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¿ PARA QUÉ SIRVE UNA PLANTA ?

22 Jul

He recibido carta del viejo, mi querido viejo. Es una carta manuscrita. El ordenador, Internet y esas cosas que llaman nuevas tecnologías son, para él, armas que carga el diablo, como las pistolas. No le falta razón, pienso yo muchas veces. Estos días anda enfrascado en la búsqueda del llamado “árbol de la fiebre”.

El viejo es un tipo que no deja que el día termine sin haber crecido un poco, sin haber sido feliz, ni que sea por unos instantes, sin haber aumentado sus sueños, ni que sean efímeros. No se deja vencer por el desaliento. No permite que nadie le quite el derecho a expresarse, que es casi un deber. Y, por supuesto, no abandona nunca las ansias de hacer de su vida algo extraordinario.

Tampoco deja de creer que las palabras, – de su puño y letra, por supuesto-, sí pueden cambiar el mundo, al menos el mundo que él y yo conocemos. Juramos en una ocasión – y a Dios pusimos por testigo- que pasara lo que pasara, nuestra esencia siempre permanecería intacta. Somos seres llenos de pasión y la vida es desierto y oasis que nos derriba, nos lastima, nos enseña… nos convierte en protagonistas de nuestra propia historia.

A propósito de los sueños: he alcanzado la convicción de que no hay certezas cuando se habla de ellos; algunos se logran, pero otros tantos chisporrotean y mueren. Cuando eso sucede es tentador preguntarse por qué uno ha soñado alguna vez en la vida.

El viejo ha hecho un alto en el camino de la ruta Kipling para contarme que ve las pequeñas cosas de la vida, un momento, un sentimiento, un instante… Y me hace ver que son esas cosas las que dan la felicidad. Una felicidad que ambos queremos atrapar en un instante para crear una conciencia de eternidad que sugiere la fugacidad de aquel instante.

En su carta, me habla de una pequeña historia de imágenes que hacen aflorar palabras, palabras que son momentos, momentos que nacen de sentimientos, sentimientos que son instantes, instantes que hacen nuestra historia. Le llama la historia de la verdolaga.

“Un día, mi querido y joven amigo, me fascinó ver leer a una joven junto a una verdolaga. Mirar era como desear que el tiempo no pasara. ¿ Cómo perpetuar el instante ? Había que apresurarse porque no se escapara todo, como un sueño al despertar. En la vida todo es breve, como en una obra de Azorín, como los sueños de Calderón, como una copla de Manrique:

Recuerda el alma dormida,

aviva el seso y despierta,

contemplando

cómo se pasa la vida,

cómo se viene la muerte

tan callando…

Deslumbrado por la imagen, saqué la foto en la verde penumbra de la tarde calurosa. Para situarnos, la verdolaga es una planta anual suculenta que da imagen de inocencia, de crecimiento lento. Tiene tallos lisos, rojizos, mayormente postrados, y hojas alternas en conjuntos en el tallo y en su extremo. Florece a finales de primavera, y continúa hasta medios de otoño. En el centro del manojo de hojas, abren solas flores amarillas que se muestran como tímidas unas pocas horas en mañanas soleadas. Las semillas son pequeñas vainas, que se abren cuando la simiente está lista. Es lo más parecido que he encontrado en la naturaleza a nosotros: seres que toleran suelo pobre, compactado, e incluso sequía.

Como te iba diciendo, dicha planta posee el arte de decir las cosas en la forma más insólita: sus flores se enredan como citas recordadas. Presentan el mismo colorido que las flores que Platero acaricia suavemente con su hocico, “rozándolas, apenas”, cuando va al prado: rosas, rojas, granas… Es una planta siempreviva, que ve la vida desde la impasibilidad, con una resistencia casi total a la sequedad. “Tiene acero. Acero y plata de luna al mismo tiempo”, como Platero.

Antes de pasar a otras cosas, debo decirte que, como tú y yo, es sensible a las heladas, y acostumbra a rebrotar, después. Ciertamente, amigo mío, dicha planta es muy bonita en lugares desplomados y le gusta que el sol se concentre en sus decorativas flores y que la luz las bese. Cada planta conoce los secretos del corazón. Puesto que la vida es huidiza y todo corre en ella vertiginosamente, cada año se escogen ramas largas y se les pone tutor. Si no pierden la guía, al verlas dar flor se siente una atracción que hace que el tiempo pase sin que lo sintamos.

En el tiempo recobrado leíamos que la belleza de una cosa está en otra cosa. Todo está conectado: la verdolaga, el libro de Juan Ramón, el libro que leía la joven, las palabras, las pequeñas cosas. Una múltiple imagen en la fugacidad de la vida. La imposibilidad de atrapar el instante. ¿ Niña que luego fuiste mujer, por qué, cuando te miro, no acepto el paso del tiempo? Sigo viendo aquella tarde ardiente, infinita, que se prolongó más allá de sí misma, contagiada de la eternidad del libro.

Pasa la vida sin darnos cuenta, pero el sentido de las cosas queda. Y queda muchas veces a través de las palabras. Dicen que con las palabras no se puede decir todo, pero se puede escribir todo aquello que no se puede decir con palabras. Como las flores de la verdolaga, las palabras son la identidad de las personas que las inventaron, usaron y vivieron, pero muchas se van para no volver. Los diccionarios son los que las desentierran pero no son dioses que les puedan infundir nueva vida. Nos tenemos que acostumbrar a perderlas porque, como nos recuerda Heráclito de Efeso, “todo cambia, nada permanece”.

Las palabras desahuciadas, incluso muertas, nos producen nostalgia. Pienso ahora cómo se sentiría Cervantes, Machado, Miguel Hernández, Withman y tantos otros si estuvieran en una cafetería, en una oficina, en una escuela y sintiera las palabras con las cuales, en la actualidad, solemos comunicarnos. Pensarían que estamos en otro siglo. Quizás, en otro planeta. Quizás, pensarían que no somos de este mundo.

La mayoría de los seres humanos estamos sobre el mundo… pero hoy, esta tarde, aquí, estoy en el mundo. Son las pequeñas cosas como las palabras y las flores de la verdolaga que nos hacen ser lo que somos. No muere aquello que desaparece sino aquello que se olvida. No olvidemos nunca.

Tuyo, el viejo, siguiendo los pasos de Kipling y del señor Ledger”.

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