nuestra pasión en la maleta con la intención de lanzarnos a la piscina sin saber si había agua, viviendo del caos y de los errores, como dos adolescentes perennes, con carilla de traviesos y ojo cantarines, inconformistas y perfeccionistas hasta la neurosis.

En la breve ciudad de Sant Francesc, luminosos fragmentos de cielo se colaban en casas y casuchas a través de patios, balcones, terrazas y sencillos jardines. Todos parecían iguales, todos eran diferentes, como pequeños paréntesis en los que el tiempo se detenía y la vida desconectaba de la terca rutina. Un manto de luz dorada y de sosiego lo cubría todo, invitando a una saludable desgana a cualquier hora del día.

El viejo de la imprenta, mi querido viejo, me había prometido que un atardecer me llevaría a Formentera. Y lo cumplió. Siempre cumple lo que promete. Era la primera vez que yo pisaba aquel antojadizo pedazo de tierra, una caprichosa isla de trigo, tan cercana como lejana, sola y compañera, hacia el mediodía, un inciso en el mar.

Cumplimos con el ritual, bendito rito, de andar la isla en bicicleta, por soleados caminos de arena y rocas limpias e inocentes, donde los dunares parecían retozar con pinos, sabinas y matorrales, hasta alcanzar una plaza con cuatro casitas y más arriba, unos molinos.

 – ¿Oyes? – preguntó el viejo.

– ¿El qué? – repliqué.

– ¡Te está hablando!

– ¿Quién? – insistí, mirando a uno y otro lado de la plaza, donde parecía no haber nada, aunque yo intuía que en aquella aparente nada galbana estaba todo.

– ¡Presta atención! – reclamó el viejo como un maestro de los de antaño, regañón ante el alumno, pollito indefenso.

Barrí de nuevo con la mirada la plaza que, en cada ojeada me parecía más infinita, hasta que mis ojos dieron con una placa embutida en una pared de una de las cuatro casas, en la calle de los Molinos de la Miranda.

– ¿ Y, ahora. Lo oyes?

Guardé silencio para poder oírlo mejor. Percibí susurros de ocho vientos que invitaban a moler el poco grano que aguardaba en los molinos, entre campos de piedra y migas de tierra agradecida, higueras de sombra dormina y un horizonte austero de algún pino.

El viejo interrumpió sin venia alguna mis pensamientos.

– Son los hombres, con la escasa tierra, rodeados de grandes mares, más que fieles terrenales, velas que el viento lleva – expuso, recitando al poeta Villangómez. Era él quien me susurraba entre vientos en nombre de hombres fieles a sí mismos de una generación sacrificada y truncada por la guerra, que cantaron a la tierra con un canto que nunca se acababa en ellos mismos.

Las letras de la placa embutida en la pared de una de las cuatro casitas de la plaza tomaron vida y se incrustaron en mi alma. Como ellos, evoqué a la vida como una mujer, una belleza perseguida de tierra, agua y luz en constante lucha contra desarraigo terrenal y el paso del tiempo.

Luego, al amparo de la placidez de un atardecer de verano, en el protegido retiro de una playa insultantemente virgen, de una arena insultantemente fulgente, agotamos el último de los primeros días de nuestras vidas antes de arremangarnos para los ensayos de nuestras renovadas vidas. Conversamos animadamente, resguardados ya del sol mientras los pensamientos fluían al compás de la naturaleza. La brisa, caprichosa, envolvió el momento. Había palabras, ideas que brotaban sosegadamente. No había prisa.

De repente, al unísono, miramos al cielo y descubrimos el vuelo de la gaviota. Saboreamos la libertad del animal como si fuera la propia. Sin decirlo, nos dijimos que todo es consecuencia de la constancia y de la profundidad con que se vive en cada momento. Lo traducimos y lo hacemos nuestro.

En un acto de continuidad, regresamos a la conversación mientras el ave, eterno pasajero circunstancial, desaparecía en el alto azul llevando al viento un alma transparente, un carácter fluido. Escrutamos el mar.

– ¿ Qué sería de este mar sin sus posidonias ? – pregunté, mientras hacía mía la profundidad de la pradera marina, zócalo, ventana y puerta a la llanura exigua y áspera que es como una piedra toscamente cortada que siempre llora, vertiendo al eléctrico azul lágrimas de agua acumuladas de una vida de lluvia, sudor y humedad.

– Quizás, debieras preguntarte qué somos. Y, qué somos sin estos pequeños momentos – contrarrestó el viejo.

– Le seguí, sabedor de que no sólo tenía la pregunta sino, y lo que era más importante, tenía la respuesta. ¿ Qué somos ?

– Somos una gran gota en el limo del tiempo detenida en un torrente de la memoria que nos arrastra y refleja lo que somos, frente a un fugaz espejo que hace que nuestro rostro se desmigaje en ínfimas facciones.

Gracias, querido viejo. Contaré a todos que hemos estado más cerca de la tierra que del cielo, y que el cielo estaba en la isla de los hombres que son como velas terrenales que el viento lleva.

(Inspirado en la obra del gran poeta ibicenco Marià Villangómez, miembro de la llamada “generación sacrificada”, término acuñado por Joan Fuster, y que aludía a los poetas herederos de la tradición noucentista que vio truncada su obra por la maldita Guerra Civil española).

El Café Romantic presenta hoy un relato de la excelente periodista y escritora de Badalona Mercè Roura. Todos parecemos diferentes, todos parecemos iguales, y en esa semejanza radica la diferencia. Música: el excelente tema final de Cinema Paradiso, musicalizado por Ennio Morricone.

Soy diferente. Y tú también. No te escondas, ni intentes ocultar que tus ojos llevan escrito que buscan y necesitan algo que otros no desean o han renunciado a tener. Lo has sabido siempre. Desde que tenías cuatro años y rasguños en las rodillas. Desde que decidiste mirar a la luna y no al dedo. Cuando te detenías a mirar por la ventana y podías imaginar un mundo donde otros sólo veían árboles. Y suplicabas ver sólo árboles y no podías, porque querías ser “normal”, corriente, pasar desapercibido, que nadie te señalara con el dedo ni cuestionara tu esencia. A veces, durante unos días, te ponías la sonrisa facilona y mirabas sin ver, tocabas sin notar y la gente te dejaba tranquilo. Lo conseguías, pero duraba poco, muy poco… Era una placidez extraña y cargada de angustia ante lo inevitable. Un repique en tu cabeza te despertaba del sueño de los conformes y sentías como un viento imparable te tambaleaba los pies y agitaba el pecho. Tu alma irreverente y loca se ponía en vigilia… Tus ojos adquirían ese brillo especial que te permite verlo todo bajo otro prisma y devorar con avidez pequeños detalles que los demás no ven o deciden ignorar. Tu carga se soltaba, el amarre que te asía al mundo de la resignación se aflojaba… Te acercabas a la ventana y veías un horizonte ancho y eterno. Y pensabas como justificarte por poder contemplar lo que se dibujaba ante ti. Y aquello dolía porque no se podía ocultar. Aún pasa, se te escribe en las pupilas y se nota. Lo notan incluso los que jamás podrán compartirlo y, sobre todo, los que alguna vez lo han sentido y deciden ahogarlo para no sufrir lo que tu sufrías entonces. Son los que más criticaban desde sus caparazones y vidas asépticas…

Han pasado años y caras agrias. Han pasado años y muchos momentos infinitos. A veces, durante este tiempo, sólo has visto árboles, cierto. Tu brillo se ha apagado y te has integrado en una masa amorfa que sueña dentro de marcos, como las fotos, que vive en pequeñas parcelas, bucea en aguas estancadas y asume riesgos diminutos y demasiado calculados. Otras veces, te has forzado para no pensar, no sucumbir, no imaginar. Aunque la venda cae, siempre. El corazón se acelera y no puedes evitarlo. Ese mundo te llama, pronuncia tu nombre con fuerza, a gritos… Es una llamada profunda que no viene de fuera, sino de dentro. Es imposible hacerla callar. Es imposible no escucharla. Y descubres que ese mundo que has visto siempre, eres tú. Lo llevas metido en la entrañas desde que naciste. Eres tú y tus posibilidades infinitas… De ser distinto y no ser la copia de nada. De surcar mil realidades, sobrevolar mil océanos y de hacer un ridículo clamoroso y repetirlo una y otra vez. De existir sin pedir perdón por superar límites, por borrar fronteras y derribar muros. Por regresar al punto de partida y desear más. Por no atarse a ideas que no tengan alas…

Y no estás solo. Hay muchos, más de los que crees e imaginas. De hecho, todos podrían ser como tú, si se atrevieran a escuchar. Los que no te soportan y te señalan… Esos aún más.

Duele, a veces, pero es un precio a pagar por vivir sin guantes, sin filtros ni profilácticos para diluir emociones. Es lo que ocurre si te dejas tocar por la vida. Duele, pero la intensidad de sus goces es inmensa.

Eres diferente. No puedes evitarlo y ya no quieres evitarlo.

Eres diferente. Asume y disfruta.

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