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VEN A MÍ

08 Ago

Ahora que el viejo de la imprenta no me escucha -eso espero-, os contaré que en algunas ocasiones abordamos el tema sin ambages: ¿ Sexo o amor ? ¿ Sexo con o sin amor ? ¿Es posible el amor sin sexo ?

– ¿ Por qué me haces una pregunta de los años setenta ? – me contestó el viejo la primera vez que se me ocurrió plantearle la cuestión. Aún no imagino al viejo, ni ahora ni antes, entrelazando su cuerpo con el de una mujer, ambos sudorosos, con las extremidades en tensión, buscando él las partes más íntimas de ella, y ella abandonada al placer más extremo mientras con sus manos retuerce las sábanas hasta convertirlas en jirones de azul.

– ¡ En efecto !, mi querido y joven amigo, busqué y hallé sus partes más íntimas y hasta nuestros cuerpos acabaron en un jirón azul – respondió, aclarando mi duda mental, para mi sonrojo. Me tranquilizó: pensarlo y hacerlo no es pecaminoso. Y me ilustró:

– Ptolomeo sucumbió al sexo de su hermana; Ovidio probó el arte de amar, y Apuleyo se convirtió en Asno de oro; Bocaccio narró las hazañas de monjes seduciendo monjas en los conventos, mal le pese a la Iglesia… ¿ O acaso crees que Vatsiaiana escribió el Kamasutra inspirado en un gallo y una gallina copulando ?

– Pero, Vatsiaiana fue un religioso, y se supone que… 

– Y también pasó su infancia en un prostíbulo, junto a su tía favorita, según dicen.

Lo cierto, y en eso coincidimos ambos, es que creemos que hay mucha gente que se ve empujada, – aunque nadie ni nada palmario la empuja -, a tener sexo por el sexo. ” Sienten que es lo que deben hacer”, opino yo; “en realidad quieren otra cosa”, sentencia él. Creo que seguimos teniendo un problema muy importante con el sexo, con la sexualidad. Aún hay mucha gente que niega en público que necesita sexo con amor porque cree que es algo cursi.

– Y, entonces, ¿ de qué estamos hablando ? – pregunté, pues la cuestión seguía sin ser pacífica, como muchas otras cosas en la vida.

– Hablamos de sexualidad.

Eché mano del diccionario.

– Entonces, hablamos del conjunto de prácticas, comportamientos, juegos… relacionados con la búsqueda del placer sexual y la reproducción, fruto del apetito sexual y de la propensión al placer carnal.

– ¿ Afirmas o preguntas ?

– Leo… en el diccionario.

– Creo que la Real Academia de la Lengua debería incorporar a Arsan, Bataille, Nabokov, Nin o Genet para actualizarse y disfrutar un poco más de la lengua… – apuntó el viejo, picarón. La sexualidad, mi querido e inocente amigo, debe ser medio para la búsqueda de comunicación, placer, afecto, ternura e intimidad. Es más que puro placer.

– ¡ Pero…! -exclamé. Siempre hay un pero en todo.

– El pero somos nosotros – anunció el viejo – Hasta en el placer somos conflictivos. Y en este asunto el conflicto radica entre lo que parece que hay que hacer y lo que, en realidad, muchos quieren hacer.

– Es decir, si no te he interpretado mal, el conflicto estriba entre tener sexo con cierta frecuencia, aunque sea sexo sin, y lo que realmente quieren todas y todos, sexo con amor, aunque no lo digan por miedo a ser tachados de cursis. 

Reflexioné para mis adentros sobre el dichoso asunto mientras el viejo fumaba con su habitual parsimonia de su vieja pipa; exhalaba hábilmente circulitos de humo que pinchaba con su dedo índice, quizás tramando una nueva noche de jirones de azul. El silencio se prolongó por espacio de unos tres o cuatro minutos. Tiempo excesivo entre ambos, pensé. El viejo guardaba cosas por añadir y, por supuesto, habló.

– ¿ Conoces la teoría de la tormenta química perfecta ? – preguntó, pues de preguntas iba el asunto. Sólo alcancé a intuir una extraña y enmarañada relación entre un factor climático, una ciencia y una acción con el sexo, con o sin.

Un día, una mujer, a la que llamaban cazadora de cuerpos, acudió a un restaurante y solicitó el menú. Un camarero, que hablaban con palabras que encendían y miraba con ojos que enrojecían, advirtió en la mujer cierto hastío de una ajetreada vida sexual en la que no había dejado espacio para el afecto. 

Hoy, señora, el menú es variado, anunció el camarero ante la sorpresa de la cazadora, habituada a un plato: sexo por el sexo. Disponemos de sexo con amor, sexo durante el enamoramiento, sexo con algo de afecto, sexo sin nada de nada…

Ante las dudas de la mujer, el camarero le sugirió un plato de la carta: sexo más allá de la pulsión. Se trataba de un plato al punto de testosterona y de lo mejor de las fases del ciclo sexual. La carta anunciaba que se trataba de un guiso que tenía ciertas propiedades de enamoramiento.

La mujer aceptó la sugerencia y, a medio plato, sintió un extraño pero fascinante placer de sentidos por efecto de una incontrolable cascada de hormonas y neuronas largo tiempo prisioneras y desprendidas por sus cautivos sistemas nerviosos.

Una vez dio cuenta del plato, la mujer solicitó el postre. Nunca lo pedía. Ojeó la carta y clavó sus ojos en un dulce que conjugaba ingredientes divinos y terrenales. “Tormenta química perfecta”. Así se denominaba el postre, una suerte de sexo con enamoramiento.

– Y, ahora, mi querido y joven amigo, pregúntate que te llevarías a una isla desierta, aparte de un libro, que no sea electrónico, por favor. ¿Alguien con quien tener sexo sin amor o alguien con quien tener amor sin sexo ?

Valgan estas líneas del viejo de la imprenta como introducción a un excelente relato de la biblioteca erótica de la escritora cordobesa María del Pino, que aborda el asunto con exquisita excelencia literaria. Y para la ocasión, una exclusiva pieza musical a piano de Yiruma.

 

Ven a mí, acércame a tus labios, sedúceme con tu tímida mirada enamorada, sensual, de caramelo… Abrázame con tus brazos de terciopelo y déjate rodear lentamente por los míos. Regálame unas gotas, ¡solo pido unas gotas!, de tu perfume embriagador para enloquecer cuando esté a solas, sin tu requerida presencia. O, mejor dicho, amor mío, no te vayas nunca de mi lado.

Ven, acércate y rompe esta maldita distancia que nos arrebata la respiración. Recréate en mi pelo enredando tus dedos por él, que yo lo haré sobre tu piel. La besaré como nadie la ha besado y la llenaré de caricias hasta que el calor aumente entre los dos.

Mi cuerpo vibra ante tu lejana-cercanía. ¿No lo notas? Sé que tú también tiemblas al conocer, a través de mi mirada, lo que pienso, lo que, con tu cuerpo y el mío, me gustaría hacer.

     

Nuestras bocas segregan saliva. Saliva que desea mezclarse para formar una sola. Parecemos, cariño mío, dos hambrientos que no solo pretenden danzar sexualmente, sino que arden por fundirse en un acto de amor. Acto que haga temblar al mundo en el que vivimos. Sé que estás sintiendo lo mismo que yo… Por eso, permite que me derrita al inhalar tu cálido aliento sobre mis labios y al llenarte a ti del mío. Abre las puertas de tu corazón y de tu alma para dejarme entrar. Te prometo que no me iré. Me quedaré, ahí, para ofrecerte mi eterno amor en bandeja de oro con aroma a azahar.

     

Ven a mí, sigue aproximándote para que pueda olerte. O, tal vez, morderte. Ya no lo sé. He enloquecido a causa de la distancia que aún nos separa. Y aunque comprendo que solo son unos metros, como sigues sin venir, esta embravecida sensación va in crescendo en mi fuero interno hasta hacerme perder el poco juicio que aún mantengo.

     

El deseo de poseerte, de guardarte para mí, de hacerte mía, gradualmente ha ido completando mi ser hasta rebosarlo. Quiero entregarme a la lujuria de tu paraíso. Así que, por favor, avanza sin miedo y autoriza a mis desesperadas manos que puedan llevar mis pensamientos a cabo. No son malos. Te lo prometo. Te aseguro que no te arrepentirás. Simplemente anhelo despojarte de las ataduras que encierran la belleza de tu desnudez para rozarte con la yema de mis dedos y pasar mi lengua con delicadeza por los rincones más hermosos de tu cuerpo.

     

¡Oh, por favor!, créeme si te digo que te haré feliz. Es lo que más deseo en este instante en el que lo prohibido, e imposible, se muestra ante nosotros dos.

 

Ven a mí…

Un poco más cerca…

Ya casi estás a mi lado…

Bien…


Ahora que te hallas a mi vera, te garantizo que sabrás lo que es arder de pasión, ilusión y arrebato. Surcaremos el mar de nubes montados en un lecho de amor, entre el huracán carnoso de tus labios y la fusión de nuestros cuerpos… Todo, por alcanzar la felicidad del delirio onírico que nos engulle hasta la saciedad.

 

Sigue besándome de esa desenfrenada y alocada manera. Sigue moviéndote con suavidad, que yo marcaré el ritmo y las pausas. ¿ Notas la presión? ¿Notas mis manos? Déjate llevar porque, juntos, vamos a tocar el cielo…

     

Ven a mí cada noche, amor mío. Entrégate a mí cada día…

 

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