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ENTRE LA TIERRA Y EL CIELO… (EL ÁRBOL DE LA FIEBRE)

28 Jul

La emocionada carta apenas sí delata su posición exacta. De eso hace ya unos días. Lleva fecha de julio de 1721. ¿ Ha enloquecido ? ¡Pobre viejo ! Me cuenta que se halla en un lugar donde habita lo último de lo que la vida nos puede sustraer. ¿Dónde te encuentras ? ¿ Y que eso último que se resiste a la sustracción de la vida ?

Descifro que se halla en un lugar en el que viven negros que se saben negros porque han conocido al único blanco que les ha visitado cuasi desde 1880. Dicen los textos que el último blanco que habitó aquella tierra fue Livingstone, o alguno de sus misioneros. Sin duda, se trata de una isla de entre una docena de islas sin salida al mar que trato de ubicar en el Valle del Rift, esa monumental fractura geológica que no sólo se extiende de Yibuti a Mozambique sino que, ambicioso, sin más permiso que el propio, tomó el mar Rojo y el río Jordán.

Lo imagino rodeado de elefantes, rinocerontes, jirafas, cebras, primates y antílopes en una tierra en la que dicen que no hay nada pero está todo, que aún se mueve con leña de carbón y que aún lucha contra el limo depositado en lechos de ríos y corrientes. Por las coordenadas lingüísticas que disemina por su carta lo sitúo en el sureste africano, posiblemente entre el lago Niassa y el Gran Río Limpopo, apenas unos pocos miles de kilómetros que se pueden recorrer en treinta segundos, si uno quiere.

Parafrasea a nuestro querido James (William), de quien hemos heredado el libre albedrío, para decirme que el humanista – y él lo es- es perfactamente consistente al mover cielo y tierra para ganar un prosélito, si su naturaleza es lo suficientemente entusiasta para intentarlo. Es condición sine qua non.

Pero, – y me pregunto yo-,  ¿ cómo se puede puede ser entusiasta de una visión de las cosas que uno sabe que ha hecho en parte él mismo, y que podrían alterarse dentro de un momento? ¿ Cómo puede haber alguna devoción heroica al ideal de la verdad en condiciones tan mezquinas? El viejo es la pregunta y la respuesta.

” Mi querido y joven amigo; Imagino que, en estos precisos instantes, te estarás haciendo algunas preguntas. Es precioso aún hacerse preguntas, cuando todo se diluye a nuestro alrededor. Yo, aún tengo muchas preguntas y tan pocas respuestas frente a esa modernidad líquida que vislumbró nuestro querido Bauman y que corre el riesgo de convertirse -si no es que ya lo ha hecho-, en un torrente que todo lo arrastra y en el que apenas sí queda nada sólido a lo que agarrarse. ¡ Ay !, mi querido amigo, ya no somos sólidos. Ni siquiera líquidas. Somos gaseosos, materia cada vez más etérea.

Sin embargo, aún tenemos a lo que aferrarnos en ese caótico tránsito hacia un destino claro que aún no tenemos. Aún nos queda el señor Ledger, y el señor Kipling, de cuya mano he encontrado lo que buscaba y que sólo el entusiasta humanista podía hallar: el árbol de la fiebre.

Pensarás que he enloquecido, pero hoy, por estos días, me encuentro en el camino de los incas, es 1721 y estoy con el gran Charles Ledger en el preciso momento en que, por encargo de la condesa de Chinchón, entrega a los holandeses las semillas perfectas para su más gran empresa: “la conquista de los gustos”.

Y te preguntarás que es aquello último que se resiste a la sustracción de la vida. Ledger, al despedirse, me ha revelado lo que precisamente fue así, lo que precisamente así será y que nunca nos sustraerán: la capacidad de soñar, y de lograr. Y así, arrastrado por esta dulce fiebre, aquí me encuentro, a cobijo de una enorme acacia, tan grande como tú yo, unos veinte metros de altura, y cuyo corteza acaricio, suave, amarilla, polvo. De vez en cuando, las fuertes espinas blancas de los nodos pinchan para recordarme quién soy, de dónde vengo, adónde voy…, en mi traviesa intención de hallar su milagro. ¿ Sabías que es uno de los pocos árboles en que la fotosíntesis tiene lugar en la corteza ?

¡ Un momento !, creo haber divisado al señor Kipling. ¡ Es él !. Ojalá estuvieras aquí, conmigo, en este estado de inflorescencias esféricas de color crema perfumado y cuya vida tiene algo que ver con los elefantes, las capas freáticas, la falla Albertina y una suerte de senescencia síncrona.

Somos -me dice el señor Kipling- de una materia quebrada en su génesis y que se expande como procesos tectónicos en bordes divergentes que, finalmente, colisionan. Habitamos en largas zanjas con laderas de gran pendiente para fragmentarnos de nuevo y crear otras grietas de las que emergemos verticales, generando grandes escalones donde pretendemos establecernos como sólidos bloques que parten la corriente del agua, a la cual también pertenecemos, y que intentan combatir al graben de la vida para evitar que se hunda poco a poco por efecto de las fuerzas internas.

El señor Kipling me ha entregado un mensaje. Reza, lacónico, “precisamente fue así… ¿ Cómo empezó el miedo ? “. Le veo alejarse mientras averigua cómo el dromedario obtuvo su joroba, quién pintó las manchas al leopardo, por qué el rinoceronte tiene arrugas en la piel, cuál fue el principio del armadillo y por qué el gato va a su aire. Me grita que piensa llegar hasta el mar para averiguar por qué la ballena tiene la garganta pequeña  y los cangrejos juegan con la marea y, más allá, le preguntará al canguro por su cantinela.

¡ Sigo sus pasos ! Me ha prometido un encuentro con nuestro querido Gaarder (Jostein). Tengo cincuenta preguntas para él… Ya te contaré”

El Café Romantic presenta un breve relato del poeta José Pejó Vernis, que lo dice todo, absolutamente todo, de la maravillosa aventura del ser humano que despliega todas las gestiones imaginables e inimaginables para el logro de las cosas. 

 

 

Remuevo cielo y tierra, descubrir
la arena, el agua el barro, el humo, el fuego,
conspirar con la tinta en el papel
y sembrar, más allá del cuerpo en vilo,
el fruto irreprimible de mi imaginación,
es lo mío, lo que hago,

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