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Archivos diarios: 14/09/2013

LA VERDAD TIENE TELARAÑAS EN LOS PIES

– ¿ Son tiempos difíciles para los soñadores ?

Formular esa pregunta al viejo de la imprenta era como darle lumbre a un pirómano, o papel y lápiz a un poeta borracho, o explicarle todos mis pecados al cura de mi pueblo. Aún así, la hice.

Tengo sueños, sí. No me avergüenza decirlo. Si un día el viejo se enterase de que no tengo sueños, a buen seguro me diría que nunca seré una hortaliza porque incluso las alcachofas tienen corazón. Y si hay corazón, hay sueños.

Recuerdo que un día le confesé apesadumbrado que estaba enamorado de alguien a quien no conocía, y además había fallecido.

– ¡ Idiota ! -me recriminó.

– Pero, si no la conozco. Nunca la conoceré – le respondí, con la misma cara de quien busca explicaciones a un imposible.

– ¡ Claro que la conoces ! Desde siempre, en tus sueños.- Seguí sin conocerla, pero desde entonces tuve el consuelo de mis sueños. Y en cuanto al hecho de que ya hubiera traspasado, nadie dijo que las relaciones son fáciles, me dijo.

– ¿ Son tiempos difíciles para los soñadores ? – insistí.

En ese momento, leyó las estrellas. Alguien, no sé quién, las puso ahí por algo, me dije. Posiblemente, el viejo sabía algo que yo desconocía acerca de las estrellas. Suspiró. Era su clásico suspiro preludio del cuento, y de la sentencia.

– ¡ Ay !, mi querido e ingenuo amigo.¿ Te he hablado alguna vez de Óscar ?

– ¿ Óscar ? ¿ Óscar, el cartero ?

– ¡ Quién sino !

Óscar era, es y será como Mario, el cartero de Skarméta. Un muchacho que se hizo hombre – aunque dicen que fue al revés- en un pueblo de pescadores peninsulares, donde el tiempo se mueve lentamente, tanto como en un gerundio. Como quiera que Óscar no podía dedicarse a lo que casi todos se dedicaban en el pueblo, pescar, por culpa de los mareos, decidió buscarse otro trabajo, para disgusto de sus padres, familiares, conocidos, amigos, y también enemigos. Y fue así como consiguió trabajo como cartero, repartiendo el correo en bicicleta aunque no sólo a un cliente, sino a todo el pueblo.

– En cierta ocasión, teniendo cinco años, si no recuerdo mal, Óscar aprovechó que sus padres dormían para salir a la carretera, la única que había en el pueblo, con su cochecito de pedales – relató el viejo.

Cabe decir que aquella carretera, tal y como yo la recuerdo, no atravesaba el pueblo sino que lo circunvalaba, de manera que se situaba a unos tres kilómetros de las primeras casas del pueblo, en un lugar que aún había de ser hollado por la modernidad.

– ¿ Y que fué de Óscar ? – pregunté con la misma cara de inquietud y curiosidad que pondría un niño -de los antes- cuando escucha por primera vez el cuento de aquella pobre niña que vendía fósforos y se encontraba sola y descalza la última noche del año, dura y fría, en medio de la ciudad cubierta de nieve. ¿ Qué fue de la niña ? ¿ Qué fue de Óscar ?

El viejo alivio mi angustia, en cuanto a Óscar. Respecto de la niña que vendía cerillas, las dudas ya me las resolvió el señor Andersen.

– La policía y los vecinos del pueblo lo encontraron de madrugada, sentado junto a la carretera.

Cabe decir que el pueblo sólo tenía un policía, que ejercía más como mediador que como agente de la ley, pues los habitantes del pueblo solían resolver sus disputas y rencillas entre ellos. A veces lo hacían a sangre, aunque no se recuerda ningún muerto por este motivo. Cabe decir también los padres de Óscar y los vecinos llegaron a dar por muerto al niño cartero. Algunos incluso especularon con la posibilidad de que hubiera sido devorado por algún lobo, o incluso el oso, el único que había por la zona y de quien nunca se conoció ataque alguno a un ser humano. En este lugar, incluso el oso era más humano que algunos que se decían humanos.

– ¿ Y qué hacía allí ?

– ¡ Mirando las estrellas !

No sé, porque no lo recuerdo muy bien, si aquel lugar en el que encontraron a Óscar era el mejor para ver las estrellas.

– Yo tampoco lo sé. Lo cierto es que Óscar había oído que aquel sitio sí que era el mejor para verlas, y soñar -, aclaró el viejo.

– ¡ Una historia preciosa, a pesar de todo !- exclamé. Fue la misma exclamación que manifesté cuando supe, gracias al señor Andersen, que la niña descalza y sola prendió, uno tras otro, los fósforos que nadie le había querido comprar en la maldita ciudad nevada. Y en aquel agradable calor imaginó hermosos lugares donde querría estar, hasta que vio caer una estrella, sinónimo de que un alma se elevaba al cielo, donde, según dicen, no hay hambre, ni frío, ni miedo. Y fue así como su abuelita, a la que tanto quería, vino a buscarla y juntas se fueron a los cielos.

– ¡ Pobres críos ! – grité inconscientemente, maravillado, tanto por Óscar, que seguía vivo, haciendo lo que más le gusta en el lugar que más le gusta, y por la niña de los fósforos que, por muy muerta que estuviese, estaba muy viva en ese lugar donde dicen que no hay hambre, frío ni miedo, junto a su abuela.

¿ Son tiempos difíciles para los soñadores ?, le pregunté para mis adentros. El viejo atendió mi pregunta, porque sabía que me la estaba haciendo. Siempre lo sabe.

– Los viejos sueños y los nuevos sueños eran buenos, serán buenos. No se realizaron, quizás no se realizarán, pero alégrate de tenerlos. Quizá el tiempo no ha cambiado nada, quizá no cambie nunca. Es posible que sigas refugiado en tu soledad, haciéndote preguntas idiotas sobre el mundo que se extiende ante tus ojos, y sobre la mujer que nunca conociste y nunca conocerás. En ese momento, acércate a la carretera a ver las estrellas y piensa en cuando eras niño, en que el tiempo nunca abaca de pasar, y piensa que has llegado sin darte cuenta, hasta aquí, ahora. ¿Son tiempos difíciles para soñar o de tu vida lo único que te queda cabe en una cajita oxidada ?

¡Gracias, querido viejo ! Yo, de mayor, quiero ser como tú, sin dejar de ser yo.

El Café Romantic tiene el placer de ofrecer nuevos y deliciosos versos de la magnífica poeta chilena Elen AranFouérè, acerca del tiempo, sus verdades y sueños.

Imagen con música: Letters to Juliet – You got me – Colbie Caillat 

·   

Hago a un lado
libros, esqueletos
pesan en la puerta,

una letra de aquel verso
ha quedado atrapada
en las rendijas del piso,

al antiguo almanaque
le volaron las hojas
tanta duda acumulada,

el presente me interroga
con sus ojos de serpiente
que incrusta en mi memoria,

me hago a un lado toda
vestida de azul sarcasmo
leyendo el vuelo de los pájaros.

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